Disfruto como me la comes.

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Tras una intensa noche de excitada pasión plena de amor y sexo, donde tus cada vez más impudorosos y salvajes instintos sexuales hacen de vos, la perfecta hembra que hace despertar en mí los desenfrenos más ardientes y lujuriosos, en el calor del verano, nos dormimos desnudos envueltos en nuestros brazos y muslos entrecruzados.

Ya de día desperté, no estabas a mi lado, aunque noté el calor de tu cuerpo en las sábanas recién abandonadas por ti. Escuché que venías y cerré mis ojos disimulando que dormía, destapado boca arriba.

Subiste por tu lado y de rodillas en el colchón empezaste a acariciarme suavemente las entrepiernas y los testículos. Sabes que tienes unas manos y dedos mágicos, tan suaves como la seda que me enloquecen cuando me acaricias. Yo te miraba, tú no a mí porque sabes que estaba despierto, como despierta empezó a ponerse mi verga, que sin esperar mucho empezaste a lamer con ansia y a respirar entrecortada por la excitación que te invadía, tanto como a mí.

Sin dejar de acariciarme, tu lengua recorría ese camino ya conocido por ti, desde el glande, tronco, testículos hasta el ano, así varias veces hasta que aferrada al tronco, masturbándomelo te dedicaste a lamer el glande en círculos acabando por penetrártelo en la boca mamándola con ansia, desenfreno y delicioso vicio.

Hasta entonces no te había tocado, haciéndote desear que lo hiciese. Fue cuando mis manos agarraron tus muslos e invité a que me montaras dejando al alcance de mi vista y lengua la empapada concha que tanto me gusta chupar y saborear tus néctares. Esta vez no jugué con tus labios, mi salvajismo me llevó primero a lamerla toda para saborear los jugos que ya corrían por tus muslos y luego mi lengua te penetró con ansia, lujurioso y deseoso de darte el máximo placer que también tanto disfruto.

Tus vibraciones y sofocos fueron en aumento, tu orgasmo estaba por explotar, fue entonces cuando absorbí el clítoris y te lo masturbé entre mis labios, presionándolo, lamiéndolo, mamándolo hasta que en un largo alarido de loba ardiente, explotaste en mi boca, que sediento de lujuria absorbí, lamí y chupé,  hasta que sintiéndote dominadora, te diste la vuelta, te sentaste frente a mí y penetrándote la concha, sintiéndote llena de pija, sintiéndome dentro de ti y con una amplia sonrisa, balanceando tus caderas,  gozando con los ojos cerrados me dijiste: ¡¡MUY BUEN DÍA AMOR MÍO!!


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