La nueva becaria

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Llevábamos una hora de trabajo cuando el timbre de la puerta sonó. 

- Deben ser los becarios. - anunció mi compañero.

- Ya voy yo. - dijo mi jefa saliendo de su despacho.

      Camino a la entrada el sonido de los tacones de sus zapatos, que tan bien conocíamos, rompió el silencio.

Al poco rato, palabras, voces nuevas y más sonido de tacones. 

- Os presento a vuestros nuevos compañeros. Virginia y Alejandro. Trabajarán con nosotros en turno de mañana en principio. -

        La chica tenía el pelo negro y los ojos grandes y expresivos del mismo color. Vestía camisa azul claro y pantalones vaqueros ajustados. Los tacones realzaban su figura en general y su firme y voluminoso trasero en particular. Por contra, Alejandro era delgado y algo más alto.

       Tras los saludos de rigor, los recién llegados dejaron sus pertenencias en dos puestos vacantes y siguiendo las indicaciones de la directora entraron en el despacho.

- Parecen asustados. - comentó un compañero.

- Hombre, acaban de llegar. - respondí.

- El chico parece muy joven. - intervino mi compañera Isabel acercándose a nosotros y manteniendo la voz baja.

- La chica parece algo más mayor, tendrá unos treinta. - observé.

- Sí y tiene un buen polvo. - dijo mi compañero.

- ¡Baja la voz! que es una compañera. - le reñí en un susurro.

- Dijo el galán... pero si surge la oportunidad seguro que... - comentó Isabel haciendo que me ruborizara involuntariamente.

       A los diez minutos o así, los becarios salieron del despacho y tomaron asiento en sus puestos. 

       A lo largo de la mañana, siguiendo las indicaciones de mi superiora, me senté junto a la recién llegada y le expliqué como manejar el software.

- ¿Cualquier duda me dices? - le dije.

- Vale. - asintió poniendo cara de concentración.

       Una semana después, debido a un compromiso personal, Virginia vino a la oficina por la tarde. Ese día Isabel trabajaba desde casa y mi compañero tenía la tarde libre, luego en la ofi solo estábamos mi jefa, la becaria y yo. 

A falta de media hora para finalizar la jornada llegó una petición.

- ¿Has vito lo que pide el cliente? - le dije.

La becaria comprobó que el email estaba en la "bandeja de entrada" y asintió.

- Ok. Ponte con ello, es más o menos lo que te expliqué estos días. ¿Sabrás hacerlo?

- Sí claro. - Me dijo en voz alta.

** 

Unos minutos después me acerqué a ver como lo llevaba y ví que lo estaba haciendo mal. 

- Déjame ver una cosa. - le dije.

Ella se puso nerviosa y dio al botón equivocado.

- ¡mierda! joder, me pones nerviosa. - dijo con irritación.

      Señalé el error en el monitor y me retiré un poco.  Virginia iba a decir algo, pero se detuvo a tiempo, se puso algo roja y con la mano temblando ligeramente movió el ratón. En ese momento mi jefa salió del despacho.

- ¿Todo bien? - dijo con cara seria.

       La becaria sonrió y dijo algo que no tenía mucho sentido. A pesar de cierta arrogancia la muchacha era atractiva y parecía una buena persona.

Acudí al rescate.

- Todo bien, tenemos que repasar un tema de última hora, ¿verdad Virginia?

La chica asintió.

- Esta bien. Recuerda que en una semana tenemos el proyecto y estos chicos tienen que estar listos... o tendremos que buscar a otros. - Dijo antes de dejar la oficina.

Virginia me miró con gesto de preocupación.

- Has metido la pata otra vez. - le dije sin preámbulos.

- Lo siento... es que... me pones nerviosa.

- Sí, debe ser eso... pero prefiero ponerte nerviosa y ver el error antes que tener que explicar a nuestra jefa que un cliente esta cabreado porque no supervisé el trabajo de la nueva.

- Ya... - dijo resignada. - ¿Le vas a decir que he metido la pata otra vez? - me preguntó pidiendo clemencia.

- Pues si sigues así...

Se hizo el silencio. 

- ¿Qué te ocurre?... quiero decir, este error... es más bien una distracción.

- Es que... bueno, lo dejé con un chico y... por favor, no digas nada... 

- Pareces una niña pequeña... Te creía más responsable. - la corté.

- Mira, para empezar a partir de ahora voy a ser tu sombra... a corregirte y a hacer de tí la mejor empleada de esta compañía. Sí, no me mires con esa cara. A partir de ya vas a tomar notas, estar atenta y olvidar al "gili..." bueno, tu me entiendes, a ese novio que ya no es... Y nada de tonterías... Si hace falta darte un azote se te dará... si necesitas cariño o que alguien que te abrace me dices... me caes muy bien y bueno, me gustas, no voy a negarlo... pero tu decides.

Virginia se sonrojo ante mis palabras.

- Ahora vamos a acabar esto. ¿Qué miras? - dije con algo de rudeza mientras el suave perfume de su piel se colaba por mi nariz.

- Gracias... puedo besarte.

- Levántate - la ordene notando un cosquilleo en la entrepierna.

      Virginia se puso en pie y yo hice lo propio sin separar mis ojos de los suyos. Instintivamente le cogí de la mano y la atraje hacia mí.

- Eres un poco traviesa. - le dije acompañando mis palabras con un azote en sus nalgas.

     . La sorpresa se dibujó en sus ojos por un instante y luego, tras morderse el labio acercó su boca a mi oreja y me susurró.

- Dame otro, me lo merezco.

       Mi mano derecha se posó en su culo y tras acariciarlo descargó un nuevo azote. A continuación, nuestras bocas se juntaron y pude notar el dulce y cálido tacto de sus labios. 

- Saca la lengua - me ordenó ella en esta ocasión.

         Obedecí disfrutando del sabor levemente amargo y altamente adictivo del ósculo.

- Tenemos que trabajar. - dije dándome cuenta en ese instante de mi estupidez.

Por suerte ella no opinaba lo mismo.

- Necesito relajarme para pensar con claridad. ¿Qué te parece si nos damos un poco de calor?

      Mis ojos se centraron, como no podía ser de otra manera, en sus pechos. Ella se quitó la camisa.

- ¿Te ayudo con el sujetador? - 

Virginia me dejó hacer y aprovechó el momento para meter la lengua en mi oreja. 

         De alguna manera, a pesar del cosquilleo, logré centrarme y desabrochar el sujetador. Sus pezones erguidos invitaban a la lujuria y como un niño que abre un regalo, me dispuse a jugar con ellos. Pronto, los gemidos de placer se mezclaron con el característico sonido de los chupetones. Mi pene crecía y la espalda de la becaria se arqueaba.

- Apuesto a que estás muy mojada. - le dije.

- Lo quiero todo. - imploró.

Le bajé los pantalones y las bragas y la invité a darme la espalda.

- ¿Te gusta mi culete? - me dijo moviéndolo sensualmente.

- Mucho. - respondí con sinceridad notando como mi miembro se hinchaba.

Me bajé los pantalones. Bajo mis calzoncillos el mástil estiraba la tela marcando paquete.

    Con la mano siniestra esta vez, acaricié su pubis y luego metí un dedo en su sexo.

      Eyaculé de manera temprana en el interior de mis calzoncillos mientras mi compañera de aventuras tenía un orgasmo.

Unos minutos después, tras visitar el baño por turnos, algo más relajados, reanudamos la tarea.


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