Ella sabía que la deseaba.

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Quedó viuda joven, con una hija.

En la oficina Nieves y yo teníamos un trato normal. Me gustaba y ella lo sabía, pero se ve que no le debía de gustar.

Los años pasaron pasando tanto ella como yo los cincuenta, pero mi atracción seguía hacia ella pues me gustaban las mujeres delgadas y con poco pecho.

Tenía mis fantasías con ella que terminaban con una auto consolación pero eso no me llenaba.

Un día estando en la oficina me llamó pidiendo si la podía dejar un rollo de papel burbuja pues yo era el encargado del material. Le dije que sí, que bajara al despacho donde en un cuarto adjunto tengo diverso material de oficina.

Bajó, nos saludamos y le dije dónde estaba dicho papel.

La vi igual de atractiva de siempre.

Cuando la vi entrar en el cuarto y cerrar la puerta empecé a pensar si hacer mi fantasía realidad.

Aprovechando el teletrabajo en la oficina no había casi nadie.

Entonces cerré la puerta del despacho y apegué la luz desnudándome.

Y abría la puerta del cuarto de material.

Ella está de espaldas buscando el papel y al volverse se quedó paralizada al verme desnudo.

- Nieves, te deseo desde el primer día que te ví estando todavía casada.

Ella no fue capaz de decir nada. Su mirada pasaba de mi cara a mi miembro.

- Te voy a hacer el amor aquí ahora mismo. Te voy a desnudar...

- Alberto si me tocas pego unos chillidos que me oyen en toda la ciudad.

- Nieves, debes de huir del dolor, de la perdida de tu marido. Yo no te voy a hacer ningún daño físico ni quiero que me lo hagas de mí. Huye del dolor, no del placer. Los únicos chillidos que habrá serán los de tu goce.

Entonces me acerque hacia ella y aunque no colaboraba no opuso resistencia y cogiéndola de la mano la saque a mi despacho. 

Me puse a su espalda lo más cerca de ella y rápidamente la desabroché el pantalón y mientras una de mis manos se posicionaba sobre uno de sus senos por encima de su blusa la otra buscaba su sexo.

- Por favor, no...

Pero yo ya no podía parar y ella así lo debió entender.

La senté sobre una mesa auxiliar y la saque los pantalones recostándola y me fuí como un poseso había su pubis quitándola las bragas.

Me incorporé un momento para desabrocharla la blusa y mis manos tocaron sus senos mientras volvía mi lengua hacia su monte de Venus.

Tenía ganas de penetrarla cuanto antes, pero me concentré y mi lengua busco y busco su placer clitoriano mientras que con un dedo y a veces dos se los introducía en su vagina.

Ni que decir tiene que para entonces mi pene era una piedra dispuesta a martillearla.

Ella ya jadeaba, pero paré unos segundos para ponerme un condón pues no sabía de la vida sexual que llevaba.

Y volví a su entrepierna con inusitadas ganas sabiendo que la penetración estaba más cerca.

Sus jadeos cada vez eran más intensos cuando decidí penetrarla.

Y nada más sentir mi pene en su interior emitió un chillido arqueándose entre temblores mientras yo la daba más fuerte hasta que llegué a mi orgasmo.

Y acercándome a su boca, ambos sudorosos, nos besamos.


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