Cita con la inyección y quizás...

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        El ascensor abrió sus puertas silenciosamente poco después de llegar al bajo. Allí aguardaban dos personas. Una mujer joven vestida con vaqueros, camiseta de media manga y zapatos de tacón y un hombre de mediana edad en traje de oficina.

- ¿Subes? - dijo el caballero invitando a entrar a la desconocida.

        Mónica, que así se llamaba la muchacha, salió de su ensoñación, sonrió con torpeza y entró al ascensor. El zapato derecho le rozaba, estaba cansada y todo lo que quería en ese momento era llegar a casa, meterse en la bañera con agua calentita y relajarse rodeada de espuma mientras se frotaba con la esponja y se tiraba... Se ruborizó con solo pensar en ello. Si quería tener novio tenía que contenerse un poco.

      Se bajó en el tercer piso y pensó que era un poco vaga. Hacer ejercicio físico es fuente de salud y de estética. Todas esas nenas que salían en las series de la tele, con esos cuerpos que parecían esculpidos por un gran artista, a buen seguro que tenían una genética privilegiada y aun así, la mayoría, seguro que se machacaba en el gimnasio. 

   Suspiro y se sentó en una de las sillas de plástico que se pegaban contra la pared.

De repente volvió a la realidad recordando para que estaba allí y palideció.

**** 

    Estaba tan nerviosa que el hombre sentado a su lado, viendo la repentina pérdida de color en su rostro y como se frotaba las manos le habló.

- ¿Está bien? -

Mónica le miró y le reconoció. Era el tipo del ascensor.

- Sí... un poco nerviosa. -

- Ya. Todos estamos un poco nerviosos supongo.- respondió con una media sonrisa.

- Por cierto, ¿vienes para... - continuó el varón.

- Sí. Para la inyección... la primera vez - respondió tragando saliva.

- Yo también. La verdad es que el enfermero que pincha es un profesional. Bueno, también es mi primo.

- Ah, tu primo.

     Una muchacha en bata blanca salió al pasillo y dijo un nombre. Al poco una mujer de pelo largo y rizado que vestía falda y blusa blanca, se levantó de una de las sillas de plástico y cogiendo el bolso y la chaqueta, pasó cerca de donde estaba Mónica y desapareció tras la puerta.

     Mónica notó que estaba sudando. Por fortuna no llevaba una camisa blanca y la mancha de sudor no se notaba. Otra cosa era el olor. Sudor y perfume no combinaban, o eso pensaba ella. 

- ¡Mónica García! - dijo la enfermera.

- ¡Eh! tan pronto. - murmuró - Sí, yo. - continuó en voz alta.

- Suerte. - le dijo su compañero de espera.

La chica fue a decir algo, pero con los nervios las palabras no llegaron a transformarse en voz.

** ** ** ** ** ** 

El despacho era pequeño. Un armario, una mesa con un par de sillas y una camilla.

- Hola. Mónica ¿verdad? - le saludo un chico joven.

- El primo. - dijo ella en voz alta impresionada con su físico.

- ¿Perdón?

- No, nada. Es que el hombre con el que estaba me dijo que era su primo.

- Sí, Juan, ¿le conociste? ¿qué te parece? habla mucho verdad.

- Sí. - respondió laconicamente Mónica.

- Bueno, a ver que nos dice el portatil. Vale, vienes a ponerte una inyección. Las pastillas no te sientan bien. Ok, inyección intramuscular... bien, de las grandes. - dijo.

Mónica le observó con cara de miedo.

- Dolerá un poco. - dijo el sanitario con innecesaria sinceridad levantando la vista del monitor.

Involuntariamente la muchacha contrajo las nalgas.

- Pero no te preocupes... inocularemos el líquido despacio. - agregó en un intento de arreglar la situación. 

    Sin mediar más palabras, el primo de Juan comenzó con los preparativos desenvolviendo la jeringa y retirando la tapa del vial. A continuación, rasgó el envoltorio de la aguja y después de enroscarla le quitó la capucha. 

Mónica la miró pensando que era la aguja más larga que había visto en su vida. 

- Si quieres puedes ir preparándote. - dijo el enfermero tomándola del brazo y caminando con ella hasta la camilla.

   En cualquier otra situación, aquel exceso de contacto-confianza hubieran puesto en alerta a la chica. Pero la realidad no le dejaba reflexionar.

- Bájate los pantalones y las braguitas y túmbate boca abajo. Puedes usar el banco para que te resulte más cómodo. - dijo arrastrando y alineando un banquito negro que había bajo el catre.

     Mónica obedeció y tras quedarse con el trasero al aire se encaramó a la camilla y trató de relajarse.

Un minuto después, el olor del algodón empapado en alcohol inundó la pequeña habitación.

- Relája ese culete. - dijo el muchacho mientras frotaba el glúteo izquierdo.

      Mónica trató de relajar los músculos, pero la imagen de la temible aguja mandaba contraórdenes a su celebro tensionándolos.

El enfermero, viendo que no iba a ser fácil, optó por la técnica de la sorpresa.

- Sabes, ya que conoces a mi primo, un día podríamos salir y tomar algo.

- ¿Salir?

- Sí, a menos que tengas novio.

- No, no ten... ¡Auf!

      La aguja se clavó en la nalga. Pasado el dolor del picotazo, una sensación de escozor que aumentaba a medida que el líquido entraba en su cuerpo se adueño de la zona como si alguien le estuviese dando un gran pellizco.

- Relájate, ya casi hemos acabado. Ves, ya está. - dijo el chico extrayendo la aguja y aplicando de nuevo el algodón húmedo.

Poco después, Mónica cubrió su desnudez y bajo de la camilla. 

- ¿Qué tal? puedes caminar. - preguntó con interés el que le había pinchado.

     La chica flexionó una rodilla tensionando el glúteo. La sensación de molestia estaba ahí, pero era manejable.

- Tu primo dijo que usted pinchaba bien... por cierto... ¿cómo se llama?

- Yo... Carlos López.

- Gracias Don Lo...

- Por favor, llámame Carlos.

- Carlos. - sonrió Mónica recordando de repente todos los gestos que había tenido con ella.

- Carlos... eso que dijiste antes... era para distraérme

- Bueno, en parte.

- En parte... - musitó Mónica.

- Te llamo luego... tengo tu número - dijo Carlos con rapidez.

La chica sonrió.

******

El verano llegó. Mónica, sentada en una terraza, disfruta del sol. A su lado, Carlos, su novio, habla. 

- Me gusta tu voz.

- Y a mi me gusta...

- ¿Qué te gusta?

- Me gustas tú.


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