Una sirvienta de otro tiempo

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Rutina es una palabra que para Laura era sinónimo de aburrimiento. Tenía un trabajo estable y vivía con un tipo, Jorge, que no estaba mal. Incluso sobre la casa no podía tener queja, decorada estilo finales siglo XIX, entre árboles.

Un día más, de manera cruel, el despertador la sacaba del mundo de los sueños devolviéndola a la realidad.

- Buenos días. - le saludo su pareja estirándose.

- Hola - dijo ella, con ojos de sueño y alguna que otra legaña.

Miró la hora y por un instante se sintió confundida.

- Perdona. Adelanté la alarma 20 minutos. - confesó su chico aclarando el misterio.

- ¿Para? - le reprochó ella.

- Para poder hacerlo.

- Ah, ya veo...

Laura se puso boca abajo mientras su compañero apartaba las sábanas y le bajaba las bragas. Una corriente de aire acarició su desnudo culete, mientras algunas mariposas revoloteaban en su estómago anticipando lo que estaba por llegar.

El hombre acarició las nalgas femeninas provocando el ronroneo de su propietaria.

- Bonito trasero.

Laura se imaginó la situación, los ojos de Jorge explorando su anatomía mientras el miembro de su chico se hacía grande bajo los calzoncillos. Se ruborizó y excitó a un tiempo haciendo que su ritmo cardiaco se acelerara.

Pronto, el cálido pene de su pareja se abrió camino a través de su húmedo sexo mientras un jadeo se escapaba de su boca.

Su chico empujó... y volvió a empujar. Pronto cogió ritmo volviéndola loca. 

En menos de cinco minutos el placer la inundó por completo recorriendo todo su cuerpo, haciéndola temblar.

- Sabes. - dijo Jorge sentándose en el borde de la cama.

- Sí. - respondió ella acariciando su espalda.

- A veces pienso que estamos atrapados en la rutina...  

- Ya, yo pienso lo mismo...

- Si no fuese el trabajo... podríamos viajar

- Y lo haremos... en cuanto estemos un poco más...

- Oye, mientras tanto... ¿por qué no hacemos algo?

- Una sorpresa... - dijo ella con entusiasmo.

Esa misma tarde compraron una fusta y unos trajes de época.

************

En el salón de la casa el vetusto reloj anunció las cinco de la tarde mientras Sofía entraba en su cuarto compartido. Su compañera estaba ocupada en la cocina.

La muchacha se quitó el traje quedándose en ropa interior. El chico que cuidaba los caballos, Roberto, llegaría pronto. Era arriesgado, pero excitante.

De repente se oyeron voces. Su amiga llegó corriendo. 

- La señora está muy enfadada. Al parecer han descubierto a Roberto tratando de robar a la visita.

A Sofía se le hizo un nudo en la garganta. No conocía a los señores que iban a visitarlos, pero sabía que eran muy importantes.

- Tengo que hacer algo. - dijo con nerviosismo.

- No puedes hacer nada. - respondió su compañera.

- Pero, pero, le desnudarán y le azotarán en el establo y...

- Y si intervienes a lo mejor también te pegan a ti.

- Vuelvo a la cocina... no te muevas de aquí.

Fuera, un rayo fue seguido de inmediato por el estruendo de un trueno.

La tormenta estaba encima.

La sirvienta se puso una camisola blanca, encendió una vela y se sentó a escribir.

"14 Marzo de 1889."

Levantó la vista y vio un extraño resplandor, luego perdió el sentido.

****************

Cuando despertó estaba en el suelo, se había desmayado. Había libros. A pesar de la poca luz se percató de que no estaba en su habitación. 

La puerta se abrió y apareció un hombre joven vestido como un caballero... Las ropas parecían nuevas y en su mano llevaba una fusta.

- ¿Sois el Señor Luis? - dijo tratando de ocultar el miedo.

Jorge miró fascinado a la chica. Era bastante bien parecida y actuaba muy bien. Su vestimenta, sus ademanes y palabras, se diría que representaba el papel de una sirvienta de otra época.

- Sí, el mismo. - respondió.

Ciertamente su pareja le había sorprendido. Había acordado con ella una tarde de época donde el sería el dueño y ella la abnegada esposa pillada en falta, incluso le había convencido para probar eso de los azotes que tanto se había puesto de moda con las cincuenta sombras de Grey... pero traer otra mujer...

- ¿Vais a pegarme? - dijo la muchacha. - Confieso que estuve con Roberto y que íbamos a hacer el amor esta tarde... pero creedme, es inocente. Por favor, sed clemente... si habéis de azotarme, hacedlo, pero no seáis duro con él ni conmigo...

Jorge tragó saliva. Las palabras de la joven le habían excitado sobre manera.

- Cariño, estoy lista. ¿Dónde os encontráis? - dijo la pareja de Jorge metida en su papel.

- Estoy aquí, con la sirvienta.

Laura, en ropa interior color rojo burdeos, entró en la habitación y se quedó sorprendida.

- ¿Qué es esto? - dijo.

- Esta es... -

- Sofía señor. 

- Sofía, la sirvienta... al parecer su amante intentó robarnos y... y ella está aquí para que la castiguemos.

La situación, aunque extraña, tenía un punto de lo más erótico. Laura apartó de su cabeza las preguntas que se agolpaban en ella y decidió seguir el juego. Ya habría tiempo para eso.

- Ven aquí insolente. - dijo cogiendo a la chica por la mano y tirando de ella hacia la cama. 

Allí la acostó sobre su regazo y le dio no menos de doce nalgadas.

La sirvienta se incorporó.

- ¡Desnúdate! - ordenó Jorge.


Sofía, sumisa, se quitó la ropa. Su cuerpo era hermoso. 

- Inclínate y ofrece tu culo para el castigo.

Aunque el lenguaje no le resultaba del todo familiar, entendió lo básico.

Jorge cogió la fusta y descargó el primer latigazo.

El segundo aterrizó poco después precedido de una deliciosa contracción de nalgas. Dejó una marca roja.

La doncella parecía no disfrutar con el juego y Jorge, preocupado, no siguió adelante.

- ¿Ha terminado ya? - preguntó incrédula

- Sí, creo que sí.

Laura, tras quitarse el sostén y las bragas, se acercó a su pareja y le bajó pantalones y calzoncillos.

Sofía, desnuda como estaba, se quedó muy quieta. Había oído hablar de extrañas prácticas sexuales que tenían lugar en los burdeles frecuentados por ricos. Querría "Don Luis" hacerla participar como castigo. La verdad es que la idea de practicar sexo con el caballero y la dama no le desagradaba, había algo raro en ellos, sin duda, pero él era atractivo y estaba muy limpio, incluso olía mejor que ella misma y la otra mujer parecía considerada y atractiva.

- Si quieres puedes participar. - Animó Laura a la sirvienta.

Los tres acabaron en la cama intercambiando besos, caricias y todo tipo de intimidades.

Un rato después el móvil de Laura sonó.

- Debe ser mi jefe. - anunció. - tu sigue.

Jorge besó en los labios a Sofía quién devolvió el beso con pasión.

- ¿Con quién habla vuestra esposa? - preguntó de repente.

- Con su jefe. Es informática... ya sabes, ordenadores.

De repente Sofía se separó de Jorge y miró a su alrededor. En una esquina, al lado de la mesilla brillaba una extraña luz iluminando la mesa.

- ¿Qué que... es eso que tiene en la mano?

- Un móvil. - dijo Jorge. - ¿Te pasa algo? No sé qué hablarías con mi mujer, pero...

Laura que acababa de colgar en ese momento intervino.

- Yo no conozco a esta chica. 

- Pero...

La muchacha se había vestido y tenía los ojos fijos en aquel trozo de metal que proyectaba imágenes y servía para hablar, en sus ojos la imagen del miedo.

De repente se oyó un trueno.


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