El disgraciao

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  Sí, jué por el golpazo, sepa usté. El golpazo contra la dureza del suelo jué lo que me despertó de una vez, del sueño atordonao en que me encontraba hasta ese momento. Abrí los ojos, sin entender nada. La noche ya empezaba a retirar su manto oscuro pero entuavía hacía algo de frío. Olí, además del olor a tierra y pastizal humedecido de sereno, el del sudor del Flechazo. Sentí su presencia a mi lado por sus patas inquietas que hacían sonar los cascos contra el suelo, sin moverse del lugar; y también por el resuello espamentoso, como si quisiera sonarse las narices, o tal vez lo que quería mesmo era comprobar que yo no estaba muerto, porque permanecí unos momentos tirao sin atinar a moverme. 

   Ahí, cuando me levanté y empecé a sacudirme el polvo de pronto me dí cuenta que me dolía un lao de las ancas y del tufo amargo que me salía de la boca, mezclao al vapor del interior del cuerpo. 

   Y en eso lo recordé todo, pero como se recuerdan los sucesos lejanos, de esos que parecen ser frutos de la imaginación más que de hechos vividos. ¡Caray, si lo jueran! 

   Recordé que estuve en el boliche del Perro Eleuterio, chupando de lo lindo. Había ido a parar allí dispué de las muertes. Me senté en un rincón, el más oscuro, y me puse a embuchar copa tras copa con la esperanza de olvidarme de la que me hicieron la Mercedes con el mal amigo que me resultó el Eulalio Fajardo. Pero por más que tomaba y tomaba, los cuerpos entrelazados de los dos, desnudos como Dios los trajo al mundo, en un hueco de la parva de lino, una que mandé apilar la semana pasada al Romualdito, el hijo de Hilario Agüero, a un costado del corral de las vacas, no se me salían de adelante de los ojos. Ni apretando con juerza los párpados se iban. Los veía refregarse con frenesí entre los sudores que hacían brillarles el cuero a la lumbre que entuavía le restaba a la tarde. 

   La yerra del ganao recién comprao por el patrón, terminó antes de lo pensao, pero no tanto para que sobrara tiempo para otro quehacer. Ansí lo habrá pensao el patrón, porque jué eso que nos comunicó a los piones que hacíamos el trabajo. 

   Vayansen a las casas que por hoy no sobra tiempo pá más ningún otro servicio. Eso nos dijo el patrón, y cada uno tomó su rumbo. 

   Como tenía pensao dirme a dar una güelta al boliche del Perro Eleuterio, nomás llegando al rancho, dejé al Flechazo ahí mesmito, atado al palenque delante ´el rancho. Me llamó la atención la falta de los perros, que no aparecieron para hacerme fiesta, porque a esos nada se lescapa, ni las lagartijas trepadas a las paredes en la cocina cuando cae la noche. Entonces uno tiene que tirarles con cualquier cosa por las cabezas porque se ponen tan ciegos ´e rabia que no obedecen a ningún grito en esas horas, ladran y gruñen hasta acabar con la pacencia de cualquiera. Por veces que hasta uno se ve obligao a manotear el rebenque y sacudirles unos cuantos guascazos por el lomo o las costillas, o por donde se les agarre, porque nomás ven balancear la guasca en la mano de uno, salen corriendo a esconderse ande se pueda. 

   Adentro ´el rancho reinaba la ausencia de vida. ¿Será que la Mercedes anda por los laos del chiquero?, le pregunté a mis pensamientos. Nada me respondieron ellos. Me salí y juí a dar una pispeada. Nomás arrimarme a la esquina ´el rancho, el corazón se me hizo escarcha invernal, de las bravas: vi pilchas desparramadas cerca de la parva, pilchas de hembra y de macho, y también a los perros, parados al lado de la parva, viendo lo que yo aún no veía pero que imaginaba bien, como gurices maravillados mirando algún número circense. Instintivamente llevé la mano derecha a la espalda y agarré con juerza el facón, más güeno estaría decir que jué com rabia, con rabia embebida en veneno para mejor darse una idea. Me agarró un quemor desde los pieses hasta la mollera, y las vistas se me pusieron como cuando uno anda queriendo ver mientras el cielo se viene abajo de tanta agua que deja caer al suelo; todo el entorno se golvió turbio como el agua removida de los charcos, y empezaron a arderme como arde el garguero reseco al primer trago ´e caña. Despejé la molestia con una punta del pañuelo que llevaba añudao al pezcuezo y me juí pa´lado de la parva. A cada paso que daba un rumor de voces que no pronunciaban palabras enteras ni decían cosa con cosa, sino a medias decir, entrecortadas, llegaban a mis oídos mientras yo, herido como de muerte sin aún haber conocido a la Huesuda en carne propia, veía, antes mesmo de ver verdaderamente, a la Mercedes en los brazos de algún ladino, que a esas alturas podía ser cualquiera menos el Eulalio, como vine a comprobar luego enseguida. 

   Sé y lo asumo, que debí ser más hombre y solamente agarrarlos a rebencazos hasta despellejarlos por entero y dejarlos en carne viva, y dispué haberlos echado como perros a la calle solo con las pilchas que llevasen encima, pero no... 

   La verdá, no sabía mesmo como iría a reacionar... ni qué les iba a hacer. Seguí avanzando hacia los dos. Ya les vía las patas, las de la Mercedes pa´rriba, a los lao de las patas del Eulalio, que las tenía pa´bajo, enterrando las pezuñas en la tierra a cada envión con que arremetía contra la Mercedes, como carpincho apurao en escabar una madriguera. Ya al lao de los perros me detuve, jué ahí que los vi de cuerpo entero, encharcados en un mesmo sudor. La Mercedes, con los ojos cerrados y la boca que sonría y soltaba gemidos de calentura y enterrando con gusto las uñas en los hombros del maldito del Eulalio, que, encarnecido y rebuznando como burro alzao, hamacaba el culo con furia mientras el sudor le chorreaba por todos los lao, tan centrado en las metidas estaba que ni la nube de moscas que se arremolinaban por la espada chupándole el sudor sentía. Jué justo ahí que me percaté de la horquilla enterrada en la parva, bien a mi lao, bien a mano, como clavada allí por el mesmísimo Mandiga. Digo, que como de propósito. 

   Que Diosito me perdone si él lo cré ansí, pero los chucié de lo lindo, que ni tuvieron ni tiempo cómo desprenderse el uno del otro, y si pronunciaron palabra, juro que yo no escuché nada, ni todo lo que yo les gritaba como un endemoniado. Los ojos de la Mercedes sí que los vi, espantados y grandes como huevo de ñandú. Entonce, cuando las juerzas me abandonaron les clavé la horquilla por última vez y los dejé ensartados a los dos juntitos, si tanto ansí les gustaba, para que no se jueran a perder y ansí pudieran entrar acollaraos al infierno, que´es ande merecían dir a parar. Sí, ansí los dejé, en medio ´e la paja encharcada en su mesma sangre. 

   Dispué me juí a lo del Perro Eleuterio, como tenía pensado hacer, pero ya no por pura distración, sino pa´ahogar las penas en el alcól. Tomé copa tras copa de no sé cuántas botellas, que pedía en lotes de a dos, entre lágrimas silenciosas y moco aguao, hasta que perdí la concencia. Naide me indagó al rispeto, se me hace que por la cara que tendría, y me dejaron mamarme a gusto. Pero hasta que no perdí el sentido, los dos traidores siguieron apareciendo como si estuvieran ahí, bien delante de mí, con sus cuerpos sudaos, y en un mete y ponga de adrede para herirme aún más, con la horquilla entuavía clavada en la espalda del Eulalio, balanciándose al vaivén de sus movimientos. Por eso, por darle a la caña sin asco, en el afán de olvidarme de mi disgracia, es que tampoco supe cómo llegué a montar en el Flechazo, o si alguien me ayudo, o si jué por mi cuenta que lo conseguí, ni tampoco cómo jué que abandoné el boliche ni qué rumbo tomé. 

   ¡Carajo, si no e´ injusta y sofrida la vida! Qué alguien me diga ahura, qué rumbo he de tomar. En esto pensaba mientras el sol ya empezaba a alumbrar mi disgracia. 

   ¡Carajo, che! Tanta Pampa al frente y no tener pa´nde dir. 

   Ya güelto a montar en el Flechazo, le dí un rebencazo rabioso a las ancas del pobre bicho que ninguma culpa tenía de la disgracia ajena, y salí en alocada carrera, atropellando al viento, hacia ninguna parte. Allá por las tantas se me dio por echarle una última mirada al pago que iba dejando pa´trás, y jué entonce que los golví a ver a los malditos, enredados los dos en medio de la polvareda levantada en el camino, en el mesmo frenesí, y con el cabo de la horquilla entuavía balanciándose en el lomo del hijueputa del Eulalio. Jué ahí que caí en la cuenta que los malditos no me dejarían en paz nunca y que ansí, acollarados siempre, los golvería a ver hasta el día de mi muerte. 

   ¿Que cuál e´ mi gracia? Pues siéntase a gusto ´e llamarme el disgraciao, que otra cosa no soy. 


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