El ratón

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    "Para que no te sientas tan solo cada que yo me voy", fueron las palabras de Hope, su novia, al regalarle un hamster blanco como la nieve. Junto con la mascota había traído una casita de plástico transparente, donde se apreciaban pasadizos tubulares que conectaban con diferentes compartimientos, y, claro, la rueda para que el ratón se ejercitara. 

 

   Antes de recogerse a su habitación, Normand dejó al ratón dentro de la casita sobre el escritorio de la biblioteca, con el velador prendido para que no se sintiera amenazado por la oscuridad. 

   En algún momento de la madrugada, un ruido lo despertó. Normand, que no se acordaba del ratón, pensó en ladrones. Al asomarse al pasillo vio sombras moviéndose debajo de la puerta de la biblioteca, en ese momento se acordó del hamster. Normand volvió detrás de sus pasos hasta la cama y agarró el cenicero de bronce sobre la mesita de luz, y de puntillas de pie se acercó a la puerta de la biblioteca. 

   Espió por el ojo de la cerradura. 

   El ratón se encontraba parado, de espaldas, rascándose la cabeza con una mano mientras en la otra sostenía una lapicera; y más: Normand juraría que murmuraba alguna cosa, no con chirridos como se supondría sino con palabras, como los seres humanos. De pronto vio al ratón chasquear los dedos, como si llegara en ese preciso momento a la revelación de una idea, Enseguida el ratón se agachó y empezó a escribir algo. 

   Eso fue lo que supuso el anonadado Normand que, no encontrando una explicación para aquel misterio que protagonizaba el ratón, hizo un movimiento brusco con la cabeza y abrió la puerta de golpe. 

   Al primer crujir de las bisagras el ratón, sorprendido, dio un brinco y soltó la lapicera, sin siquiera mirar de dónde venía el ruido ni quién lo había propiciado, y en un abrir y cerrar de ojos se escabulló por uno de los tubos de la casita, dirigiéndose al compartimiento destinado a ser su lugar de dormir, donde se zambulló de cabeza debajo del aserrín. 

   Normand, entre confundido y curioso, se acercó al escritorio: debajo del velador había un cuaderno abierto, garabateado con indescifrables ecuaciones matemáticas y en un recuadro, una detallada fórmula que a simple vista, para él, no tenía ni pie ni cabeza, pero por el título al final de la página sabía a qué correspondía: bomba de nitrógeno. 

    El repentino cambio de ritmo del corazón le produjo un sobresalto. 

   Por un momento, sin saber qué pensar, Normand se quedó paralizado, los ojos recorriendo los signos siniestros anotados en el cuaderno. 

    Pasados unos segundos, Normand giró la cabeza hacia la casita: el montoncito de aserrín subía y bajaba casi imperceptiblemente, al compás de la respiración del ratón escondido debajo. Entonces, haciendo tamborilear con claro nerviosismo los dedos sobre el escritorio, Normand se preguntó si todos los ratones blancos, tal cual Cerebro, tendrían como misión en la vida la conquista del mundo. 


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