La compra

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Date prisa. No tardes. Compra todos los animales en el mercado de la ciudad. Aunque me quede sin dinero, pero quiero todos los animales. Gatos, perros, cerdos, pollos, gallinas, vacas, patos, gansos, cuervos, todos. Los quiero tener a todos esta tarde aquí, rondando por la casa. No me repliques, te lo suplico. He tenido un sueño y estoy convencido que se cumplirá lo que en el sueño se me ha dicho. Ya sé que te preguntas qué se me ha dicho en el sueño. Pero eres un criado. Y en el sueño no apareces. Se me ha dicho que compre todos los animales del mercado de esta ciudad. Y ya sabes que el mercado de nuestra ciudad es el más importante de la comarca. Yo diría que del país entero. Y nuestro país es el más extenso del mundo conocido. ¿Acaso conoces tú otro mundo? No. Anda, no pierdas más el tiempo. Lo que se me predijo en el sueño se cumplirá a las nueve de esta noche. Ni un minuto antes, ni un minuto después. Cómpralos. No regatees. Llevas toda mi fortuna cuida de ella.

El criado caminó en dirección al mercadillo. Era una mañana de domingo como no se había visto hacía mucho tiempo. Un cielo azul. Una brisa agradable. Tomón, que así se llamaba nuestro criado de la historia, pensaba mientras caminaba que su amo se había vuelto loco.

Todos soñamos, dicen, pero no todos recordamos lo que soñamos. Yo mismo. Nunca recuerdo los sueños. Dice mi amo que el que no recuerda lo soñado no tendrá vida después de la muerte.

Tomón lleva pensando que su amo está perdiendo la cabeza hace tiempo. Pero sigue siendo el hombre más rico de la ciudad. Quizás sea también el hombre más rico del país. De todo el mundo conocido.

Y ahora quiere a todos los animales.

Haré lo que dice mi amo. Claro que sí. Siempre he cumplido lo que me ordena. Soy su mejor criado. Su fiel Tomón.

Tomón llegó al mercado de la ciudad y compró todos los animales que en él se vendían. Compró también una docena de carretas. Unas grandes y otras no tan grandes.

Pasadas algunas horas se había quedado sin dinero.

Los vendedores alaban el buen nombre del comprador. Claro está, sabían que no era Tomón.

Tenía sed. Tenía hambre.

Iba con todas las carretas en dirección a la casa de su buen señor.

No podía perder el tiempo en beber cerveza. No podía perder el tiempo en comer queso, pan, los higos que la mujer le había entregado antes de emprender el camino.

Por fin llegó.

Faltaba menos de una hora para las nueve de la noche. El sol se despedía de los vivos.

Suéltalos. Rápido. A todos. Suéltalos.

Y así hizo Tomón.

Las carretas quedaron vacías.

A las nueve en punto el amo cayó al suelo fulminado por la muerte. Ojos abiertos. Boca abierta.

Los animales fueron regresando a la ciudad con parsimonia. Libres, pero en busca de la esclavitud.

Y llegaron a manos de sus antiguos dueños, naturalmente.

Estos entregaron el dinero a Tomón, que, siendo esclavo, ahora era rico. No querían el dinero porque al conocer el suceso creyeron que el dinero estaba maldito.

Pero ya no vive tu amo, deja pues de ser esclavo, le decían, tanto hombre como mujeres. Hasta el gobernador. Y la policía. Y el rey. Sé un hombre libre como nosotros.

Seguramente lo que soñó mi amo fue lo siguiente, pensó Tomón.

Esclavos que comprar y llenar toda su tierra de esclavos. Animales.

Pero lo que no recordó mi buen amo es que en el sueño se le advertía que a las nueve moriría si cumplía a rajatabla el sueño de un demonio que se lleva las almas con él cuando temeroso por lo soñado el hombre libre cree a pies juntillas que ha de hacerse lo que mientras duerme el cerebro almacena.

Tomón se convirtió en el hombre más rico de la ciudad. Quizás el hombre más rico de todo el país. De todo el mundo conocido. Quedó libre. Y lo primero que hizo fue seguir con la sagrada tradición del país. Del mundo, decía él.

Compró vario esclavos.

Y fue entonces cuando empezó a recordar todo lo que soñaba durante la noche.

Y contaba lo que soñaba a los criados. Otra tradición a mantener.

Y llegó a tener más criados que su antiguo señor..

 

 

 

 


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