Reacción en cadena

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REACCIÓN EN CADENA

Ese martes al medio día, estaba Jaime Hernán solo en su habitación, retirando algún objeto que había dejado sobre su mesa de noche y aprestándose a volver a la cocina, donde dejó calentando su comida. Antes de salir, echó un vistazo por la ventana que daba a la colina vecina a su unidad residencial y vio a un chico en traje de trabajo que caminaba despacio sobre el prado; le intrigó que alguien estuviera andando a esta hora y a pleno sol por un terreno que usualmente era recorrido en los atardeceres y fines de semana por personas que salían a solazarse, así que se quedó observándolo sin que el muchacho se percatara. De pronto, el chico miró a todos lados y falsamente convencido de que no lo veían, se abrió su bragueta y extrajo su miembro que ya estaba algo crecido y, sin dejar de andar, comenzó a agitárselo con toda tranquilidad.

Esto incitó a Jaime Hernán, quien imitó al muchacho y comenzó a agitárselo al mismo ritmo sin quitarle la vista. Aquel, que parecía todavía seguro de estar cumpliendo su cometido sin testigos, seguía moviendo con calma esa mano que sostenía una pija inmensa y enrojecida. J. H. se excitó más al ver la serenidad de su semejante y el tamaño de su trozo y perdió, él sí, la calma y rápido se bajó pantalón y prenda interior y se puso de frente a la ventana.

Unos momentos antes, Catalina, vecina del piso de arriba, se había acercado a abrir su ventana para dejar entrar un poco de aire refrescante y se topó al frente al chico pajero, que “trabajaba” imperturbable. Se bajó el short que llevaba puesto, solo el short, porque no acostumbraba la ropa interior mientras estaba en casa, y comenzó a frotarse morbosamente la región púbica mientras miraba con lascivia el espectáculo gratuito. Una vez el órgano del jovencito estuvo grande y colorado, la chica exhaló un suspiro angustioso y siguió frotando con fuerza su clítoris para aumentar la picante sensación que la invadía.

El extraño, por alguna razón, quizá porque al fin se sintió observado, detuvo su andar y se giró hacia el edificio sin dejar de agitarse su estrolín, pero sin fijar su vista en parte alguna, tal vez fingiendo ignorar a sus espectadores. Esto puso a J. H. a mil y a Catalina también. La puerta de la pieza de esta se abrió y entró Damián, su compañero, quien abrió tamaños ojos al verla en tal actitud y, contra lo que pensaríamos, ella continuó fregándose y lo invitó a acercarse, lo que él aceptó de inmediato; mientras se le acercaba, pudo ver a través del vidrio lo que la tenía tan excitada y llegó directo a calmarle sus ansias.

Mientras el chorro que disparó Jaime Hernán subía verticalmente y por poco no se fijaba al cielo raso, Damián estaba penetrando a Catalina desde atrás para no impedirle que se frotara tan deliciosamente y para poder tener ambos vista hacia el cerro, donde el pirulo del chaval crecía sin límite. J. H. no dejó de mirar a quien lo tenía entretenido, a pesar de haber ya pasado su exquisito orgasmo, pues no quería perderse el desenlace. En el momento en que Catalina y Damián llegaban simultáneamente a lo suyo, el arma del chico de la colina disparaba hacia delante un chorro interminable de espesa leche que caía con profusión a las hierbas, como para fumigarlas.

El muchacho enjugó su miembro con una mano, con toda tranquilidad, con la otra lo guardó en su lugar y cerró la cremallera, mientras se limpiaba la mano húmeda en el mono de trabajo, y desanduvo su camino frescamente, como si nada hubiera sucedido. Jaime Hernán corrió nervioso a limpiar muy bien sus salpicaduras para evitar que su mujer las notara cuando llegara por la tarde del trabajo. Los otros dos se quedaron un ratito besándose tiernamente para sellar el acto al que ese intruso los había “obligado” y se prometieron repetirlo con frecuencia. También su vecino de abajo lo consumó con su pareja por la noche, pues el hecho lo había dejado tan caliente que la embistió con furia cuando llegó del trabajo.

Y allí no paró la cosa. Al día siguiente, como si Jaime Hernán y Damián se hubieran puesto de acuerdo, se acercaron a la misma hora y minuto a sus ventanas y corrieron las cortinas al unísono para esperar en ese palco la llegada, que creían garantizada, de su recreacionista gratuito. El primero estaba solo, como el día anterior, pues hacía teletrabajo mientras su esposa estaba dando sus clases en un liceo. El segundo, muy malicioso, mandó a su amada a no sé qué diligencia, pues ella no sabía que él sabía que aprovechaba siempre para visitar Flora, su amiga lesbiana y así estaría ocupada un largo rato mientras él se satisfaría en solitario con el sainete, pues sepan ustedes que le gustaban muchísimo las acciones solitarias.

Pasó como un cuarto de hora y el “invitado” no llegaba. Las pollas de ambos hombres estaban que se salían de la ropa, tanto se estaban regocijando ellos del espectáculo que preveían. El primero que se la sacó sin esperar más el arribo del chaval fue Jaime Hernán; comenzó a manosearla como quien no quiere la cosa, para “hacerle inducción” mientras se llegaba el momento. Cinco minutos después, el Damián se bajó su pantaloneta y dejó al aire el grueso colgajo que lo acompañaba siempre; claro que ya no colgaba, estaba en semierección y pedía también alguna caricia, que él no le negó.

Estuvieron así, pues, el par de morbosos, durante más o menos otro cuarto de hora hasta que se convencieron, como por telepatía, de que al muchacho se le estaba acabando su pausa del medio día y ya no se presentaría. Ninguno de los dos quiso perder el calentamiento. Damián comenzó a agitarse lo suyo con más vigor, pero J. H se lo guardó, subió el cierre (¿?) y salió del cuarto, no creamos que a tomar su comida; le hizo señas a su cuñado Sergio, quien se encontraba muy concentrado haciendo un trabajo académico en el computador, lo hizo venir a la habitación, lo invitó a la cama y el pillo le aceptó de inmediato pues era maricón y ya se le había insinuado más de una vez a su cuñado.

Damián estaba ya moviéndose fuertemente la polla mientras contemplaba y besuqueaba las chicas desnudas de una revista, cuando unos gemidos, claramente de espasmo sexual, provenientes de la vecindad, le aceleraron el incipiente orgasmo y llenó de leche la lámina de la muchacha, mientras imaginaba que los gemidos eran de ella, a quien había introducido su caliente miembro hasta el fondo. Jaime Hernán corrió a tapar la boca de Sergio, temeroso de quedar en evidencia ante los vecinos, pero luego retiró la mano y le dio un cariñoso y enérgico beso para sellar la fecundación que le acababa de hacer con su pincel rabioso.


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