Le chupo las tetas y le meto cinco dedos en el coño para que no se ahogue.

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En la madrugada del 6 de enero de 1981 maté por primera vez. Lo hice con bastante miedo y lentitud. Todo salió mal. Menos la muerte del tipo.

Al cabrón lo maté porque tenía que matarlo y punto. Matarlo y a otra cosa, mariposa.

Pero lo maté con torpeza. Casi una hora recibiendo golpes, pedradas, palos, puñaladas. No se moría el cabrón. Y hacía ruido. Hacíamos mucho ruido los dos, es la verdad. Y yo más que él.

Una mordida en la lengua hizo que perdiera la conciencia. Creí que había muerto. Echaba sangre hasta por las orejas. Pero no. Antes de que pasara un minuto volvió a abrir los ojos. Apenas podía moverse. Un brazo, creo que el izquierdo, se alzó levemente para bendecirme, o algo así.

Todavía no he dicho y ya va siendo hora que el cabrón al que maté sudando como un perro era un cura jovencito, de La Laguna. Me ordenaron matarlo porque era bueno. Yo pregunté que si era bueno. “Que sí”, me dijo la jefa. “Es un cura cojonudo, de lo más chachis que hay en la ciudad. Pero tiene que morir, y tú lo matarás porque los curas buenos como él son más peligrosos que los hijos de la gran puta que quieren quitarme el negocio. ¿Entendido?”

Yo respondí que sí y enseñé los dientes amarillos.

El cura bendito fue el primer encargo que me hicieron. Después, nunca antes de desayunar, he matado a muchas personas. También animales, sobre todo perros.

Ni mujeres ni niños, esa es la norma. Pero yo no tengo normas. Si me dijesen, cárgate a eso niño; cárgate a esa puta, a esa mujer, quiero decir, yo no dudaría. Pero ni un segundo. A por él, a por ella. A por los dos. Pero esta norma siempre se respeta por los que han redactado las normas. Quiero decir que yo siempre la cumplo. Quiero decir que si quieres dedicarte a matar gente buena e hijos de la gran puta tienes que cumplir con las normas. Hay ocasiones en las que un miserable me dice que me lleve por delante a la mujer de ese, a la mujer de ese otro, a la hija o al hijo de ese cabrón. Pero no. Ni mujeres ni niños. ¡Aunque me quede con las ganas!

Hoy regreso a la piscina de mi jefa para bañarme y recibir más órdenes. Los dos estamos dentro, refrescándonos. Se abraza a mí para que follemos con sonoridad.

Le chupo las tetas y le meto cinco dedos en el coño para que no se ahogue.

¿O es para que se ahogue?

Luego me alejo hasta la escalera y ella nada con la lengua por fuera.

Antes de que me toque termino con la paja que hace imposible que sigamos follando.

“¿Te has corrido?”.

Y le respondo que quiero dejar el trabajo. Me besa.

Las lenguas chocan como dos trenes en Siberia.

Me agarra la polla pero no consigue escalar el Himalaya. De repente los ojos se achican. Me observa. Hace sumas, restas, multiplicaciones, divisiones.

“¿Ni siquiera matarás por mí a ese viejo que vive en la residencia de aquí al lado? Es una buena persona, pero ya sabes lo que pienso de las buenas personas”.

“Sí, que son más peligrosas que las malas”.

“Sí, eso pienso. ¿Y no lo matarás?

“No”.

“Entonces sal de la piscina, hijopua, maricón. Follas de puta pena. Y no sabes comerme el coño como es debido. Anda y que te den por culo, pero que te den bien por todas partes. Y luego no te arrepientas y no vengas moqueando a pedir trabajo, y que si me muero de ganas de volver al matarile”.

A la mañana siguiente, leyendo el periódico, un breve informaba de la muerte de un viejito en extrañas circunstancias. Tenía heridas por todo el cuerpo. Le habían arrancado la lengua de un mordisco.

Cerré el periódico y salí a la calle a comer churros y tomarme un chocolate.

Estaba en paro, y con las manos inquietas. Limpias.

¡Madrid, y sin piscina, una putada!


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