La micropolla

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Usted sabrá disculparme, señora.

Sé que le produce risa el tamaño de mi polla. Es una polla ciertamente micropolla.

Creo, y me lo aseguran otras señoras, que no sienten nada de nada cuando mi apéndice entra en la cavidad húmeda y hambrienta.

Ríase usted, señora, es lo que cualquier señora con educación y ganas de sexo debe hacer al contemplar este adefesio. Pero no le miento.

Recuerde que al requerir mis servicios le aseguré con absoluta confianza que mi polla era así, tal como la está observando con mirada microscópica. ¡Y qué hermoso ojos tiene usted, señora mía!

Cuando las señoras pagan para ver esta polla yo me asombro. Ya no pregunto por qué lo hacen. Las micropollas se ven en muchas fotos en cualquier página porno cutre. O vídeos. Y las hay a mogollón.

Pero tocar una micropolla, llevársela a la boca, ponerla dentro del coño cuando está erecta y midiendo siete centímetros, si acaso; no sé, creo que a las señoras, como le puede estar ocurriendo a usted ahora mismo, les genera un placer extraño, inclasificable, una aventura única en la vida de la que luego podrán hablar con amigos, el marido, los hijos, los lectores, en el supuesto de que me halle ante la reencarnación de Isak Dinensen.

¿Qué hacemos a partir de ahora, señora? Yo lo que usted quiera. ¿Me hago una paja? Para ello empleo dos dedos. Ya puede usted imaginarse qué dos dedos. ¿Quiere usted chuparla? Limpia está.

La corrida, cuando logro correrme, es un chorrito del que no saciaría la sed un gorrión.

Ni el hermoso colibrí obtendría beneficio succionando esta polla arrugada.

¿Cómo, señora? Ni hablar. No, no, no. Por supuesto que no. Por ahí no paso. No insista, se lo pido por favor. Que no. Es inútil por su parte todo intento de convencerme. Guarde el dinero. Me ofende usted, señora. Lo digo muy en serio. Del todo inaudito y además un tanto impropio viviendo de una señora como usted. Le aseguro que nunca antes, en mis muchos años de exhibicionismo de este adefesio con el que cargo estoicamente, una señora fue capaz de sugerir siquiera lo que usted ha pedido, empleando palabras que no osaré repetir por respeto a mi persona y también a usted. ¡No es cosa de más dinero! Usted no me mira a los ojos. Sólo tiene ojos para mi polla. Pero si mirara mi rostro comprobaría que le estoy hablando totalmente en serio.

Lo siento. Debo retirarme. Permítame que vuelva a vestirme.

“Pero es que quiero un hijo suyo, señor mío”, dijo la señora.

Es usted el mismísimo demonio, señora. Eso, o se ha vuelto usted loca de repente. Adiós.

“¿Puedo volver a pedir sus servicios?”, preguntó.

Prométame que nunca más dejará que tan abominable idea pase por su cabeza y mucho menos que de su hermosa boca salga una petición así. Debe prometérmelo con máximo rigor. Poniendo en valor su palabra de señora.

“Se-lo-pro-me-to”.

Entonces Cipriano Lorenzo de Ara Rodríguez queda como siempre a su entera disposición, deseándole una muy buena tarde y con la certeza absoluta de que disfrutará de la obra de teatro a la que tiene previsto asistir en un par de horas, según me indicó al comienzo de esta agradable visita.

Por cierto, tiene usted una risa maravillosa. Juvenil. Y unos dientes hermosísimos. Además un aliento exquisito.

Buenas tardes.

Buenas tardes.

Regresé a la tienda de la señora Hepzibah, encontrándola como era habitual detrás del mostrador.

 


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