AGUA BLANCA, IBIZA

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Hace ya más de cuarenta años que conocí Aleida. Fue uno de esos encuentros de juventud, buscábamos la libertad a toda costa y éramos capaces de hacer cualquier cosa que nos transmitiera esa sensación. Velocidad, sexo, porros, alcohol, entre otras muchas cosas.

Se nos ocurrió a mi amigo José irnos a Ibiza unos días con la intención de recorrer la isla en moto y disfrutar del ambiente y sus paisajes. Aunque contábamos con escasos recursos económicos, no lo pensamos mucho y dos días después partíamos de Madrid en dirección a Valencia, cada uno en su moto, con las mochilas y una pequeña tienda de campaña que coloqué como pude en el transportín.

Ocho horas después estábamos acoplados en la cubierta del barco de Transmediterránea, no había dinero para camarote, observando cómo nos separábamos del muelle y nos alejábamos del puerto, rumbo a Ibiza. Al llegar esperamos a poder bajar las motos a tierra y nos dirigimos a San Antonio, el único camping que había entonces en toda la isla. Instalamos la tienda y nos fuimos a la playa a disfrutar de un baño y unas cervezas.

Esa noche nos juntamos con un grupo de franceses y nos hablaron de la playa de Agua Blanca, una de las más bonitas de la isla y donde se podía acampar libremente. Nos pareció una buena idea visitarla al día siguiente. Queríamos rodar con las motos por la isla y nos daba lo mismo un destino que otro.

Después de más de treinta kilómetros nos desviamos por un camino de tierra y llegamos a una especie de aparcamiento de tierra repleto de coches. Nos miramos pensando que no era esa la idea que nos habíamos hecho del lugar y pensamos que iba a ser como un Benidorm cualquiera en la costa de Alicante, lleno hasta la bandera de gente.

Al final había bajamos por un camino hacia la playa por donde solo cabían las motos, cuanto más cerca de la playa más seguras estarían. El camino terminaba a la espalda de un chiringuito donde había más motos aparcadas. Las dejamos allí y bajamos a la playa.

El paisaje era increíble. Una playa de arena blanca, bastante ancha y resguardada por un acantilado de más de veinte metros de altura. Había un montón de pequeñas tiendas de campaña y todo el mundo andaba en pelotas, desde los niños hasta los abuelos. Nos miramos y sin decirnos nada coincidimos en que habíamos llegado al paraíso.

Nos acercamos a las tiendas y nos enrollamos con un grupo de vascos que estaban bebiendo “litronas” de Mahou y fumando porros. Nos contaron que llevaban allí dos semanas sin salir de la playa porque no había otro sitio igual en toda la isla. La comida y la bebida se podía comprar en el chiringuito, era casi como las tiendas de los chinos de hoy en día, y al final del acantilado había una cascada de agua dulce que utilizaban para ducharse al final del día con su toalla, su cepillo de dientes y su champú.

Decidimos volver al día siguiente con el equipaje e instalarnos allí al menos unos días, con la ventaja de que era gratis y cualquier ahorro nos venía bien para poder alargar las vacaciones. Aquella noche hicimos el equipaje y nada más amanecer recogimos la tienda y nos fuimos.

Agua Blanca era increíble, por el día había bastante gente, aunque sin aglomeraciones. A partir de las seis de la tarde empezaba a vaciarse y solo nos quedábamos los “residentes”. Nos dedicábamos un rato a recoger la basura que habían dejado los “visitantes” en la arena, una exigencia de la Guardia Civil para permitirnos pernoctar allí y después nos juntábamos en grupos alrededor de las hogueras que hacíamos en plena playa, por entonces estaba permitido.

En nuestra segunda noche me fije en una chica rubia con el pelo casi blanco y ojos azules como el mar. Vino acompañada por otra chica y se unieron a nuestro grupo. Solo llevaba puesto un pantalón corto con peto vaquero y sin nada debajo, los pechos aparecían y desaparecían por los laterales. Era lo más bonito y sensual que había visto en mi vida, me pasé la noche lanzándola miradas furtivas sin atreverme a más. Se sentaron con nosotros porque José era uno de los pocos que hablaba inglés fluido y ellas no sabían nada de español. Solo crucé con ella algún comentario, intentando recordar lo poco aprendido en el instituto y el lenguaje universal de las señas.

Al día siguiente por la mañana temprano, no serían aún las ocho de la mañana, me senté cerca del mar con la mirada perdida en el horizonte y absorto en mis pensamientos, aprovechando que casi todo el mundo aún dormía. De pronto emergió del agua la silueta de una mujer que no distinguí al principio. Con medio cuerpo desnudo fuera del agua era como una fotografía publicitaria, me recordaba a Halle Berry en la película de James Bond, agente 007, me enamoré de ella la primera vez que la vi en la película y volví a verla más veces solo por volver a ver la escena, como me ponía.

Salió del mar andando despacio. Cuando los muslos emergieron y dejaron pasar la luz entre sus piernas, caí en la cuenta de que no llevaba nada puesto. El bello rubio del pubis, al contraluz, la delataba. Mi reacción fue inmediata, empalmarme.

Era como una diosa que caminaba hacia mí. Cuando estuvo a mi lado me dio los buenos días en inglés y se quedó de pie a mi lado, pegada a mi hombro, rozándonos la piel. Me revolvió el pelo y me pasó la mano por la cara, levantándome la barbilla para que la mirara y empezó a frotar el pubis contra mi hombro y con absoluto descaro.

Venciendo la timidez giré la cabeza cara y besé su cadera. Se giró un poco y volví a besarla, esta vez en la ingle, mojándome la barbilla con las gotas de agua del bello púbico. Echó la pelvis hacia delante acercándomela a la cara y la bese justo encima del sexo. Me presionó la cabeza su cuerpo.

Puso un pie a cada lado de mis piernas y empezó a descender hasta sentarse en mis muslos pegada a mi estómago y mi pene duro como una piedra quedó entre ambos. Se deslizó hacia arriba y hacia abajo frotando el sexo contra el mí, para excitarse. Le puse la mano en un pecho y ella la suya encima, presionando la mía.

Aquello no dejaba lugar a dudas de sus intenciones. Ni siquiera me preocupé de mirar a nuestro alrededor por si había alguien cuando la abracé y deslicé una mano por debajo de su culo para palparle el coño. Se incorporó un poco para facilitarme el trabajo y pude meterle dos dedos en el coño mientras se frotaba los pechos con mi cara y aproveché para chuparle un pezón.

Fue bajando pegada a mi cuerpo hasta que nos acomodamos para poder penetrarla. Una vez tuvo la polla dentro, empezó a ascender y descender despacio hasta que me empujó sobre la arena y empezó a trotar sobre mí.

Era como estar en el cielo follando con una ninfa, el sol calentaba y sudábamos como si estuviéramos corrido un maratón. El destino o la suerte hizo que se corriera cuando yo ya no aguantaba más y nos corrimos al unísono.

Se me tumbó encima y abrazados nos revolcamos por la arena, besándonos como salvajes y compitiendo a ver quien era capaz de meter la lengua más dentro en la boca del otro y nos pringamos de arena por todas partes. Nos incorporamos y cogidos de la mano nos metimos en el mar para limpiarnos.

El agua nos cubría por la cintura y estábamos besándonos de nuevo. Se deshizo de mi abrazo y sumergió la cabaza en el agua. Se metió la polla en la boca y me pasó la lengua por la punta. Tuvo que sacar la cabeza mucho antes de lo que hubiera gustado, aunque aguantó lo suficiente para que me creciera dentro de su boca.

La tumbé en la superficie del agua, haciendo el muerto y sujetándole las nalgas con las manos, empecé a comerle el sexo. De vez en cuando lo empujaba hacia arriba buscando más profundidad con la lengua, sumergiendo la cabaza y el pelo flotando como los tentáculos de una medusa. Al final se agarró a mi cabeza y se corrió a gritos.

Salimos del agua hasta que nos llegaba a media pierna, se arrodilló delante de mí y mirándome fijamente a los ojos empezó a chupármela. Yo estaba en la gloria y deseando que aquello durara eternamente, pero claro, no fue posible. Al correrme cerró los labios en torno a la polla y siguió chupando hasta que ya no me salía nada. Escupió el semen al mar y se incorporó para besarme.

A partir de ese momento no volvimos a follar y nos dedicamos a hacer el amor a todas horas durante los tres días que pasamos juntos. Pasábamos las noches fuera de las tiendas tapados con un solo saco de dormir, mirando las estrellas mientras nos acariciábamos, hasta quedar dormidos.

El día que nos tuvimos que separar la llevé en moto al aeropuerto y antes de despedirnos decidimos no darnos los teléfonos, era improbable poder volver a vernos, imposible hablar por señas sin vernos y triste sin poder tocarnos. Cuando desapareció por la puerta de embarque no pude reprimir las lágrimas.

El recuerdo de Aleida jamás se me ha borrado, es como si hubiera ocurrido el día anterior. Muchos años después volví a Ibiza, a Agua Blanca. El paisaje era completamente distinto. La carretera de tierra estaba asfaltada, el chiringuito era un restaurante y la playa donde nos amamos estaba cubierta de sombrillas y hamacas, algo prohibido en otros tiempos.

Lloré al ver que habían convertido aquel maravilloso lugar donde fui tan feliz, en una más de las tropelías urbanísticas de nuestras costas. En aquel momento me di cuenta de que me habían robado mi playa y mis recuerdos.


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