Hijo maricón inocente en rojo

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Así no. Más fuerte.

Y como no tengo apenas fuerzas para seguir con los puños, escojo el martillo que está cerquita y golpeo la cabeza del gabacho varias veces.

Eso sí, con la tiranía y la violencia de cualquier cobarde a las órdenes de un jefe sediento de sangre y con ganas de abrir una guerra infinita. Con él mismo.

Grita “bravo” y se levanta del asiento. En la pared cuelga la fotografía de Pacino en la película de Brian. Esa, esa misma.

Sostiene un arma y tiene, creo, la nariz empolvada de coca. La boca abierta y negra. Los ojos abiertos, así como los tiene el fiambre que tengo a mis pies. Pero los ojos del actor expresan odio, unas ganas de venganza que yo no he visto en esta puta vida que llevo matando para el cabrón que se ha puesto en pie y aplaude a rabiar.

Me dice que soy el mejor. Pero que su hijo también es bueno.

Me pregunta si pienso lo mismo.

Abro la boca para decir que su hijo es un maricón que la chupa de puta madre y que en la bodega se la meto por lo menos un par de veces al mes.

Lo que a continuación pasa en el despacho cambia el rictus de Pacino.

El jefe se mueve despacio, ordenado con una leve sonrisa que nadie de los allí presentes saque la pistola o mueva un músculo. La mosca que vuela desde hace rato sigue pasando del mal rollo. La mosca va a lo suyo y hace bien. Yo miro la mosca. Me gusta ver volar a las moscas, y si hay muertos, el entretenimiento aumenta. Se convierte en fascinación. La mosca le echa el ojo al gabacho, que no es más que otro hijoputa que bajó a Madrid para hacerse con el negocio de mi boss, pero con menos modales que Pepe Botella.

Ya lo tengo pegado a mi nariz. Mi aliento es jodido, pero el suyo también. Me ordena que deje de mirar la mosca. Me cuesta obedecer, pero enseguida nuestros ojos se descubren en un callejón sin salida. Supongo.

¿Mi hijo qué?

Que su hijo chupa la polla de ese, de ese también, y la mía se la come entera abajo en la bodega, en el dormitorio y un apartamento que tiene en Málaga. También le gusta pajearse mientras dos maricones lo hacen. ¡Él chico es así!

(Las exclamaciones están puestas porque no quiero perder el tiempo poniendo palabras para explicar que no fue un grito sino una afirmación cariñosa, sincera y amistosa.)

Entonces Pacino Rodríguez, nacido en Talavera de la Reina, votante dice él de psoe y amigo íntimo de este y de aquel otro ministro, aparta la mirada del narrador y la dirige hacia uno de los que ha disfrutado de las mamadas del heredero.

¿Este?, pegunta.

Oh, sí. Ese se corre en la cara de su hijo y luego se la mete hasta el fondo.

Bang.

En la frente.

Mi jefe es gilipollas. Primero lo mata y luego ordena que lo troceen. ¡Al revés, capullo, de toda la vida se hace al revés!

(Pensé yo. Y las exclamaciones sí son de cabreo ante la carencia de profesionalidad de un padre que se ha vuelto caníbal porque ha descubierto que su hijo no es como él. Desgraciado.)

¿Quién es el otro?

Ese que ha sacado la pistola.

Pero el pibe no dispara. Y yo es que hay cosas que no entiendo. Tiene el arma y le puede hacer un boquete al cabrón si dispara primero y luego, claro, a recibir varios tiros. Pero no lo hace. El padre camina hacia él con tanta lentitud que dan ganas de empujarle para que la cosa se agilice.

Bang.

Y pide que le hagan lo mismo que al primero.

¿Quién más?, pregunta.

Solo quedo yo, respondo.

Otra vez los pasos en cámara lenta. Otra vez la mirada de Pacino. Otra vez nariz contra nariz.

En esas entra el protagonista de esta historia.

Claudio ha sido informado. Por la puerta asoma una muchacha a la que el jefe vuela la cabeza.

La mosca pasa rozando la boca de Claudio. ¿Algo sabe la mosca?

Es Claudio el que me mata. Pone el cañón de la pistola en mi boca y aprieta el gatillo. Sencillo. Caigo redondo. Un despacho sucio, en rojo. Padre e hijo que no saben de qué coño hablar. Se guardan las armas. Entran hombres a recoger la basura.

La mosca vuela admirando el horror.

Se posa en la foto de Pacino. En uno de sus ojos. Justo ahí.

Fundido en negro.


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