Aquella noche.

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No sé en qué instante volví, pero sin darme cuenta ya lo había hecho, había vuelto a ese lugar, al que me juré tantas veces nunca más volver, a esa habitación donde en aquel momento solo la ropa nos estorbaba y sus grandes manos se apoderaban de todo mi cuerpo, sentí mucho miedo de volver a estar ahí, desnuda frente a él, de nuevo entre sus brazos, otra vez con sus caricias recorriendo toda mi desnudez, haciéndola temblar, erizar y extasiarse con cada roce, con cada beso, con cada respiración provocada por la lujuria y el deseo; allí estuve yo, con mis manos temblorosas, el corazón agitado y mi mente torturándome el alma, allí estuve dejándome coger una vez más por él. Quise salir corriendo, deseé hacerlo, alejarme de él y de todo aquello, pero mi cuerpo y mis piernas no me daban para eso, pero sí para rodearle la cintura y rendirme ante el placer de esa noche, de esa última noche como lo fue la última otra.

«Te extrañaba», me dijo en un susurro con su voz ronca mientras mordía mis senos y se hundía dentro de mí con fuerza, matando todas sus ganas de sexo, su pasión, su locura, y por un instante me sentí completa, me sentí mujer, me sentí grande, muy grande porque muy en el fondo lo deseaba, y a la vez demasiado estúpida y cobarde por no haberme marchado antes, por volver a caer rendida ante su encanto y sus palabras, por no haber tenido el valor de decir «no» a ese momento, a ese soplo que sabía que no nos llevaría a nada, pero aun sabiendo eso, solo secundé sus palabras con un «yo también te extrañaba»; mis brazos y mis manos se movieron a su libre albedrio, le rodearon el cuello, mis dedos se enredaron en su cabello castaño con vehemencia, mis labios buscaron los suyos con desesperación, con lujuria, con lascivia hasta encontrarlos y saciarme por completo de ellos, incliné mi pelvis hacia la suya buscando el éxtasis y para que también entrara por completo, lo quise sentir muy dentro, hurgando por completo en mi sexo, sus grandes manos no perdieron tiempo y con fuerza se adhirieron a mis nalgas con una nueva embestida que me hizo estremecer y soltar un gemido de placer ensordecedor en su oído, mientras le hundía las uñas en la espalda, recuerdo muy bien que gruñó, ese sonido me excitó más de la cuenta, mucho más que las otras veces, y él, él lo supo de inmediato, me dio la vuelta tomando el control total de mi cuerpo, me tumbó sobre la cama boca abajo y me llenó de azotes el trasero con vehemencia, sabía lo que hacía, lo que me gustaba, lo que deseaba con locura en ese segundo y me sentí tan miserable porque en el fondo lo estaba disfrutando locamente. Sentí el calor que emanaba todo su cuerpo sobre mi espalda, ese calor que no había sentido desde hace casi nada, desde esa última vez que me juré no volver a hacerlo, con todo y eso, abrí mis piernas de nuevo para que volviera a entrar, esta vez por detrás, no lo dudó ni un segundo, se sacio con sus movimientos de cintura arremetiendo contra mi anillo una y otra vez, en cambio, yo estaba repleta de dudas e interrogantes mientras me embestía sin premura. Me preguntaba si esta vez el final sería distinto, si estábamos comenzando de nuevo o si estábamos terminándolo todo. Poseyó mi cuerpo, mi piel, mi sexo, mi culo, mis gemidos, mis besos, mis caricias como nunca lo había hecho, pero ese día no se adueñó de lo que yo más quería que lo hiciera: mi corazón y mi alma. Terminó dentro de mí y me dejó tendida sobre el colchón cansada, agotada y llena de más dudas…, clavó su mirada en todo mi cuerpo, sus ojos azules brillaron como la estrella del oriente, y justo ahí, afloró una sonrisa en su rostro de satisfacción, por una estúpida menudencia pensé que se lanzaría sobre mí a abrazarme y llenarme de besos, de caricias y de amor, pero no, solo se volteó y comenzó a recoger su ropa del piso, lo hizo, y le miré ir en dirección al baño sin decir nada, absolutamente nada, y me sentí la mujer más sucia, cobarde, usada y absurdamente complacida, pero, ¿complacida de qué? ¿de haberlo tenido? Yo no lo tuve, él me tuvo como le dio la gana, ¡estúpida! ¡ilusa! Eso es lo que fui. Muy dentro de mí sabía que ese momento terminaría así, no había otro final, con él no lo podía haber, porque sabía que él no buscaba otra cosa más que, complacerse a sí mismo. Me quedé como siempre después de cada uno de nuestros encuentros: envuelta entre las sábanas con una lagrima comenzando el recorrido por mi mejilla y me juré de nuevo no volver nunca más a ese lugar.


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