La búsqueda del demonio

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Caminaba por las frías calles de ese pequeño pueblo de campesinos productores de la mejor papa que he probado, pateaba las hojas que en ese momento eran tan verdes cómo las nubes y el ruido de mis zapatos hacía notar mi presencia. Regresaba del baile que tuve el día anterior amanecido y aún con el efecto de unas copas encima, había conocido a una chica de un cabello largo y dorado, bailamos todo lo que su deseo aguantó, al finalizar la noche me rechazó y salí tan solo como cuando entré.

Eran casi las doce del mediodía del treinta y uno de octubre, fecha donde las almas visitan a sus familiares, los que por desgracia no tienen familia salen a asustar a las personas, especialmente a borrachos inmundos que traicionan a sus esposas y a sus hijos cada que se les da la oportunidad. Llegué a un restaurante donde encontré a varios niños vestidos de animales y monstruos que solo la mentalidad creativa de un humano fuera de lo promedio podría inventar. Me senté en una mesa gris, al lado de Drácula y la caperucita roja, que parecía estar comiendo todos los alimentos destinados para su abuela enferma, ¿qué excusa iba a ponerle a la desdichada y hambrienta señora?, “cómo han cambiado los cuentos” pensé en ese momento, entre tantos viajes mentales no me percaté de que el mesero me estaba pidiendo mi orden, sin pensarlo dos veces pedí una chuleta, pues de donde vengo no es fácil de encontrar tan deliciosos manjar, me pareció ver que entró un niño disfrazado de demonio, con los cuernos y pintado de rojo, sosteniendo un tridente y cubierto por una capa negra, cuando volví la mirada a la mesa, mi plato ya se encontraba listo para ser devorado, junto a mi comida llegó un hombre anciano, que sin estar disfrazado era muy similar a las historias de aquel conde que aparece entre la niebla, no esperó ni un solo segundo para saludarme, y yo que he sido un hombre educado desde que nací no dude en responderle con la voz más amable posible. Creo que el olor a alcohol se me notaba en cada letra a que pronunciaba.

 —¿a qué hora tiene planeada su partida de esta tierra?, lamento incomodarlo con la pregunta, pero su acento de extranjero hace notar que no conoce mucho acerca de este lugar, le advierto como un buen amigo que en esta fecha el demonio sale a buscar personal y sus personas preferidas son aquellas las cuales no tienen control sobre el alcohol, que es el peor de los males, lo digo porque cada vez que usted pronuncia la letra a sale un hedor atractivo para esa bestia — lo dijo mientras comía una asquerosa sopa de legumbres.

 —Agradezco su profunda preocupación, regresaré a mi pueblo mañana, antes de que los primeros rayos de sol acaricien las montañas de esta bella ciudad — respondí.

Al salir del establecimiento, me encontraba tan solo como cuando entré. La imagen de aquel anciano pasaba una y otra vez por mis pensamientos, como un trauma que jamás iba a ser superado. Me senté en la plaza central, pensando en el demonio y en el porque salía a buscar personas, ¿será que las almas ya no están destinadas al infierno y él tiene que buscarlas para no sentirse solo?, no lo sé, pero mientras buscaba la respuesta varios niños me pedían dulces, yo no soy muy cariñoso con los niños, por lo que no les hacía caso y al otro lado del parque, escondido entre los robustos árboles, se encontraba aquel anciano, hablando con los vendedores ambulantes, tan amable y tan tenebroso como el primer minuto en el que lo conocí.

 

Decidí acercarme con paso firme.   —espero disculpen mi interrupción, pero tengo una impresión que roe mi mente, deseo que ustedes mis señores, me revelen el terreno donde el dueño del infierno llegue prontamente — exclamé intentando evadir la letra a en cualquiera de mis posibles palabras, pues si se daban cuenta del olor a alcohol me tomarían por borracho y jamás me ayudarían.

El anciano que tiempo atrás había conocido se ofreció a llevarme, pues el sabía muy bien donde quedaba, según él, todos los años de su larga existencia lo había visto tomando diferentes formas.

 —La entrada de tan horrible ser es el cementerio de la ciudad, siempre entra por la tumba de Constancia, una bruja que murió hace mucho tiempo, ¡la desgracia de este pueblo! — dijo con la mano al aire.

Llegadas las siete de la noche nos encaminamos hacia el panteón, un lugar alejado de la ciudad, asentado en la cima de una montaña empinadísima para que los muertos estén cerca de dios, pero con los relatos de aquel lúgubre anciano estoy seguro de que están más cerca del infierno. En la larga caminata pronuncie muchas veces esa letra que me ha de condenar si aquella bestia se aparece, el hombre sonreía cada tanto, mostrando unos colmillos blancos como la perla más pura y afilados como un puñal. Llegamos al cementerio cerca a las nueve de la noche y nos dispusimos para encontrar la tumba de Constancia, según el anciano era una tumba ya añeja, llena de polvo y de ofrendas. La encontramos cerca de cuarenta minutos después, era la última tumba de izquierda a derecha, se encontraba escondida detrás de un árbol.

Me senté sobre la lápida, esperando por fin tener la oportunidad de hablar con el príncipe de las tinieblas. El anciano que parecía un vampiro desalmado se echó a reír, era una carcajada mezclada con lágrimas.

 —¿Cuál es el motivo de tan desgarradora carcajada? —, pregunté con pena.

 —oh mi querido amigo, no sabe cuantas veces he tratado de evitarlo, pues es bien sabido por las historias de este maravilloso pueblo, historias que en parte ya he olvidado con los años, que al diablo le apesta la boca cuando pronuncia la letra a —


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