El jefe azota a la empleda

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Olivia, una mujer tímida y menuda de 45 años entró en el despacho de su jefe, diez años más joven. Llevaba el pelo suelto, gafas con "frame" rectangular de color negro, traje de chaqueta y pantalón oscuros y zapatos de tacón que añadían cinco centímetros a su metro cincuenta y tres.

- ¿Y bien? - espetó el joven directivo, impecable en traje y corbata.

La empleada tragó saliva y respondió con timidez. Su voz reflejando lo nerviosa que estaba.

- La señora María llamó esta mañana y quiere... desea poner fin al contrato. -

- ¡Joder! - dijo su jefe dando un manotazo en la mesa.

- Intenté, esto le dije que... pero no atendió a razones. - informó Olivia susurrando las últimas palabras.

El hombre la miró con incredulidad. La culpa no era del todo suya, pero con esa vocecilla y esa falta de convicción no se podía llegar lejos... y así se lo dijo, sin ahorrar palabras gruesas.

- ¿Cuánto llevas con nosotros? ¿Un mes? -

- Casi dos. -

- Dos meses... y ¿cuántos años tienes? ¿eh? Porque se supone que a tu edad ya hay cierta madurez... ¿no? ... ¿o me equivoco y no eres más que una veinteañera que hace cosas estúpidas?

Olivia se puso algo colorada y bajó la vista. Tocaba esperar a que amainase el temporal... 

- ¿Y si te despido por incompetente? -

La empleada levantó la vista alarmada y suplicó.

- No, eso no... me ha costado mucho encontrar trabajo. Le he dedicado mucho esfuerzo y... -

- y resultados Olivia... y madurez y profesionalidad... ¿por qué eres una profesional o no?

- Sí, lo soy y de ahora en adelante haré lo que esté en mi mano para... - 

- Eso espero... pero antes tendremos que resolver este asunto... tu comportamiento no puede quedar impune... mereces unos azotes.

- Perdón... no le he entendido bien.

   El varón miró a la mujer. Sí, no era la tía más atractiva del mundo, pero la idea de nalguear ese culete le excitaba.

- Azotes, ¿ven aquí y túmbate sobre mis rodillas?

- Pero, esto no...

- Prefieres que te caliente el culo o que te despida... última oportunidad.

     Olivia, nerviosa, confundida, sin saber muy bien que hacer, caminó como una autómata hacia donde estaba su jefe, se quitó las gafas dejándolas sobre la mesa y se tumbó docilmente sobre el regazo de aquel hombre notando el contacto de su vientre con el crecido miembro.

-  ¿Cómoda? Bonito trasero. - dijo él acariciando las nalgas protegidas por la tela de los pantalones, tela que, en parte, se metía de manera deliciosa por lo que parecía ser una rajita pequeña pero glotona.

- ¿Lista? -

   Y sin esperar respuesta descargó el primer golpe con la mano abierta justo en medio de las posaderas de la mujer. El tacto con la carne tierna y firme a un tiempo, le sorprendió gratamente.

Luego, cogiendo ritmo, azotó las nalgas por turnos. 

-plas, plas, plas.

Olivia permanecía quieta, con las manos agarradas al borde del sillón.

     Después del vigésimo azote, el ritmo se incrementó y el escozor hizo que se moviera sobre el regazo de su castigador provocando la fricción de sus partes íntimas, calentándolas, excitándolas, haciendo que se mojase.

Un par de minutos después, abruptamente, el correctivo cesó. 

- Ponte de pie. - 

    La mujer se reincorporó con la cara tan colorada como a buen seguro estaba el culo. Su jefe corrió la silla ocultando su erección bajo la mesa mientras se recuperaba del esfuerzo.

- Espero que el mensaje te haya llegado y no tengamos que repetir...

- Gracias. Mensaje recibido. - Respondió la aludida.

    De vuelta en su puesto, Olivia trató de concentrarse. La experiencia había sido un tanto desagradable, como atestiguaba el escozor que venía de sus glúteos y sin embargo, no recordaba haberse mojado con tanta rapidez en su vida, solo el autocontrol y el miedo a la vergüenza más absoluta habían evitado que se corriese sobre las piernas de su jefe. Por un instante fantaseo en una segunda visita donde los azotes eran más contundentes y ella en esa ocasión, estaba totalmente desnuda, las tetas, el culo y sus partes al aire... la vara mordía sus nalgas haciéndola gritar... pero eso no acababa ahí, ya que después, con el trasero encendido, hacían el amor sobre la mesa de la oficina, besos en la boca y el dentro de ella, cabalgando, envistiendo, penetrando cada orificio hasta llevarla al éxtasis.


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