SEÑORA DE LA LIMPIEZA

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Carlos, un compañero de trabajo, me contó que se lo había hecho con Fátima, la señora que limpia las oficinas a través de una contrata. La sorprendió mirándole a través de la cristalera de su despacho una tarde que se había quedado a terminar unos informes para el comité del día siguiente a primera hora de la mañana. Al verse descubierta observándole, en vez de cortarse y escabullirse, se llevó una mano a un pecho y se lo pinzó con dos dedos para tirar de él. Carlos sorprendido fijó la mirada en ella cuando soltó la fregona e hizo lo mismo en el otro pecho. Salió del despacho y se plantó delante y la metió la mano por debajo de la bata azul, palpándole el sexo húmedo por encima de las bragas. Me juró que nunca había visto unas tetas tan grandes ni hecho tantas burradas con ellas.

La verdad es que no me lo creí demasiado, que se la hubiera tirado era posible pero que hiciera lo que decía era más propio de una fantasía que de una realidad. En cualquier caso, empecé a fijarme en ella a partir de esa tarde, llegaba a limpiar una hora antes de que acabara nuestra jornada laboral y se quedaba cuando nos marchábamos.

Hasta entonces nunca me había fijado en los grandísimos pechos ocultos por la bata y que desentonaban del resto del cuerpo porque no era una mujer delgada ni gruesa. Pelo rizado, moreno, típico de las mujeres marroquís.

Llevaba unos días observándola desde que llegaba hasta que yo me iba de la oficina y era muy posible que se hubiera dado cuenta, aunque nunca le noté una actitud distinta hacia mí, solo me saludaba cortésmente y yo hacía lo mismo cuando nos cruzábamos.

Me propuse dar un paso adelante. Cada vez me intrigaba más aquella mujer y no dejaba de recordar lo que Carlos me había contado, así que decidí quedarme aquella tarde en el despacho cuando todo el mundo se fue. Fui al comedor de empleados, me preparé un café de la máquina en un vaso de plástico y volví al despacho.

Retiré de la mesa los papeles importantes y en su lugar puse los que tenía apartados para llevar a la trituradora de papel. Puse el vaso sobre la mesa y con un empujoncito lo volqué manchando la mesa y los papeles.

Llamé a Fátima para que me ayudará a limpiar el desaguisado y enseguida apareció en la puerta. No tuve que decirle nada, la situación era evidente. Se fue y volvió con un cubo y unas bayetas. Me dijo que me retirara de la mesa para poder limpiar. Deslicé la silla de ruedas hacia atrás y la dejé espacio. De pronto me encontré con su culo a menos de medio metro de mí y al echarse hacia delante la bata quedaba tensa marcándole los cachetes.

Inconscientemente puse las manos sobre aquellos globos, como si fueran imanes. Dio un respingo y se incorporó de golpe por la sorpresa, momento que aproveché para atraerla hacia mí y sentarla sobre mis muslos. Las manos volaron a sus pechos y los estrujé con fuerza. En vez de retirarse echó la cabaza atrás, sobre mi hombro, en ese momento supe que me la había ganado y estaba a mi merced.

Las deslicé hacia el escote y ella misma se desabrochó un par de botones y presionó el cierre delantero del sujetador. Me aferré a los pezones, estiré con fuerza y empezó a jadear a animándome con sus manos a retorcérselos. Llevé la otra mano a su entrepierna, desabroché el botón inferior de la bata y metí la mano dentro de las bragas. La piel del pubis era suave, como si se lo hidratase después de quitarse el vello.  Estaba tan mojada que no tuve problema cuando deslicé un dedo por la raja y una vez mojado hice círculos sobre su clítoris. Empezó a jadear y a mover el culo sobre mi polla que ya había despertado.

Me cogió la mano que seguía sobre un pecho y me la apretó sobre el pezón dándose tirones. Decidí clavarle las uñas para que no se me escapara y lo retorcí, ella me imitó en su otro pezón. Le clavé una uña en el clítoris y empecé a mover el dedo. Era increíble la cantidad de flujo que expulso al correrse.

Se levantó de mis rodillas y, sin dejar que me moviera, me desabrochó la bragueta, me sacó la polla dura como un palo y empezó comérmela, llegándole hasta la garganta. Presionó la cabeza hacia abajo y noté perfectamente cuando la polla traspasó el límite de la garganta. Me quedé quieto para que fuera ella la que dirigiese la operación, no fuera a asfixiarse. A partir de ahí empezó a follarme con la cabeza entrando y saliendo de su tráquea. Cuando supe el tiempo que era capaz de estar sin respirar, la cogí de los pelos y empecé a follarla con la polla enterrada en su garganta, pendiente de dejarla que me retirase cuando le falara el aire.

Me corrí en su garganta sin preguntar y sin que se inmutara. Se retiró un poco y empezó a ordeñarme el capullo hasta que comprobó que ya no salía nada. Al incorporarse con los pechos desnudos se le notaba en los pezones la sangre sin llegar a brotar donde habíamos clavado las uñas. Se golpeó un pecho con la mano abierta y se me quedó mirando. Lo tomé como una invitación y le golpeé el otro. Los adelantó hacia mi y empecé a golpeárselos con las dos manos. Se llevó la mano al sexo y empezó a masturbarse.

Cuando llegaron los jadeos cogí los pezones pinzándolos con los dedos y estiré hacia arriba con saña mientras los retorcía. Echó la cabaza hacia atrás y se corrió. Sus fluidos resbalaban por los muslos y los recogió con los dedos que fueron a parar directamente a su boca. Me pidió permiso para besarme en los labios y accedí gustoso. Estaban salados.

Ahora me quedó al menos una vez a la semana a acabar mi trabajo después de la hora de salida. Desde entonces siempre tengo condones en el cajón de la mesa para cuando la penetro por detrás, por higiene. Lo mejor de todo es que los ratos que pasó con Fátima los cobró como horas extraordinarias, porque fichó al marcharme.

Realmente son horas extraordinarias, aunque no tengan nada que ver con lo laboral.      


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