La casa abierta

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Los padres de Miranda llegaron a un acuerdo con unos familiares para que acogieran en su casa a la joven porque tenía que trasladarse a la ciudad para hacer la carrera de Bellas Artes. Los familiares eran la hermana de la madre de Miranda, su marido y la anciana madre de ambas. Es decir, los tíos y la abuela de Miranda.

El tío la esperaba en la estación de autobuses. La joven llevaba una gran maleta. Él la metió en el maletero de su coche, dijo a su sobrina que se sentara de copiloto y se puso al volante. Era un coche viejo y destartalado, que metía mucho ruido, pero al menos funcionaba. 

- Has cambiado mucho desde que te vimos la última vez, hace ya diez años -comentó él.

- Pasa muy pronto el tiempo -dijo ella.

En la casa, en un barrio lejano del centro, de casas muy humildes y antiguas, fue recibida con entusiasmo por su tía y su abuela. Detrás de ellas, una criada malencarada la observaba juzgándola. 

Le destinaron una habitación pequeña, sin ventana, con olor a polvo y a muebles viejos.  Se dio cuenta entonces de que no tenía puerta. Cuando decidió ir al cuarto de baño también apercibió que carecía de puerta y la bañera tampoco tenía un toldo o algo que la cerrara.

Su tía apareció entonces.

- ¿No tenéis puertas en esta casa?- preguntó Miranda.

- No, y no es por falta de dinero sino porque aquí se hace todo a la vista de todos, la intimidad la aborrecemos. Sin embargo, si lo prefieres, seremos discretos contigo cuando estés aquí dentro, por lo menos hasta que te acostumbres.

- Ahora me voy a duchar -anunció Miranda.

- No te preocupes.

La joven dejó a mano una toalla seca que le proporcionó su tía y cuando ésta salió del baño se desnudó y tras comprobar que el agua salía templada de la ducha se metió dentro de la bañera.

Cuando se secó la cara, observó con disgusto que sus tíos, su abuela y la criada la miraban desde el umbral de la puerta. Apurada, se tapó el cuerpo con la toalla.  Entonces, ellos se fueron.

Terminó de secarse en su habitación, se vistió y acudió al salón, en donde su tío leía un periódico, su abuela cosía y su tía limpiaba el polvo con un plumero.

- Tía, me habías dicho que respetarías mi intimidad.

- Nos ha podido la curiosidad, hace mucho que no te veíamos.

- Por ti y por mi abue a no me importa, pero también miraban mi tío y la criada -dijo.

- Tienes un cuerpo maravilloso, por cierto -dijo el tío.

- A la criada hay que tenerla contenta o nos dejará. Es bollera, ¿sabes? Te pido que seas amable con ella. En el precio que acordamos con tus padres rebajamos una buena cantidad a cambio de que fueses amiga de ella. Tus padres lo comprendieron. Ni tu abuela ni yo podemos hacer las faenas de casa y tu tío es un vago y un inútil, un parado de larga duración que no busca trabajo. Sólo tienes que dejarte querer por ella.

- Esto es increíble. Mis pares no han podido estar de acuerdo. ¿En qué consiste dejarse querer por ella?

- Esta noche te visitará y te dirá.

Miranda volvió a su habitación y telefoneó por el móvil a su madre, contándole lo que sucedía.

- Por supuesto que no sabíamos eso. Pero no podemos pagarte una pensión. Búscate un trabajo y deja la casa si no estás cómoda -le propuso su madre.

La respuesta decepcionó a Miranda.

La criada, antes de servir la cena, echó en el vaso con agua de Miranda medio contenido de un pequeño frasco que guardaba en un rincón de un aparador. La tía de la joven le habí avisado de que no estaba por la labor de encamarse con ella.

- No se preocupe, señora, tengo la maravillosa burundanga a mi favor.

- Lo sé, pero no te pases con la cantidad -le advirtió-. Es una droga muy peligrosa.

Durante la cena en compañía de sus tíos y su abuela, Miranda notó que la criada le dirigía miradas cargadas de intención mientras servía la mesa. 

Por la noche, cuando todos estaban acostados, la casa en silencio, apareció la criada en el dormitorio de Miranda,

La joven le preguntó qué hacía allí.

- He venido a desearte buenas noches -le dijo. 

- Creo que me ha sentado mal la cena, me duele la cabeza, tengo mareos y veo borroso -explicó.

- Es por cansancio del viaje -dijo la criada- Me quedaré a tu lado por si me necesitas.

- Me llamo Belinda, creo que no te lo han dicho.

Belinda se acostó en la cama y abrazó a la joven. Miranda estaba perdiendo el sentido de la realidad, no sabía dónde se encontraba ni quién era esa mujer. En parte perdió el conocimiento. Es lo que esperaba la criada para manejar su cuerpo, desnudarlo, acariciarlo, besarlo y chuparlo por entero. 

En el umbral de la puerta aparecieron los tíos de Miranda.

La criada se levantó de la cama al verlos. Llevaba la ropa desordenada.

- Ya me voy -les dijo- El coño de vuestra sobrina sabe a mazapán. Y se relamió.

Cuando salió, los tíos vistieron a Miranda y la dejaron bajo las sábanas. Le ardía la frente y respiraba agitada.

- Me quedo con ella esta noche, por si reacciona mal a la droga.  Esperemos que no recuerde nada mañana.

- Sí, será lo mejor -convino él y se marchó.


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