El juego de las prendas

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Para estimular su vida matrimonial tras veinte años de estar juntos, Desiré y su marido Sergio decidieron que cuando uno de ellos cometiera un fallo o un despiste pagaría una prenda que le impusiera el otro. Ambos se comprometieron a pagar la prenda, fuera la que fuera. El primer fallo lo cometió Sergio, que al ir a comprar al supermercado se olvidó de comprar un paquete de arroz que ella le pidió y él olvidó de anotar en la lista de la compra. Ella le dijo que ese día debía escobar y fregar el suelo de la casa desnudo y con las ventanas abiertas para que algún vecino de la casa de enfrente lo pudiera ver.  Sergio cumplió con la prenda sin mirar al exterior. Desiré sí que miraba de vez en cuando y en un par de ocasiones vio a vecinos asomarse a la ventana de sus viviendas.

El siguiente fallo lo cometió ella varios días después. Al planchar la ropa, en un descuido por culpa de una llamada telefónica, dejó que se quemara una camisa de él. Desiré esperó nerviosa la prenda que le impusiera Sergio, esperando algo del tipo parecido a la que ella le impuso la vez anterior.

Sergio le indicó que se pusiera a cuatro patas sobre la cama, de espaldas a la ventana, cuyas cortinas descorrió dejando el dormitorio a la vista de los vecinos de la casa de enfrente que se asomaran a sus ventanas.

Una vez colocada a cuatro patas, apoyada en las palmas de las manos y las rodillas, Sergio le subió la camisa que llevaba y le quitó las bragas. Colocado junto a su cabeza, se bajó los pantalones y le dijo que le chupara el pene. Mientras ella obedecía, él le masajeó y le zurró en las nalgas y se las separó para dejar bien a la vista sus partes más íntimas. Vio que un grupo de chicos jóvenes se asomaba a una ventana y contemplaban la escena atentamente. Después se colocó detrás de ella y le chupó entre la raja de los glúteos y cuando notó que estaba excitada le metió un consolador por el ano y otro por la vagina. Sorprendió a un matrimonio de ancianos que también les miraba desde su ventana. Colocado otra vez delante de su cabeza, metió y sacó varias veces los consoladores de sus orificios. Más vecinos se asomaron a las ventanas de sus casas para contemplar sorprendidos el espectáculo. Hasta que Sergio, después de derramar el semen en la boca de Desiré, cerró las cortinas y bajó la persiana.

Desiré, limpiándose la boca con una mano, le dijo que se había pasado varios pueblos con la prenda.

- ¿Pero te ha gustado? -le preguntó.

- Mucho, pero ahora me dará vergüenza cruzarme con los vecinos.


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