Beso de Despedida. Breve Escena.

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       Susana se encontraba tumbada boca abajo sobre la cama. Estaba totalmente desnuda. El sol y la brisa marina se colaban por el amplio ventanal de la habitación calentando y acariciando su piel. Juan, de pie, en cueros, contemplaba el cuerpo de su amante.

- ¿Qué miras? - dijo Susana abriendo los ojos y acompañando sus palabras con una sonrisa.

- Te miro a ti. Miro la forma de tu cuerpo, tu espalda, que hace unos minutos se arqueaba de forma deliciosa, tus nalgas, suaves al tacto, perfectas, tus muslos, tus gemelos, tus pies.

          Susana recibió el halago con otra sonrisa mientras el rubor teñía tenuemente sus mejillas de rojo. Todavía sentía el placer que había recorrido cada fibra de su cuerpo durante el acto sexual. Su boca, donde se habían encontrado las lenguas, mantenía en el recuerdo ese sabor difícil de definir, a veces amargo, siempre adictivo. 

- Ven aquí y bésame. - dijo a su compañero.

- Tengo que vestirme e ir a trabajar.

Susana frunció el ceño.

- Será un minuto. - suplicó.

- Me visto y vemos si da tiempo. - dijo el varón.

       Su compañera se hizo la ofendida, la parte lógica de su mente le decía que Juan tenía que ir a trabajar y que ya era tarde. Este argumento la convenció durante unos segundos, justo el tiempo que tardo en sentir la necesidad, más intensa que al principio, de volver a besarle.

       Juan, a pesar de sus palabras, no podía apartar de su mente todo lo que había pasado. Quería besarla eso seguro, pero también quería mucho más, si por el fuese, si la naturaleza lo hubiese hecho posible, repetiría una y otra vez el encuentro y permanecería dentro de ella para siempre. Sí, vestirse había sido una buena idea,  besaría a Susana, eso seguro, la abrazaría con pasión,

pero eso sería todo. Tendrían tiempo para más esa tarde, esa última noche en la que pediría al reloj, como en la canción, que el tiempo se detuviese.

- Me voy -

- ¿Y el beso? - 

- Ven aquí princesa. -

- No, ven tu aquí, a la cama.

Juan no se movió y dijo, sin poder ocultar un matiz de pena en su voz.

- Sabes que me tengo que ir... ¿Me das un beso?

Susana pensó un instante en protestar pero en su lugar se levantó de la cama.

      Hombre y mujer se fundieron en un abrazo, unidos sus labios. Durante un minuto que ambos querrían fuese eterno, el silencio como testigo, silencio solo roto por el sonido del intercambio de saliva y el susurro, apenas audible, de las caricias.


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