Cambio de hora

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Mariano fue destinado al instituto donde conoció a Elisa. Él era  profesor de Física y ella impartía clases de Ciencias Naturales. Durante más de un año, todo fueron sonrisas y suspiros. Pasado este tiempo comenzaron a quedar, a besarse, a abrazarse y… a lo demás. Se casaron.

Mariano era serio y, contrario al mito que se le asigna a todo científico, nada despistado. Daba paseos en sus días libres y conocía al dedillo los horarios de llegada o salida de los trenes que recalaban en Zaragoza. Elisa, por el contrario, era como un cascabel: alegre y desenfadada. Le  fascinaba el atletismo y cuidaba de sus plantas con auténtico esmero, especialmente del pino nacido de una piña traída de Bulgaria.

Vivian en un pisito con muchos libros, un gato y su amor. Así fue durante unos años hasta que el tedio se adueñó de sus vidas. Las clases en el instituto, los miércoles de compras para la semana, los viernes de cena con los amigos… Entonces llegó el nuevo profesor de Geografía que sustituyó a don Genaro quien acababa de jubilarse.

Samuel era arrebatadoramente guapo, hacía deporte con regularidad y le encantaba la música de Pink Floyd.

Elisa y él se hicieron muy amigos desde el primer viaje del instituto en que fueron a enseñar a los alumnos todo lo relativo a los plegamientos y fallas visibles en el Pirineo. En otra ocasión acudieron juntos a un concierto en el que se interpretaba música de sus músicos favoritos al que no pudo acudir Mariano quien, a decir verdad, prefería a Brahms.

Poco a poco la infidelidad de ella se fue fraguando hasta que acabaron los dos en un hotel de carretera.

Continuaron viéndose de forma clandestina. Una mañana de domingo decidieron que, aprovechando las salidas de Mariano, podrían quedar en el domicilio del matrimonio.

Ninguno de los dos reparó en el cambio de hora producido en la madrugada del sábado al domingo. En mitad de la faena Mariano regresó. Con un asombroso aplomo, invitó a Samuel a abandonar la casa y a ella le rogó que se vistiera.

Salió al balcón desde el que vio a su rival hablando por el móvil en la calle. Estaba en el sitio idóneo. Mariano cogió la maceta del pino búlgaro y lo dejó caer. Impactó sobre la cabeza del geógrafo. Acto seguido, el marido ultrajado llamó a una ambulancia, a un abogado y a la policía.

Samuel estuvo unos días en el hospital. La herida solo requirió unos puntos. Elisa acabó divorciada y viviendo en un piso diminuto. Mariano pasó un tiempo «a la sombra» mirando el reloj mientras imaginaba cómo el regional a Madrid o el Alvia a Barcelona saldrían de la estación de Delicias a su hora.

En el claustro de profesores el asunto mereció comentarios de lo más jugoso:

?El de Física trató de demostrar  la intensidad del campo gravitatorio de la Tierra dejando caer la maceta. La de Ciencias Naturales era un vivo ejemplo de la necesidad de las relaciones sexuales de las especies animales. El de Geografía supo ubicarse a la perfección en las coordenadas exactas para recibir el tiesto.

El de Matemáticas, que no podía estar callado añadió.

?Un caso diáfano de triángulo amoroso.

El pequeño pino  nacido de una piña traída de Bulgaria fue el que tuvo mejor final. Una vecina lo recogió y lo metió en una maceta mayor. Cuando alcanzó una altura suficiente fue llevado a un monte en el Pirineo.


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