MÍA

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Y mientras aún procesabas todo lo que estabas viviendo, el calor de tu cuerpo dejaba entre ver que la excitación era parte de tu atuendo, te notaba distinta, despreocupada, inspirada y por momentos sin miedos, sólo eras tú.... Sí... tú, disfrutando de lo nuevo, la que ante mis ojos se desnudaba, esa mujer que empezaba a descubrirse y que llenaba su cabeza de pensamiento obscenos, que esperaba atenta mis pasos para soltar el freno, que bailaba al ritmo de aquella danza, la misma que decidí que nos envolviera para aquel momento; me dejaste tomar el control  de nuestros cuerpos, te di una pequeña muestra de lo que trataba mi atrevimiento, te mostré el olor del cuero que desde ese momento envolvería tu cuerpo, un olor muy distinto al que acostumbraban tus recuerdos; me deleite viendo como ibas saciando poco a poco tus deseos, esos que nacieron en la oscuridad de tus pensamientos, sé que mucho de lo que viviste aquella noche, en algún momento fueron parte de las fantasías de una mente sin recuerdos, pero que gritaban en silencio, en lo más profundo de tus anhelos.

Se que no querías que me detuviera, sentí tu gozo cuando por primera vez tus pezones fueron víctimas de mi demencia, con aquellas pinzas que te entregaron dolor y placer, mi lengua solo era anestesia, una muy dulce pero tibia al final de cuentas, que recorría tus senos mientras de a poco perdías la inocencia; también recordé el sabor que probé desde tu entrepierna, era intenso y no daba tregua, desbordabas en humedad y mi instinto animal me obligaba a beberla, decidí tomar la pinza que castigaba una de tus tetas, para atrapar con destreza tu clítoris inflamado producto de como mis dedos lo apretaban sin clemencia, esbozaste un gemido cuando la pinza logro acomodarse en su alberca, te extasiaste al sentir como envolvía tu carne sin ninguna gentileza, el brillo y la inflamación de tu piel al descubierto, no eran más, que una  invitación a seguir lamiendo; te pedí que te voltearas y te pusieras sobre tus brazos y piernas, observe por unos segundos y vi como en tu vagina aún se sostenía la pezonera, que seguía haciendo su trabajo sin perder la firmeza, te pedí que abrieras lo más posibles tus piernas, quería observarte por completo y tal fue tu obediencia, que me mostraste incluso más de lo que mi cabeza esperaba como recompensa, fue en ese momento que tomé el látigo de tiras, y empecé a recorrer tu culo y tus piernas, lo deslice suavemente para que lo sintieras, empecé de a poco a castigar tu piel, tu alma y tu inocencia, con golpes que te calentaban más que cualquiera caricias que albergaras en tu cabeza, tus exclamaciones dejaban claro que el dolor se hacía tu amigo, apreciabas el ardor de tu piel con tus labios mordidos, querías más, lo expresaba en tu forma, en tu piel erizada y en tus gemidos, castigue con fuerza diferentes lugares de tu carne, y tal fue tu regocijo, que en ese momento mis ojos presenciaron como la cama se humedecía de tus líquidos, aquellos que de tu interior emanaban, estabas ardiendo, estabas en llamas, jamás te había visto a ese nivel excitada, el hilo transparente que unía a tu cuerpo a la cama, era constante y en ningún punto se cortaba, realmente me di cuenta cuanto me deseabas, a mí, a mí locura, a mis juegos y a mí alma, luego de extasiarme durante algunos segundos disfrutando de tu calentura, seguí castigando tu cuerpo sin ningún tipo de censura, azote tus nalgas, tus piernas y tu espalda, con golpes que se matizaban entre lo suave y lo rudo, el roce del cuero sobre tu piel inflamada, no era más que otro aliciente que te inspiraba a seguir mostrando que habías entendido, de que trataba mi juego y qué harías tu parte para hacerme  sentir complacido, eras dueña de una templanza admirable y una sangre caliente digna del animal salvaje que despertaste conmigo, estoy seguro que  Afrodita debió celebrarte con júbilo aquella noche en el olimpo, también sabía que era imposible que volvieras a ser la misma que atravesó conmigo esa puerta antes de desvestirnos; decidí continuar con el castigo, tu vagina y tu ano fueron mis próximos objetivos, les di golpes firmes para que supieran quien era su amo, a pesar de eso, te mantuviste firme y el brillo de tu vagina mojada me invitaban a seguir desencadenando mis locuras más acaloradas; te volteé y sobre la cama te tiré, tus mejillas estaban rojas de tanto placer, me decían  que el nivel de excitación subía cada vez, no aguante mucho tiempo antes de que mi pene estuviera cerca de tu piel, todo lo vivido por esa noche me tenía exaltado de placer, y fue así como te saqué el antifaz, para mirarnos fijos mientras de a poco penetraba en tu humedad, fueron pocos movimientos antes de que lograrás acabar, con un gemido estruendoso que me hizo notar, que aquella noche la recordarás como algo especial, porque te hice tan mía, como ni tú te lo podías imaginar.


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