EN LA PISCINA DE LA COMUNIDAD

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Vivo en una urbanización a las afueras de Madrid con varios edificios y entre las zonas comunes a todos está el club social, privado y solo para los vecinos. Esta en un edificio independiente donde hay canchas de tenis, de pádel y piscina, además del bar restaurante y un pequeño supermercado con las cosas básicas para un apuro doméstico.

Un domingo, comiendo con mis padres en el restaurante coincidimos en la mesa de al lado con una familia compuesta por dos adultos un chico de unos catorce años y una chica que rondaría los dieciocho. La verdad es que llamaban la atención, era una familia de color nueva en la urbanización.

Coincidí unos días después con la chica en el ascensor y me habló en inglés, preguntándome si la entendía porque no hablaba español. Le dije que perfectamente, yo soy prácticamente bilingüe después de pasar varios veranos en Irlanda y estudiar en un colegio británico. Venía cargada con varias bolsas del supermercado y la ayudé a meterlas en el ascensor, lo que me agradeció con una sonrisa.

Era casi tan alta como yo, muy oscura de color de piel y unos ojos verdes que destacaban por el contraste. Cuando se bajó en el tercero y se agachó para coger las bolsas del suelo, el vestido se le tenso en el culo y me quedé mirándolo con descaro. Se dio cuenta y sonrió al tiempo que yo me quedaba cortado. Menos mal que reaccioné y sonreí también con complicidad.

Volví a coincidir con ella unos días después en la piscina. Yo estaba nadando unos largos y una de las veces al llegar al borde de la zona donde no cubre más de un metro vi unos píes dentro del agua. Me incorporé y allí estaba ella, sentada en el borde. Inevitablemente mis ojos escanearon su cuerpo y lo que más me llamó la atención fueron sus pechos, más grandes de lo que aparentaban con el vestido que llevaba el día que coincidimos en el ascensor.

Nos saludamos cortésmente y me di cuenta de que me miró disimuladamente el pecho, me gustó y me ruborizó a partes iguales. Le dije que iba a seguir porque aún me faltaban cuatro largos para cumplir con los dos mil metros que me había propuesto. Me dijo que ella seguiría allí cuando acabara.

Los cien metros siguientes que nadé los hice sin poder concentrarme, en mi mente solo había lugar para aquellas largas piernas y aquellos pechos de piel oscura, imaginando lo que se encondía dentro del biquini azul claro. A pesar de estar nadando noté cierta presión del bañador por delante.

Seguí la línea negra pintada en el fondo y antes de acabar el largo me di cuenta que los pies que seguían en el agua, ahora estaban a los lados de la línea pintada. No podía ser casual, estaba seguro de que antes estaban a más de medio metro separados de la línea. Iba directo a ella y se me ocurrió mojarla como si fuera accidentalmente. La última brazada la hice a ras del agua y la salpiqué.

No se lo esperaba y con la sorpresa sacó los pies de la piscina poniéndolos en el borde con las rodillas separadas. A sacar la cabeza del agua me encontré con su pubis a menos de treinta centímetros de la cara. La tela del bañador disminuía a la altura del culo y le dejaba las nalgas al aire.

No se retiró, empezó a abrir y cerrar las rodillas casi como una exhibición y me di cuenta que tenía los pezones de punta. Junté las manos, las llené de agua y se la tiré por encima. Al mojarse la tela se le pegó a la piel como un guante de látex y se transparentó la piel oscura. Se echó a reír y me dijo que era muy malo, sin dejar de abrir y cerrar las piernas.

Volví a coger agua con las manos y esta vez la dejé caer despacio sobre la tela que cubría el pubis. Sin inmutarse cerró los ojos con un suspiro que era más una invitación que impresión al contacto con el agua. Al abrirlos me lanzó una sonrisa lasciva.

Le puse las manos en la parte de fuera de los muslos y dejó de mover las piernas dejándolas abiertas. La acaricié suavemente y volvió a cerrar los ojos disfrutando de las caricias. Fui descendiendo las manos hasta que se posaron en sus nalgas y las deslicé hacia el centro. Esperaba que se retirara y me dijera algo, cosa que no ocurrió.

Ante su pasividad y la aceptación de mis caricias, me animé a seguir explorando la piel entre sus muslos hasta que mis dedos tocaron la tela que le cubría el pubis. Abrió los ojos y con una sonrisa me dijo que le gustaba. A partir de ese momento el juego estaba claro entre los dos y no me corté.

Metí un dedo por dentro de la tela y estaba mojada, no precisamente por el agua. Lo deslicé hacia arriba y abajo e hice círculos sobre el vértice superior, lo que la hizo dar un respingo. Lo deslicé hacia abajo y le entró sin dificultad en la vagina. Su reacción fue tan solo un jadeo.

Miré hacia los lados buscando la mirada de algún vecino y no vi a nadie, estábamos completamente solos y decidí masturbarla allí mismo. Le retiré la tala a un lado y apareció el sexo depilado, con los labios medio abiertos y la piel interior de color rojo vivo y brillante debido a la humedad. Era la primera vez que veía un sexo de ese color.

Estaba tan excitado que ya no pensé en la posibilidad de que apareciera algún vecino. Le metí dos dedos y masajeé el clítoris con el pulgar. Metió los pies en el agua, se acercó todo lo pudo al borde con cuidado de no caerse al agua y abrió las piernas todo lo pudo para facilitarme la penetración. Tiré de su brazo para acercarle el cuerpo y metí la cara entre sus pechos. Ella retiró la tela hacia arriba para que pudiera chuparlos.

Aceleré el movimiento de la mano al tiempo que sujetaba un pezón con los dientes y le pasaba la lengua por la bolita. Empezó a jadear y se corrió apretándome la cabeza contra su pecho para que no me retirara al tiempo que me pedía por favor que siguiera. Le metí los dos dedos restantes en el sexo y empecé a penetrarla de nuevo. El segundo orgasmo tardó más en llagarle y lo disfruto más.

Cuando se recuperó me dijo que me sentara yo en borde y ella se metió en el agua. Tiró de la cinta de mi bañador para desatarla y me lo bajó hasta las rodillas. Me deslizó la piel de la polla hacia abajo y empezó a chupármela lentamente. Yo la tenía dura como una piedra y los huevos a reventar. Me pidió que no corriera en su boca porque era la primera vez que estábamos juntos y ya habría ocasión. Me retiré y me masturbó hasta que el semen le fue a para a sus pechos.

Los metió en el agua y se limpió. Luego cogió agua y me limpió a mí los restos de leche que se deslizaban por mi tronco. Me dio un poco de reparo pensar que estábamos en una piscina publica, pero seguro que otros se meaban en el agua y tampoco había tanta diferencia.


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