El beso en la tormenta

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Antes de que el peso acabara con el equilibrio de Romina y termine en el suelo con todo y equipo, Milton se apresuró ayudarla. La joven estaba agradecida pero no lo admitió y retiró rápidamente la mano de debajo de la de Milton.

La convivencia, entre los dos no era buena. Él era arrogante y siempre estaba engrandeciendo su persona y minimizando a los demás. Y en los doce años que se conocen nunca desaprovechaban la ocasión de burlarse de las torpezas del otro.

Las actividades del campamento estaban en marcha y ellos se sentaron a almorzar. En un momento, llegó la hermana de Milton con una flor exótica. Romina exclamó que estaba muy bella y Clara se la obsequió.

—Una flor para otra flor.

—Aunque la mona se vista de seda, mona queda —adoptó una postura pensativa— Aunque, más que mona sería chimpancé, por la facilidad de romper los huevos.

Clara exclamó con impulsividad el nombre de su hermano.  Romina hizo un gesto de desaprobación y devolvió el ataque.

—Prefiero ser un chimpancé y no un ogro como vos, nene.

—Tu novio tiene pésimo gusto, da lo mismo una flor en tu oreja.

Milton se reía al ser ignorado por ambas y siguió en lo suyo, mientras la miraba. Lo cierto es que era un día tranquilo ante las incontables veces donde evidenciaron una marcada tensión sexual que fingían ignorar.

Haca el atardecer se nubló repentinamente. Estando en el quincho, Alguien tenía que ir al cobertizo a buscar algunos elementos que se necesitaban para pasar la noche. Romina se ofreció y para su sorpresa, Milton no dudó en ofrecerle ayuda. La joven intentó negarse, pero sus argumentos fueron rotos por el joven insistente y ella necesitaría ayuda, se resignó y aceptó.

Iban con un paraguas, durante el camino Milton le dijo que quería aprovechar para disculparse por lo de hoy. Ella creyó que era una broma, como las que le hacía periódicamente cuando se disculpaba, pero esta vez le parecía sincero. Él la detuvo y la miró a los ojos y se disculpó.

La lluvia caída en mayor cantidad, el cielo se agitó llegaron al cobertizo que era bastante amplio, y se refugiaron ahí. Intentaron encender la luz, y se había cortado.

—Deberíamos quitarnos la ropa mojada para no resfriarnos —dijo Milton en tono de broma.

—Ni loca me desnudo en frente de vos.

—Entonces te doy la espalda.

Ella lo miró con sarcasmo y recibió una sonrisa burlona cuando él se dio la vuelta nuevamente. Romina continuó a lo que venían, pero Milton insistió que se lo tome con calma, que convenía esperar a que parara.

—Al fin solos, muñeca

—Pesé que te habías disculpado por ser un idiota.

—¡Ey! Lo lamento, me dejé llevar por la costumbre. No quiero joderte —Sonó su teléfono y no contestó.

—Bueno dejame salir entonces.

Milton hizo una seña para atender su llamado. Era de la gente del quincho advirtiendo que era una tormenta fuerte y había arboles caídos. Milton le pidió que repita lo que dijo, al tiempo que activó el altavoz.

—Ya escuchaste, no te dejaré salir, puede ser peligroso.

Encendieron unas velas, para no gastar la linterna y se quedaron esperando. Hablaron sin intensiones de bromas. Compartieron sueños, anécdotas, rieron juntos. Milton Notó que ella tenía frío.

—Dejando de lado la “guerra” ¿Puedo acercarme?

Romina miró con desconfianza, pero sabía que en el fondo era bueno y comprendió sus intenciones. La verdad, era que le teme a las tormentas. Él pasó un brazo alrededor de ella y se acurrucaron bajo una manta. Ella puso la cabeza sobre el pecho del joven y este apoyó la cabeza sobre la de ella. La oscuridad, la sinceridad, la lluvia y la noche potenciaron el ambiente idóneo para un beso apasionado. El primero de muchos.


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