UN INTERESANTE EXPERIMENTO

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Hace escasos días que vi una película muy especial, digna de hacer pensar.

A mediados de los años 60 del siglo XX un profesor norteamericano de psicología especializado en el comportamiento humano al que llamaremos John Merrick, a tenor de la barbarie nazi durante la Segunda Guerra Mundial, se preguntó: ¿Cómo era posible que casi todo el culto pueblo alemán se dejara fascinar por las demenciales arengas de Hitler y de sus secuaces que causaron tantas desgracias a medio mundo?

Así que dicho profesor y sus colaboradores decidieron convocar a distintas personas que se ofrecieron voluntariamente para realizar un experimento en el laboratorio del mismo. El sujeto en cuestión se tenía que situar en una sala frente a un aparato retransmisor, y en la estancia contigua había otra persona con una especie de auriculares en la cabeza que tenía que responder a las preguntas de un cuestionario que éste le hacía. Si el receptor; es decir el hombre de la otra habitación, se equivocaba; no daba la respuesta adecuada recibía una ligera descarga eléctrica; pero en la medida que este receptor seguía errando las descargas eléctricas se hacían cada vez más frecuentes y más intensas. Al fin el hombre-receptor dejaba de comunicarse con la persona que formulaba las preguntas como si a consecuencia de aquellas descargas le hubiese sucedido un fatal percance.

- Mi compañero de la otra sala no da señales de vida - le decía la persona que hacía de retransmisor con manifiesto temor al médico que estaba con ella-. A lo mejor le ha pasado algo. Yo abandono este experimento.

- No puede ser. Usted debe de seguir hasta el final del cuestionario. Es el reglamento - le respondía el facultativo implacable.

El sujeto que se había ofrecido voluntario se sentía desbordado, dominado por la actitud autoritaria del médico y de mala gana reanudaba aquel experimento; y como él una gran mayoría de personas que asimismo se habían ofrecido voluntarias se dejaron llevar por la inflexible autoridad del sanitario. Sólo una ínfima minoría de sujetos más autosuficiente que desde mi punto de vista es lo que debe de ser, se plantó y se negó con resolución a seguir con el experimento.

- ¡Usted dirá lo que quiera, pero yo no sigo con esto, y me voy ahora mismo de aquí! - decían desafiantes al médico.

Pero al final la gran sorpresa era que aquella desagadable prueba era una pura mentira. Lo que realmente le interesaba al profesor John Merrick era poder constatar hasta que punto el ser humano se dejaba influir por la rígida autoridad del supuesto médico que controlaba aquel experimento. ¿Tan frágil era la voluntad humana que se quebraba con facilidad ante la peligrosa postura de alguien autoritario cuando éste podía ser un loco cualquiera; o que simplemente este médico también estuviese equivocado? ¿Siempre tiene que ganar en una conflictiva situación quien más grita?

Por supuesto que el señor que hacía de receptor formaba parte del equipo del investigador y no le había pasasdo nada. Sin embargo, aquel experimento llegó a oidos de los psicologos más ortodoxos y pusieron el grito en el cielo, por lo que enseguida se apresuraron a descalificar la prueba del osado John Merrick, ya que éste había desmontado la propospeya, la egocéntrica creencia de superioridad en la que se habían instalado los miembros del mundo científico al que él pertenecía. ¿A quién le gusta que se le demuestre que en un momento dado pueda abandonar su aura de sujeto civilizado; su condición de individuo liberal para convertirse en un muñeco a expensas de cualquier descerebrado como ocurrió con el pueblo alemán en relación con la ideología nazi, la cual había sugestionado con una apabullante propaganda a la población apelando a su instinto más gregario?

 

Dicen que el hombre común frente al grupo, al señor que está en el poder cree que éste maneja una trascendente información que a él no le llega y por tanto se inclina, se autoanula ante esta autoridad en la que además entra en juego su temor reverencial hacia el mismo, así como el culto a la personalidad y asume sin más la doctrina que se desde arriba se le quiere imponer.

Esto explicaría el comportamiento sumiso de las personas que se prestaron a hacer el experimento del doctor John Merrick y también del pueblo alemán con el nazismo; aunque en dicho país también contribuyó a la victoria de esta fatal ideología la enorme crisis socioeconómica que se generó tras la Primera Guerra Mundial. 

Hoy en día la neurociencia nos dice que un gran porcentaje del cerebro humano está compuesto por el lado emocional, mientras que el yo pensante ocupa una mínima parte. Parece que se nos diga de una manera solapada que importa más el sentimiento que la razón. En base a esto, es evidene que los políticos gracias a los medios de comunición se dedican a manipular con eficacia al personal; les graban en el inconsciente una serie de viejos tópicos que vienen de otras épocas lejanas sobre todo fomentando una demagogia de cartónpiedra, y un prejuicio social gregario a quien se atreve a pensar por sí mismo, y a preguntarse el por qué de las cosas.  Por tanto, creo que no existe nnguna libertad de opinión y me parece inútil cualquier discusión  sobre asuntos públicos expresada con objetividad puesto que siempre prevalecerá la idelogía que ha anulado el espiritu libre que es lo que da alas para volar  al espíritu del ser humano.

 

 

 


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