Matando al capellán maricón

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Ese maldito capellán maricón me las va a pagar. Cómo se atreve a pegarme en las bolas. Pensaba Cristofer en voz alta. Horrible tener que aguantar su tono de cordero estúpido cuano sé que es un lobo de mierda. Sí, un lobo de mierda, decía para sí. 

Sé que ese maldito ha violado a más de un huérfano. Como le miraba las pantaorrillas a aquél, que por demás estaba lindo, pero yo hace tiempo que dejé de ver esos traseros infantiles. Ya me he purificado de tales atrosidades, ahora mi misión es librar al mundo de los demás demonios que tratan de convertir a los niños. Mi misión, mi lucha, mi vida... Como todo es absudo quizás mi misión deba ser la de a savación de estos seres. 

Eso pensaba Cristofer. También había asociado una ligera idea religiosa a su causa, lo que lo haia más peligroso. Estaba cuerdo, pero a ratos brotaban de él esos ataques asesinos contra el capellán. Reprimía su homosexuallidad. Había tenido un par de encuentros sexuales con él y ahora se lamentaba. Sentía que el pecado original le corría por las venas y debía librarse de él, librarse con una limpieza de sangre. Que según sus locas cavilaciones pasaba por aesinar al capellán mladito. 

No lo puedo asesinar solo, pensaba. Quizás necesita ayuda para revisaar la zona. Necesito tener acesso a la capilla. Quizás lo mejor sea tener otro encuentro con él y clavarle el puñal en el ano por maldito. Y le clavaré una estaca en el corazón, reía para sí. 

Pensaba lo peor, pero lo peor llevado a cabo de la mejor manera posible. Siempre quería llevar a cabo todo de la ejor manera posibl, pero por eso justamente siempre pensaba que no lo alcanzaría, por lo que su plan inicial de asesinar al mandito enfermo se posponía. Era como si tratara de hacer una pieza de rrelojería, pero que solo funcionba en su cabeza, cuando la iba a apliccar a la realidad se daba cuenta que no lo podría hacer. Necesitaba menos impulso y más sangre fría. 

Por lo que todos sus intentos eran mentales, sin un ápice de aplicación práctica. Se daba cuenta que para cometer un asesinato perfecto, vamos, un crimen, debía practicar antes con mucha cautela. 

Quizás deba matar primero animales, pensaba. Pero siempre sus ideas de pureza lo llevaban a pensar que el mata lo haría impuro. Solo quería hacerlo para liberar al mundo del mal. Pero también sabía que el mal no iba a desaparecer por él. Él no podía ser un protector a la manera de un Batman. 

Debo acostarme con el capellán y matarlo en el acto. Y quizá deba suicidarme luego. Quizás sea mejor buscar una espada que nos atraviese a los dos. Despu? de todo estamos tocados por el mismo infortunio. 

Así que para llevar a cabo su plan le tramó una trampa al capellán. Sabía que el capellán consultaba un sitio web donde la gente libremente ofertaba sus cuerpos y había una demanda igual de liberal. Por lo que generó un apetitoso anuncio a los ojos del capellán. Es más, pagó al sitio para que su anuncio estuviera entre los primeros. Así de marcada era su pasión. 

El atormentado autoproclamado justiciero tomó un cuchillo de la cocina. Decía Eagle Knife. Un hermoso color plateaado se reflejaba a la luz de la habitación. Lámparas de tubo que haccen un ruido molesto. Tomaba la empuñadura. Con gusto le metería el puño por el culo para que pensara que es un dildo metálico. Y luego le daría vuelta para completar su tortura hacia el capellán. No quería matarlo de unaa vez, él quería torturarlo. 

Contó los números de pequeñas elipses que se veían en  el cuchillo. Eran 14. Para sí pensó que era un buen número. Y quizás sería el número de pequeñas cortadas que debía hacer lentamente antes de la estocada final. 17 cm mide el filo, ja, coincidencia. El mismo tamaño de mi miembro jeje. Le daré un empotramiento que no podrá olvidar, o mejor dicho, que no recordará. 

Deconocía la función de esas pequeñas elipses y le generaba curiosidad. Qui?as el capellán sepa para qué sirven. La marca e Eagle Knife saabía que había sido generda por láser. 

Lo peor de todo es que muy en el fondo sabía que su crimen no iba a ser puro, y eso lo desanimaba. ¡Necesito pureza! Pensaba para sí. Se sentía cochino, impuro. Y estas ideas mezcladas con una fe extraña y una moral bastante permisible lo llevaban a pensar que el asesinato podía ser cometido sin que nadie jamás se enterara. 

Era un bonito cuchillo, todo tallado en el mismo material, sin separación del mango con el filo. 

También sabía que el crimen en parte iba a ser pasional, porque muy en el fondo se había enamorado del capellán. Porque era un catire bello de ojos azules y su cuerpo no estaba nada mal. Lo que estaba mal era que no se fiajara más en él y se anduviera buscando chiquillos de mierda. Por qué no lo cogía a él. Maldito pervertido. Él solo quería ser su mujer, pero no. 

El capellán también tenía una hermosa voz. Y el cabello le llegaba un poco más abajo de la base del cuello. Como un Thor, un escandinavo perfecto para su cuerpo no tan perfecto. Le daba envidia que fuera tan hermoso y él apenas llegaba a considerarse por debajo del promedio. Por qué se había acostado con él en más de una ocasión si en el fondo no era tan bello. 

Quizás sea mejor dejarlo sin pene pero vivo, pensaba. 


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