Desnudo en la camilla

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Con cuarenta años se quedó sin trabajo y se le ocurrió hacer un par de cursillos de masajes. Su mujer estuvo de acuerdo, dijo que también se beneficiaría ella. En medio año superó un cursillo de aprendizaje y otro de especialidad. Con el diploma de aprovechamiento, no oficial, concedido por la Academia, instaló en una habitación de su casa un gabinete de masaje con camilla, perchero, armario, un par de sillas, mesita con productos de masaje y toallas y un compac disc con discos de música relajante. Su primer cliente fue un joven deportista que tenía dolores repartidos por todo el cuerpo, nada grave pero molesto. "Necesito un buen masaje de cuerpo entero porque me duele todo. ¿Me quito toda la ropa? -le preguntó el primer día. "Lo que quieras, puedes dejarte el slip si quieres, pero es mejor sin nada de ropa", le dijo. El masajista salió de la habitación mientras el joven se desvestía y cuando regresó lo encontró totalmente desnudo, tendido boca abajo. Puso música relajante, se untó las manos de aceite y empezó por masajear la espalda, luego las piernas y los pies, después los glúteos. La mujer del masajista, mientras tanto, leía en la habitación de al lado. Una ventana comunicaba ambas habitaciones con la persiana echada. Las nalgas del muchacho le recordaron al masajista las nalgas de su mujer, tenían algo de femeninas, y se dedicó a ellas con insistencia, tanta que cuando el joven se volvió, el pene lo tenía erecto. Le masajeó la espalda y las piernas, cuando puso sus manos sobre su vientre, no pudo evitar rozar con ellas su pene, que permaneció inflado durante toda la sesión. Sin que el joven se percatara, pues permanecía con los ojos cerrados, la mujer del masajista separó con cuidado un par de lamas de la persiana y contempló el cuerpo desnudo del deportista. Cuando éste marchó de casa, la mujer comentó que el pene del chico era muy grande.  "¿Te ha gustado?", le preguntó el marido. "Me hubiera gustado entrar y hacerle una mamada y una paja", reconoció. "Podemos espantarlo si haces eso", le advirtió él. "Pues entonces hazlo tú y yo os miraré. Mariconear, eso me excitará mucho.", le dijo ella. "Tampoco admitirá que se lo haga yo", opuso él. "Prueba, intuyo que le gustará".

El muchacho regresó a los dos días. Le dijo que el masaje le había ido muy bien y le había gustado.

"¿No te ha molestado estar desnudo?", le preguntó el masajista. "No, al contrario, me ha gustado que me toques por todo el cuerpo, sobre todo en las nalgas", le dijo él.

El masaje fue esta vez más intenso y el masajista se atrevió a meter un dedo en el culo del joven, que se mostró sorprendido y a gusto. Cuando giró el cuerpo, el pene se encontraba en estado henchido, a punto de estallar. El masajista le lamió los testículos. Su mujer movió las lamas de la persiana y contempló a partir de entonces toda la escena. El masajista no pudo evitar excitarse, se bajó los pantalones y acercó su pene a la boca de muchacho, que se lo metió sin dudarlo.  También él se metió en la boca el pene del muchacho, que gimió de placer, lo chupó un buen rato y después le hizo una masturbación que provocó la erupción de su semen abundante, blanco y espeso. A continuación, eyaculó el masajista y su semen se lo tragó el muchacho. Se limpiaron con el rollo de papel que había sobre la mesa. 

"Esta vez me ha complacido más", comentó el joven.

"A mí también", convino el masajista.

Cuando el muchacho se fue de casa, la mujer y el masajista se enzarzaron en un apretado abrazo sobre la alfombra del salón, enardecidos ambos, y disfrutaron de sus cuerpos como nunca antes lo habían hecho.


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