Las ratas

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“Hola, rata. Soy el vecino de arriba. Quiero ser como tú. Pero quiero ser como tú y tener tu inteligencia, tu olfato, tu rabo, tu pelo, tus ojos, esos ojos, quiero tener esos ojos; quiero ser inteligente, o sea, más inteligente que ahora, porque es cierto, ahora trabajo en la empresa de mi familia y me tienen ahí porque no valgo para hacer gran cosa. Llevo y traigo papeles. Sé cumplir los recados sencillitos, y por el camino encuentro amigos, conocidos, y así pierdo el tiempo, pero nadie en la empresa me llama la atención. Puedo llegar cuando quiera. Me falta una agüita, dice mi hermana. Mis hermanas. Pero me cuidan y sé conducir, no vayas a creer que no sé conducir. Hasta ahí llego. El vecino de enfrente no tiene el carné, es periodista y no se apunta al gimnasio, el muy gilipollas. Pero no tiene el carné. No le gusta el fútbol. Ahora no. Lleva años y años diciendo que el fútbol y los baretos son la peste, pero la peste no puede ser un campo de césped con tíos jugando al fútbol, y la peste no puede ser un bareto lleno de borrachos o de aficionados al fútbol viendo la tele y fumando en el interior porque nos sale de los cojones, así de grandes. ¿A ti, rata, te parece que tengo razón? Bueno, quiero ser como tú porque quiero saber qué se siente cuando no falta una agüita. Y ustedes, las ratas, son todas como el alemán de la relatividad. ¿Era judío, verdad? Y, para que sepas que retengo cosas, una vez pasó por España y le gustaban los callos, y el cocido madrileño. ¿Te he dicho que mi padre jugó en el Atlético de Madrid? Era un crack. Duro, rompe piernas. Marcó a los mejores del momento. Y daba patadas por un tubo. Yo era como él. También duro, rocoso, rápido, pero me jodí la rodilla derecha y ya no pude seguir jugando con el sueño de llegar a ser como él. Así que juego al fútbol con los niños y me ducho con ellos y mi polla es más grande que ninguna otra polla y saber que mi polla es la más grande en el vestuario me hace feliz y me olvido con el agua caliente cayendo que me falta una agüita. Pero quiero ser como tú. Ayúdame a ser como tú. ¿Qué te cuesta? Seguro que conoces a alguien o tienes por ahí algo que sirva para que deje de ser una persona, una rata, o sea, las dos cosas, pero yo quiero ser sólo una. Rata. Como tú.”

Fue la primera vez que maté. En una calle concurrida. A plena luz del día. Coches, semáforos, edificios que llegaban hasta arriba del todo. Gente en las aceras. Policías y más policías. Y el pollaboba muerto en el suelo. Tras una mordida en el cuello se desangraba como un cerdo. Los ojitos abiertos y la poca agüita que tenía también saliendo a chorros.

Las ratas me llevaron a juicio. Y venga las preguntas. Mi abogado que si el pollaboba se pasó tres pueblos.

O cuatro, murmuraba yo por lo bajini.

Que sí pedir cosas así iba contra el orden de las cosas.

Iba contra todo, me cago en todo, le decía yo, con un soplete en el culo para que salieran las lombrices y se comieran el mundo.

Me declararon inocente y los primeros en recibir la noticia con alegría fueron las personas que asistían al juicio. Aliviadas.

Los periodistas iniciaron el turno de preguntas. Todas estúpidas. Me ponían de mala leche.

“En directo para Televisión Española, por favor…¿Cómo se siente?”

El juez ordenó que alguien del público o de la profesión le metiera por la boca la alcachofa y la tirasen luego desde la azotea a la puta calle. Treinta y tres pisos.

Las ratas estuvimos cuando el mundo fue creado. A ver. Dios creó el mundo, de eso no tenemos duda, pero nosotras ya estábamos. No era el mundo, pero ya estábamos donde coño fuera aquello que pisábamos. ¡Claro que no era un jardincito con arcoíris y chorradas de esas! Pero Dios vino y creó el mundo. Vino de París.

Entonces nosotras, todas, fuimos con él y él lo sabía. Pero no miraba atrás.

“Siempre tienen que estar siguiéndome. A todas partes. Vaya donde vaya siempre vienen detrás. Y hablan, y cantan, y corren y saltan y no paran de pedir cosas. Como si yo tuviese algo que ver con ellas. ¿Qué se yo como aparecieron estas ratas? No sé qué hacer con ellas. Si hago el mundo allí que las dejo. Para ellas. Bueno, para ellas, para las cucarachas, para las lombrices y para el hombre.”

Jamás Dios cruzó una palabra con nosotras. Se la tenemos guardada.

Así que es el hombre, maldita sea, el que no para de hablar con nosotras. Y luego se quejan los cabrones si van al infierno o a la guerra o al trabajo o si se casan con una rumana o con una turca o con una colombiana.

Nosotras cuando los dinosaurios, coño, disfrutábamos lo que no está escrito. Ni una palabra. Ni nos veían. Pero nosotras dominábamos el mundo y nos entreteníamos viendo tanta sangre, tanta persecución, tanto exterminio, tantas eras y eras y eras. El pedrusco aquel, pero antes habían caído otros. Y los primeros instantes del bombazo que casi nos deja sordas.

Hasta que una rata maldita preguntó: ¿nosotras tenemos lombrices?

Creo que fue ese el día en que apareció el hombre empalmado sobre la tierra, a cuatro patas y pidiendo elecciones libres.

Casi el fin

 


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