La obsesión de la prima Esther

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Llamaron por teléfono a Laura del Hospital Neuropsiquiátrico en donde residía su prima Esther para decirle que no podía ir de visita durante un tiempo indefinido por culpa del coronavirus. 

- ¿Una semana, dos semanas? -preguntó Laura.

-  El tiempo es indeterminado. Por el peligro de contagio no puede haber contacto con el exterior hasta que la situación se normalice -le explicaron. 

Laura entristeció. Vivía sola excepto los fines de semana y unos días de invierno y de verano cuando dejaban que su prima saliese del Hospital. Antes del coronavirus, ella la visitaba todas las semanas al menos un día. 

Nadie esperaba que la pandemia durase tanto tiempo. Durante año y medio no se pudieron ver. Sólo hablaban por teléfono durante unos pocos minutos.  Después, Laura pudo ir a visitarla una vez cada quince días.

- Echo en falta tu compañía, primita -le dijo Laura.

- Y yo ya sabes lo que echo en falta, aquí no podemos porque me vigilan continuamente. Cuando salga de aquí y vaya a casa me voy a saciar, pienso todo el día en tus nalgas. 

Laura se ruborizó.

Al cabo de unos meses, cuando la población estaba vacunada en alta proporción, Esther pudo salir del Hospital los fines de semana.

Hijas de hermanas gemelas, y, sin embargo, se parecían poco. Laura llevaba cabello largo mientras que su prima estaba casi rapada, consecuencia de su manía a arrancárselo por una serie de depresiones que sufría a raíz de la muerte de su marido. No sólo padecía tricotilomanía, un trastorno por el que sentía deseos irreprimibles de arrancarse el pelo que con medicación lo tenía casi superado, también padecía de pigofilia, obsesión por las nalgas ajenas, que centraba en el trasero de su prima, ya que en el Hospital ningún enfermo dejaba que lo satisficiera con él.  Sólo su prima Laura lo soportaba. Laura, además, también sufría problemas psicológicos, un sentimiento de culpa exagerado `por las enfermedades de su prima.  El primer fin de semana de libertad la esperó en la calle, deseosa de verla. Esther llegó en un taxi con un par de maletas para sólo dos días de estancia en casa.  Laura cogió una de ellas y subieron por la escalera al tercer piso.

- ¿Por qué traes dos maletas para dos días? -le preguntó Laura.

- Cada día me cuesta más subir las escaleras, he engordado este tiempo de confinamiento en el hospital -dijo por respuesta.

Una vez en la casa dejaron las maletas en la habitación de Esther y ésta le pidió que se acostara bajo abajo en su cama. Laura obedeció. Esther le subió las faldas sobre la espalda y le bajó la braga. Se recreó durante unos minutos en acariciarle las nalgas, luego se sentó en la cama y le besó, le chupó y le mordisqueó las nalgas.

- ¡Cuánto he echado en falta este culo, primita mía! -dijo entre gemidos.

Al cabo de una media hora se levantó, le dijo que no se moviera, fue a la cocina y regresó con una cucharilla muy pequeña y un tarro con mantequilla. Laura la vio y supo lo que iba a hacer a continuación.

- Levanta las nalgas -le pidió dándole un cojín que ella se puso debajo del vientre.

Esther le untó el culo y el ano con la mantequilla, le introdujo la cucharilla y al sacarla la lamió.

- La medicación no cura ninguna de tus manías, por lo que veo -dijo Laura.

- Me mantienen atontada en el Hospital, pero aquí no pienso tomarla.

- Cuando vuelvas al Hospital me preguntarán qué tal te has portado- le avisó Laura.

Esther cogió un cinturón de una de sus faldas, lo dobló por la mitad y con él acarició las nalgas de su prima, después la azotó, al principio suavemente, después con mayor intensidad, pero sin dañarla. Laura, sin embargo, debía gemir como si le doliera, porque se excitaba su hermana y se masturbaba mientras la golpeaba.

Durante ese primer fin de semana de libertad, Esther se negó a salir de casa. Laura le dijo que podían dar un paseo, comprar o tomarse un vermut, a lo que ella se oponía.

-Deja que disfrute de casa este fin de semana-.le pidió Esther.

Laura debía ir por casa vestida solo con una camiseta corta y las bragas. De vez en cuando, Esther se las bajaba, le manoseaba las nalgas o le daba un azote con la mano.  Otras veces la hacía desfilar delante de ella para contemplarla desnuda de cintura para abajo. Cuando iba al baño, Esther le pedía que no se limpiase si orinaba o defecaba y le limpiaba lamiendo su raja entre las nalgas y le metía toda la lengua en el ano.  Laura disfrutaba tanto o más que cuando se acostaba con un hombre de los que conocía en sus salidas nocturnas cuando su prima permanecía en el Hospital. Cuando notaba la lengua de su prima moverse en su culo se masturbaba a su vez. 

Cuando Esther tuvo que regresar al Hospital, Laura llevaba las nalgas irritadas e inflamadas de tanto manoseo y tanto golpe.

-  Tienes un par de semanas para recuperarte, y cuídame tu culo - le dijo Esther antes de entrar al taxi que la devolvía al Hospital.

Laura recuerda que a su prima le atraía su culo desde que eran pequeñas. Si se quedaban solas en casa, aprovechaba para bajarle las bragas y manoseárselo, a lo que ella accedía gustosa. De adolescentes, se empeñaba en jugar a las prendas y cuando Laura tenía que pagar una prenda siempre era enseñar el culo y una vez le exigió Esther que se metiera un chupa-chup por el ano para chuparlo después las dos.


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