LOS HOMBRES DE UN CLUB 2

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Como es de suponer aquel hallazgo la alteró en grado sumo. Su marido le era infiel y ella sin enterarse. "¡Que canalla!" - pensó.

De modo que cuando Fernando, el caridiólogo, entró en su casa advirtió en el acto una expresión sombría en su cónyuge.

- He visto esto - le dijo Aurora mostrándole la agenda.

- Vaya. Crei que la había perdido - repuso él aparentando naturalidad.

-¡Ja! Tiene gracia. Aquí el único que se pierde eres tú - expresó la mujer con un amargo sarcasmo.

- Ah, ya has visto esos números de teléfono - dijo Fernando con la boca seca al percatarse de que Aurora había descubierto su secreto.

-¡ Sí! Y no son precisamente pacientes. ¿Verdad?

- No, no lo son. Pero tampoco debes de temer nada por eso.

- ¡¿Ah no?! ¡Tú sabrás!

- No, porque yo te quiero solo a ti. Para mí tú eres la única mujer de mi vida y no hay nadie más.

- ¡¿Sí?! ¿Y esas otras qué? ¿Que significan estas tías para ti? - le gritó ella en un tono desafiante.

- Pues nada. Absolutamente nada. Te lo juro. Para mí no son más que mujeres anónimas, sin ninguna importancia.

Se hizo un tenso silencio entre los dos que se podía cortar con una hoja de afeitar, y posteriormente Fernando prosiguió.

-... Pero reconoce Aurora que desde que hemos sufrido la desgracia de tener a nuestro nieto con el síndrome de Dowm, ha sido como si te hubiesen echado un cubo de agua helada encima y te has distanciado de mí. No consientes que te toque ni un pelo, y yo me he visto abandonado a mi suerte. Por tanto yo de alguna manera me tengo que desahogar.

- Ay sí. Pobrecito niño mío - se lamentó Aurora-. Pero tienes razón. Desde que se diagnosticó este defecto en nuestro nieto, yo ya no soy la misma de antes, y no tengo humor para nada. Lo siento por ti pero así es. Yo esperaba con mucha ilusión la llegada de este nieto, pero ahora todo se me ha venido abajo.

- Te comprendo perfectamente, y no te reprocho nada. Sólo quiero que sepas que cuando lo desees, aquí me tienes. Siempre te estaré espeando - repuso Fernando con toda la sinceridad de la que era capaz y abrazando cálidamente a su mujer.

Al cabo de dos días Amadeo volvió al Club y en el recinto donde estaba aquella magnífica piscina descubierta vio al mismo grupo de socios de la otra vez hablando sobre un artículo que había publicado en un periódico una famosa escritora feminista, la cual al enterarse del no general que había salido en la votación que se hizo en una asamblea para que se admitiera a las mujeres con el propósito de recaudar más fondos para los proyectos de aquella institución deportiva, ella había escrito que aquel lugar estaba desfasado y que era como el cementerio de los elefantes.

Seguiamente otro miembro del grupo de robusta constitución llamado Ramón Ramoneda, que era muy apreciado por su retórica y con un agudo sentido de la lógica, y que por tanto con sus juicios de valor se había hecho el portavoz  del pensamiento de muchos contertulios que carecían de la suficiente inteligencia para saberse expresar, salió al paso con uno de su mordaces comentarios.

- Ya he leido este malévolo artículo - dijo Ramón Ramoneda con un énfasis grandilocuente-. Pero fijaos en una cosa. Esta escritora nos critica a nosotros de mala manera, porque queremos estar aquí sin  mujeres. En cambio cuando los matrimonios salimos por ahí, ellas siempre forman un corro aparte para hablar de sus cosas, y nos excluyen totalmente a nosotros de la conversación. No nos dejan ni opinar. Nuestras señoras llevan la voz cantante. Entonces ¿por qué ellas protestan de que nosotros estemos aquí sin su compañía? Yo os lo diré. Porque en el fondo las femeinas no soportan que nosotros tengamos nuestra independencia. Es como si nos quisieran controlar, en razón de nuestra dependencia sexual con ellas.

- ¡Sí señor! Muy bien dicho Ramón. Y nosotros somos unos calzonazos - expresó otro bañista.

Amadeo que estaba completamente de acuerdo con el punto de vista de aquel "Cicerone" del Club, después de haberse dado un buen baño en la piscina se fijó en un hombre de edad avanzada, que jugaba al frontón con una asombrosa agilidad y cuando hubo terminado se echó al lado del joven socio.

- Juega usted muy bien. Se nota que está en forma - le dijo Amadeo con una sonrisa.

- Gracias, chico. Me llamo Miquel. Y aprendí a jugar al frontón hace ya algunos años en Norteamérica - respondió el viejo socio.

- ¿Ah si?

- Si. Estuve en los Ángeles y trabajando en Hoollywood haciendo de extra en películas del Viejo Oeste. Y llegué a conocer personalmente al actor Robert Mitchum que era un chulo de cuidado y quería que la pobre Marilyn Monroe con la que trabajó en una película le hiciese una mamada; al guaperas Rock Hudson que era un homosexual declarado; al prepotente cantante Frank Sinatra que estaba protgido por la Mafia;; a la acriz Kim Novak que era guapísima. Y también me presentaron a Grace Kelly que tenía una clase excepcional, aunque le gustaba mucho empinar el codo. Pero en América se trabaja de lo lindo. Y por otra parte, quien comete un delito allí se paga. No es como aquí que todo es un cachondeo.

- Supongo que también usted habrá conocido a mujeres fascinantes - apostilló Amadeo.

- Oh, sí. Y me querían mucho - repuso el anciano socio. Y en un momento le mostró a su interlocutor unas fotos en la que estaba él mucho más joven con un cuerpo atlético junto a un descapotable en compañía de unas bellas damas.

Entonces Amadeo tuvo una desagradable impresión porque había una diferencia abismal entre el anciano Miquel y el sujeto de dichas fotos. Aquello le puso en evidencia la futilidad de la vida, la cual transcurre inexorablemente como la corriente de un río para  desembocar en un desconocido mar ajena a cualquier anhelo humano.

- Fui muy feliz en aquellos años - confió Miquel-.Luego me casé, tuve hijos; enviudé y ahora después de lo mucho que he hecho por ellos no quieren saber nada de mí y ahora vivo solo en mi casa.

- Vaya. Lo siento.

                                                                    CONTINÚA


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