LOS HOMBRES DE UN CLUB 3

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Por su parte Ramón Ramoneda, el hombre más retórico del Club de Natación de Barcelona, se sentía muy eufórico mientras viajaba con su coche hacia Valencia puesto que la empresa de Confección en la que trabajaba como representante lo había enviado a esta comunidad de la península a visitar a un importante cliente, porque así se distrairía por unas horas del asedio de su mujer que siempre le recriminaba por cualquier nimiedad. A decir verdad Ramón que en el fondo tenía un débil caracter y que por eso mismo él trataba de disimularlo aparentando una actitud de fanforronería, él recordaba aquel lejano día que tras haber tenido una pasional relación con la mujer y esta le había propuesto casarse con ella. Mas Ramón al haberse negado a tal enlace, ella sufrió un inusitado arrebato de nervios que empezó a arreale en la cabeza con un zapato, dando lugar a que desde entonces la fuerza de su enfermiza voluntad se impusiera a la endeble personalidad de aquel sujeto.

Una vez que Ramón llegó a su destino y se hubo aposentado en el hotel después de concertar una cita con el cliente, se dirigió a uno de los mejores restaurantes de la ciudad a hacer un buen almuerzo. Posteriormente regresó al hotel y .se puso en contacto con Rosario que era su vistosa y eventual amante cada vez que iba a Valencia, la cual se trataba de una viuda cuarentona; morena, de ojos grandes y con unos voluptosos pechos; pero que también hacía horas extras para ganarse un buen pico satisfaciendo los caprichos sexuales de algunos amigos.

Rosario no tardó en llegar, y Ramón queriendo fardar ante el sexo femenino obsequió a su amiga con una botella de cava. Mas cuando ya se hallaban desnudos en la cama y él estaba encima de ella, al maduro galán le atacó con virulencia unas terribles naúseas que le empujaran a ir al lavabo, a la vez que le entró un insoportable dolor en el lado derecho de su cintura, mientras que un febril escalofrío se adueñó de su cuerpo.

- ¡Ayyy que mal me encuentro! - se quejó él retorciéndose de dolor-. Anda, anda. Llama a Recepción.

Rosario asustada hizo lo que se le pedía, y al cabo de un rato una ambulancia llevaba a Ramón al Hospital donde le diagnosticaron una apendicitis aguda por lo que se hizo necesario intervenirlo quirúrgicamente cuánto antes.

Todo fue muy rápido y cuando Ramón despertó de la anestesia lo primero que vio fue la figura hierática de un hombre de luenga barba y vestido con una túnica blanca que lo observaba con conmiseración. "Ya está. Eso es que me he muerto, y ahora estoy en el cielo ante San Pedro, que viene a pedirme cuentas por la vida que he llevado"- se dijo él a sí mismo.

- Confieso que como me forzaron a casarme, por eso he echado de vez en cuando una cana al aire. Pero yo no he hecho mal a nadie - expresó Ramón muerto de miedo.

- ¿Qué dices hijo mío? Tranquilízate, que todo ha ido muy bien. Ayer nos tomamos la libertad de llamar a su esposa que vendrá aquí mañana al mediodía - respondió el misterioso personaje.

Por fin Ramón lo comprendió todo. A él lo habían operado y se encontraba en la habitación del Hospital, en compañia de un fraile que se cuidaba de la capilla de aquel centro.

A media mañana del siguiente día, irrumpio Rosario en la habitación en la que también estaba el fraile.

- ¿Cómo te encuentras, cariño? - le preguntó ella al enfermo.

- Ya ves...Bien dentro de lo que cabe.

- ¿Es esta su señora? - inquirió el fraile.

- Digamos que es una amiga.

- ¡Ah...! - hizo el religioso lacónicamente.

¿Y si ahora entraba Rosita, su mujer? - se preguntó Ramón, lleno de pavor-. ¿Qué ocurriría?

Es verdad que a veces el destino parece que juega maliciosamante con nosotros, porque Rosita irrumpió como un vendaval en aquella estancia con su hijo pequeño de diez años, y se acercó al lecho del enfermo con manifesta ansiedad.

-¡Ay Señor! ¿Cómo estás? ¿Cuándo te vino el ataque? ¡Mira que si esto te llega a pasar en la autopista! ¡Vaya susto que nos has dado! - exclamó Rosita.

Ramón se quedó pálido, sin habla, ya que a su lado permanecía Rosario tontamente; como por inercia, que estudio por el rabillo del ojo a la legítima mujer de su amante. Era casi como si Rosita los hubiese pillado infraganti en la cama.

- ¿Quién es esta señora papi? - interrogó inoportunamente el niño.

- ¡Sí, éso digo yo! ¡¿Quién es esta mujer Ramón?! ¡¿Qué hace aquí?! - quiso saber la madre a punto de estallar.

- Pues... pues... es la hija de un cliente, que la han informado de lo que me ha pasado y me ha venido a ver - mintió improvisadamente Ramón.

- ¿Ah si? ¿Te crees que yo me chupo el dedo con el tiempo que hace que nos conocemos? ¿Que soy tonta? ¡Vamos hombre! Parece mentira que todo un padre de familia como tú se comporte como un niñato caprichoso. Y todo para hacerte el milhombres ante tus amigotes del Club.

- Rosita, no te pases No hagas ahora un espectáculo - la reconvino su marido.

- Ahora, si prefieres a esta... "señora" - continuó Rosita refiriéndose a la desaira Rosario en un tono despectivo y sin hacer caso del marido-, yo me voy y que sea ella la que te cuide.¡ Sí, sí, sí! Que te haga ella la comida, que te lave la ropa; y sobre todo que aguante tus rollos...¡hip,hip...! - sollozó echando una buena dosis de teatralidad a su perorata-. Después de lo mucho que he hecho por ti, y ese es el pago que me das.

- ¡Señora, que  una tiene su dignidad! - protestó airada Rosario

- ¡Tú te callas, y te vas a la calle que yo soy la autentica mujer de este hombre ante Dios y ante la Ley! - le gritó desafiante Rosita que se había envalentonado ante la presencia del fraile.

- Por favor, señoras. Repórtense que están que están en un hospital -dijo el pasmado fraile con un hilo de voz pero sin ningún éxito.

Ramón se sintió desfallecer, mas en aquel instante hizo acto de presencia el doctor acompañado por unas enfermeras que llevaban un carrito con los enseres clínicos para el cuidado del paciente.

- ¡Vamos, todos fuera, todos fuera que el doctor le tiene que visitar! - ordenó una de las enfermeras.

-¡Adiós, puta, más que puta! -  insultó Rosita a la amante de su marido cuando ésta salió de la habitación dando un portazo. 

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