DOS MUSLOS DESCIENDEN DE LA LITERA DE ARRIBA

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Trabajo para una consultora española con delegación de Bruselas para influir en las decisiones de algunos políticos sobre que votar dependiendo de los intereses de nuestros clientes. Un lobby.

Me llamarón de la central de Madrid para que me incorporara a una reunión importante al día siguiente. Tenía tan solo veinticuatro horas para presentarme en Madrid, algo muy sencillo si no sufres aerofobia como yo. Soy incapaz de subirme a un avión.

Intenté reservar un billete de tren desde París para esa misma noche en departamento con cama, pero estaba todo completo. Decidí comprar el billete a pesar de esperarme una noche entera sentado, no tenía más alternativa. Era eso o volar en avión.

Preparé algo de ropa para el viaje y alquilé un coche para desplazarme desde Bruselas a Paris, unas dos horas y media de conducción para llegar a media tarde a la estación de París du Nord, tiempo suficiente para devolver el coche allí y cenar algo para no hacerlo en el tren. La comida, por experiencia, es de lo peor que he comido en mi vida.

Me dirigí directamente a la ventanilla correspondiente para recoger mi billete y se me ocurrió preguntar si quedaba algo en coche cama. La señorita que me atendió me dijo que iba a tener suerte, porque acababa de producirse una cancelación y había quedado una plaza libre.

Sin dudarlo y antes de que me la bloquearan por internet le dije que la cogía. Me cambió el billete reservado y pagué la diferencia. Ya con el billete me dirigí al vagón correspondiente y busqué el compartimento. Nada más entrar me felicité por la suerte que había tenido. Era un compartimento de dos camas en litera y me había tocado la de abajo. Por si fuera poco, el compartimento tenía su propio servicio.

La litera de arriba ya estaba ocupada y su inquilino dormía plácidamente. Indudablemente se trataba de una mujer, a juzgar por la ropa que había colgada en una percha. Intenté hacer el menor ruido posible al quitarme la ropa y ponerme algo cómodo para dormir, para no despertarla. Me metí en la cama y me puse a leer un rato en el libro electrónico con luz incorporada, una pequeña maravilla para los viajes.

No llevaríamos una hora de viaje cuando escuché ruido en la litera de arriba y se encendió la luz de cortesía. Al poco unos pies aparecieron en la escalerilla. A los pies le siguieron el resto de las piernas y me quedé mirando a la espera de que apareciera el resto de la mujer.

Cuando los muslos quedaron a la vista, desde mi posición, justo debajo, enfoqué con la luz del libro y me percaté de que al final de los muslos, justo donde se unen, no había resto de ropa. Vamos que no llevaba bragas puestas.

La verdad es que nos sé que me pasó. Casi inconscientemente alargué la mano y la puse sobre uno de aquellos bonitos muslos. Su descenso se abortó y se mantuvo quieta, seguramente tan sorprendida como yo por mi atrevimiento.

Fueron unos segundos tensos, ella no se movía y yo no retiraba la mano. Al final descendió un peldaño más y mi mano resbaló por el muslo hasta su pubis. Separó un poco los muslos y lo tomé como una invitación a invadir su intimidad.

Acaricié los labios externos y no había rastro de vello, ni siquiera en la parte superior. Jugué un poco con ellos para ver su reacción y lo que hizo fue descender el cuerpo sin bajar de escalón, lo que motivó que abriera aún más las piernas. A esas alturas no tenía duda, me estaba ofreciendo su entrepierna y seguro que esperaba que estuviera a la altura de sus expectativas.

Le subí lo que pensé que debía ser una combinación y la remetí entre el colchón y el somier de su cama. Tenía los labios grandes y al final un clítoris bastante abultado. Recorrí el surco con dos dedos abriendo los labios y alcancé el vértice. Su reacción fue adelantar las caderas.

Acerqué una mesita y le dije que deslizara el pie hacia la derecha al tiempo que se lo sujetaba. Cuando tomó contacto con la madera se relajó y dejó el otro pie en la escalerilla, quedando completamente abierta de piernas.

En ese momento fui consciente de que le iba a hacer una paja a una mujer de la que solo conocía de cintura para abajo. No sabía cómo sería su cara o sus pechos, ni siquiera era capaz de determinar una edad aproximada.

Me senté en la cama y con su pubis delante de mi cara metí dos dedos en su cueva y deslicé el pulgar hasta el clítoris. Empecé a hacer círculos alrededor del sobresaliente botón. No tardó mucho en empezar a agitarse, sobre todo cuando empecé a meter y sacar los dedos de la vagina mientras, con la otra mano, le presionaba el clítoris.

Se corrió discretamente, solo con la tensión del cuerpo, sin emitir ningún ruido. No se retiró, lo que me dio a entender que necesitaba más. Ni corto ni perezoso metí la cara entre sus muslos y devoré aquel coño. Ella abrió las piernas todo lo posible y me dio completo acceso. Esta vez gritó con el segundo orgasmo y si se retiró.

La ayudé a bajar al suelo mientras se deshacía de la combinación y me sorprendí al verla. Tendría unos cincuenta años, pechos grandes y duros, operados, con unos pezones rosita que invitaban a comérselos.

Me empujó del pecho para que me tumbara en la cama y me bajó el pantalón y el slip. Me cogió la polla con la mano y se la llevó a la boca. Cada vez que descendía la cabeza tragándome notaba como me chocaba el capullo contra su garganta. Tampoco pude aguantar mucho y me corrí. No se retiró hasta que supo que me había vaciado. Entonces abrió los labios y dejó resbalar el semen sobre mi sexo.

Se retiró al servicio sin cruzar palabra conmigo. Me daba morbo verla mear y me metí dentro con ella sin pedir permiso. Estaba sentada en la taza con las piernas abiertas y el chorro saliendo con fuerza. Levantó la cara y me miró a los ojos por primera vez.

Si tienes gana de mear no tienes por qué esperar a que acabe – me dijo.

Aquella era una invitación en toda regla a que me meara encima de ella y no me hice rogar. Cuando empecé a mear me cogió la polla para dirigir el chorro hacia donde ella quería, solo de los pechos hacia abajo.

Al acabar se levantó y se metió en la ducha para limpiarse. Yo mientras, la observaba a través del cristal. Ni siquiera se secó con la toalla. Salió me cogió de la polla y abandonamos el servicio. Rebuscó entre sus cosas y sacó un condón. Me la chupó lo justo para ponérmela dura y me lo puso con la boca.

Se colocó a cuatro patas sobre mi cama, ofreciéndome su retaguardia. Se la metí sin problema, estaba chorreando. Después de varias embestidas me dijo que era el momento de metérsela por detrás y obedecí. Se la inserté en el culo y juro que nunca, nadie, me había estrujado la polla de aquella manera. Nos corrimos al tiempo, ella ayudándose con la mano para masturbarse el coño.

Al acabar me dijo que se subía a su litera y dormir un poco, añadiendo que aún nos daría tiempo a follar de nuevo antes de llegar a Chamartín. Y cumplió, vaya si cumplió.


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