Caliente disfrute de un helado

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Recibí mi cono de helado y, buscando en donde sentarme, había un solito espacio en una banca al lado de una linda chica.

–¿Puedo?

–Por supuesto. Es todo suyo.

–¿Es mío todo lo que quiera?

–No, señor. Solo el espacio en la banca.

Le puse tema, estuvimos discutiéndolo y, cuando giró hacia mí para mostrarme algo en su móvil, unas gotas de su helado cayeron en mi bragueta. Ella, confusa, corrió a sacudir lo chorreado con su mano, luego cayó en cuenta de la imprudente acción, la retiró y se le subió el color a la cara.

–No te preocupes. Has tocado esa puerta, pero no te abrieron. Nada que deplorar.

Más se ruborizó y comenzó a abanicarse con ambas manos. Entonces, noté sus destacados pechos, casi descubiertos por un sugerente escote y puse mis ojos allí.

–¿Usted qué mira?

–Solo miro por la ventana.

–La voy a cerrar –ajustando un poco la camiseta hacia sus prominencias, pensando ingenuamente que así las cubriría, pero sonriendo, al tiempo, maliciosamente.

–Las cortinas van escasas.

–¿Por qué todo lo relaciona con edificio?

–Porque el habitante de mi piso de arriba se ha alegrado mucho y el habitante del piso de abajo está eufórico desde que le tocaron la puerta.

–Puedo abrir mi piso de abajo, si él desea visitarme.

Dicho esto, apuramos de un bocado lo que nos quedaba de golosina y me la llevé hacia los baños del lugar, sin que se resistiera para nada. Le propuse entrar cada quien a los propios de su sexo y aquel que no encontrara moros en la costa llamaría al otro. Obviamente, en el de las damas había gente, tanto van ellas allí; en el mío, el único personaje que lo ocupaba salió pronto y casi ni tuve que ir por ella, ya venía en camino. Rápidamente bajé el cierre de la consabida puerta y no demoró en asomar el habitante que ya mucho había crecido. Para mi sorpresa, ella no lo recibió en su piso de abajo, sino que ensanchó bien la abertura del piso superior y le dijo es todo tuyo. El mío ingresó con confianza y fue bien recibido por el inquieto ocupante de ese cuarto, que se dio a acariciarlo con ahínco hasta que le hizo brotar algún sudor. Yo pedí, entonces que se le abriera a mi mano envidiosa el piso de abajo, para que también se divirtiera y, sin que se le tuviera que repetir, el cierre fue bajado, que ya el botón había volado hacía rato sin que me percatara y tuve franco acceso al tierno habitáculo, pues no había prenda alguna que lo protegiera, me dijo que no la usaba, para sentirse deseada en todo momento.

El gozo de las dos partes mías en las dos partes suyas fue intenso y prolongado e igual de su lado; no supimos si ingresaron visitantes del servicio, si nos miraron, si se excitaron, si se dieron gusto a sí mismos mientras nos observaban; solo supimos sentirnos en el cielo todo el rato, hasta estallar yo en su piso de arriba y ella en el cuarto de abajo recibiéndome la visita. Nos compusimos rápidamente y salimos a disimular lo indisimulable, intercambiar números telefónicos y seguir cada uno su camino.


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