DIFERENCIA ENTRE NO Y NOOOOOOOOO.

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No sabía ni cuántas veces me habías dicho que no en aquellos días y semanas, tenía los huevos a reventar. Tenía que recurrir a las pajas diarias porque te veía ponerte unas ropitas para ir a trabajar, para el gimnasio o para salir de copas con tus amistades que me ponían el rabo a tope. Tú como si nada, parecía que me estabas castigando por algo que yo no sabía a qué se debía.

Día sí y día también te intentaba entrar por los bajos de tus minifaldas de vértigo, por tus tetas empitonadas por el frío o por tus escotes pidiendo a gritos una buena polla en medio. Pero siempre la misma respuesta: “No”. Además, eran unos noes secos, desagradables y distantes que se diferenciaban bastante de los tonos agradables y risueños que empleabas en tus conversaciones telefónicas justo antes de quedar para salir con tus amigos.

Mi tendencia a la locura iba en aumento. Te pedía explicaciones y salías con evasivas: “No me entiendes”, “No me comprendes”, “No me tienes en consideración” y yo pensando que tenía que haber algo más, que esta situación era surrealista; tú todo el día generando provocación y lujuria en mí, y yo sin poder cogerte y follarte a gusto, descargando mis lechazos en esas curvas que me pedían una penetración completa.

Después de unas semanas sin probar carne, decidí apuntarme a pilates con la intensión de descargar la adrenalina acumulada con algo de ejercicio y no solamente con pajas.

Ahí entras tú en la historia. Eras nueva como yo en la clase de pilates de las 20.30h, enfermera desde los 22, casada, dos hijos adolescentes y un marido que no te hacía caso, o eso te llegué a escuchar cuando hablabas con otra amiga que había coincidido contigo y hacía años que no veías. Un marido que tú no sabías si era el padre de tus hijos, un vecino cualquiera o un desconocido que pasaba por tu vida… Decías que tenías 45, pero yo te hubiera echado diez menos porque estabas en forma, con una figura espectacular que hacía que la imaginación volase cuando se te veía haciendo ejercicio físico y se te marcaba hasta el último centímetro de tu cuerpo las ropas que vestías para las clases.

Estabas como un tren y tu marido debería ser gilipollas si no valoraba lo que yo tenía ante mis ojos. La primera vez que te vi ibas equipada con un mono morado enterizo tipo malla, que se adaptaba a tu cuerpo como un guante. Un mono sin mangas, con unos tirantes que te dejaban una espalda descubierta y un inicio de escote y canalillo que daban ganas de comerte a lametazos. Pero, sobre todo, lo más espectacular era la pezuña de camello que se te formaba en la pelvis con lo que se intuía que debía ser un pedazo de coño que no te cabía entre las piernas.

Mis necesidades fisiológicas hicieron que se me pusiera morcillona nada más verte y me dieron argumentos contundentes para no faltar a las clases de pilates tres veces por semana. Siempre me colocaba justamente en la fila de detrás de ti, a la izquierda o a la derecha, más que nada para no levantar oscuras sospechas de mis decididas intenciones de tenerte entre mis manos y estrujarte las nalgas mientras te comía las tetas. Quizás fantaseaba demasiado sin tener mucho roce contigo, pero esa imaginación me hacía más llevadera la semana.

No tuve que esperar mucho. La tercera semana te quedaste de las últimas en salir y coincidimos en el ascensor para salir de la torre de oficinas donde estaba el estudio de pilates. Nunca llegué a pensar que la planta 13 me traería tanta suerte.

Yo dentro del ascensor solo, tú que sales corriendo porque las puertas se están cerrando y no quieres esperar. Amablemente aprieto el botón de apertura para que tú entres y me lo agradeces con una sonrisa de dientes blanquísimos, unos labios perfilados y una mirada que no entendí en ese momento.

13, 12, 11, 10 y parón repentino, se enciende la luz de emergencia y nos miramos sorprendidos. Fui a tocar el avisador de averías y me pusiste la mano encima: “¿Tienes prisa?”. Me quedé de piedra, no sabía cómo reaccionar… “¿Crees que no me he fijado en cómo me has mirado desde el primer día que entré en clase?” Ya no hubo más palabras. Te acercaste y me acariciaste el pecho. Mi mano se colocó en tu hombro y tú hábilmente la bajaste a tu costado. No lo podía creer.

Te acercaste aún más y tu pezuña de camello dejó acercarse a mi palmera que estaba en pleno crecimiento vertiginoso. Empezaste a morderme los labios y a magrear tu pelvis en mi polla. Mi fantasía de cogerte el culo y comerte las tetas no se hizo esperar en la realidad. Gemías de placer y eso me encendía aún más. Te di la vuelta y comencé a besarte y morderte la espalda, mientras mis manos se repartían entre tus pechos con pezones erectos y tu rajita cada vez más caliente. Mi polla se intentaba abrir paso entre tus nalgas y el ambiente se iba caldeando al galope. Tiré de un tirante y luego del otro, comencé un suave masaje pectoral que iba bajando cada vez más hacia tu pelvis. Llegué hasta el tanga que llevabas, lo retiré ligeramente e introduje sin problemas dos dedos en tu encharcado coño que pedía a gritos ser penetrado a la mayor brevedad posible. Seguí bajándote el mono, tu culo quedó protegido por un simple tanga y mi polla quiso entrar en contacto con tu sexo. Fue una operación muy sencilla. Entre mi erección bestial y tu humedad casi catarata, la penetración fue rápida y certera. Sentiste la polla dentro y eso te hizo comenzar un movimiento de mete y saca primeramente suave, que se fue tornando en frenética follada acompasada de gemidos cada vez más sonoros e intensos… “No, no, nooooooooo pares”.


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