PERVIRTIENDO A LUCAS

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La primera vez que vi a Lucas fue en mi casa. Vino con sus padres de visita a ver a los míos para no se que de la congregación religiosa a la pertenecen. Querían organizar una fiesta en el campo, con comida y misa incluida, no podía faltar.

Cuando entré al salón de casa estaba sentado en una silla con cara de circunstancias. Sus padres y los míos charlaban sin hacerle ningún caso y era evidente que estaba como loco por que se acabase la reunión y marcharse. Mi primera impresión fue que era guapísimo, con el pelo negro y sus ojos verdes. Lástima que fuera solo un crio, le calculé unos dieciséis años y eran pocos años para pensar en sexo con él.

Días antes de la fiesta de la congragación a la que evidentemente yo no iba a ir, conversando con mi madre que dijo que le iban a hacer un regalo a Lucas, coincidiendo la fiesta con su dieciocho cumpleaños. Me sorprendió que fuera tan mayor, a esa edad ya tendría algunas experiencias sexuales y mi percepción sobre él cambió.

El sábado por la mañana le dije a mi madre que igual iba con ellos. Se sorprendió porque sabe que yo no quiero saber nada de sus historias religiosas. Al ver su cara le dije que no tenía nada que hacer y no apetecía pasar el domingo sola en casa. Me miró sin fiarse demasiado de lo que le estaba diciendo, pero no dijo nada. Había decidido follarme Lucas.

El domingo fue llegando la gente a la fiesta en una finca que habían alquilado. Habían puesto un altillo donde seguro se pondría el cura a decir misa. Cuando vi a Lucas me acerqué a él y le saludé con dos besos para felicitarle por su cumpleaños. Aproveché para dárselos casi en las comisuras de los labios. Se puso colorado como un tomate y haciendo caso omiso de su situación le abracé y le pasé las manos por la espalda, asegurándome de aplastar las tetas contra su pecho. Al separarnos miré de reojo a su entrepierna y se notaba abultada hacia la derecha. Me dije que iba a ser más fácil de lo que pensaba.

Como sus padres y los míos estaban juntos, inevitablemente Lucas y yo también lo estábamos. Llegó la hora de la misa y le pregunté si iba a escucharla, miró a su madre y al ver que esta no le miraba me dijo que no con la cabeza. Me acerqué a él discretamente y le dije que yo iba a bajar al río a dar una vuelta y si quería podía venirse conmigo. Se acercó a su madre y le dijo algo en bajito. Esta le miro con cara recriminatoria, pero al final asintió.

Salimos de la finca en dirección al río y al bajar un terraplén hice como que me resbalaba y me dejé caer al suelo revolcándome un poco para que se me subiera la falda del vestido. Lucas acudió a socorrerme en seguida y en cuanto me vio con el vestido en la cintura y el tanga al aire, se quedó parado con la mirada fija en mi pubis.

Alargué el brazo para me diera la mano y me ayudara a levantarme. Tuve que decir su nombre para que me hiciera caso, su mirada seguía perdida en el mismo sitio. Cuando reaccionó tenía los ojos brillantes, no sabía si se iba a echar a llorar por el pecado cometido o porque estaba encendido de lujuria. Para no perder la oportunidad, cuando me dio la mano tiré de él y me la puse en el coño. La dejó inmóvil encima del tanga.

Con todo el descaro corrí la tela para dejar el pubis desnudo y me pasé su mano de arriba abajo aprovechando para doblarle un dedo y hacer que entrara dentro de mi raja. Se quedó inmóvil, como si no fuera consciente de lo que estaba ocurriendo. Seguía sin reaccionar así que le puse la mano en la bragueta y estaba empalmado.

Nos incorporamos y empecé a basarle el cuello al tiempo que le bajaba la cremallera y le pedía que me acariciara donde había tenido antes el dedo. Tímidamente me tocó por encima, pero sin demasiado entusiasmo, así que decidí aplicarme. Se la saqué del pantalón, me quité el tanga y empecé a pasarme la punta por el coño. Ahora si que se le puso dura. No tenía una polla para tirar cohetes, pero era acaptable.

Levanté una pierna alrededor de su cintura con un poco de habilidad me le metí. Empezó a bombearme, más por instinto que por experiencia, hasta tal punto que temí que se corriera dentro. Cuando le retiré me agarró por la cintura para que no le apartase y le tuve que decir que le iba a hacer algo que le iba a gustar más, solo entonces cedió.

Me agaché y me metí la polla en la boca. Bastaron dos lametones para que me llenara la boca de leche y la escupí. Al mirarle a la cara estaba tan compungido que pensé que se iba a poner a llorar. Le pregunté si estaba bien y me dijo que no, que acabábamos de cometer un pecado muy grave.

Le dije que no estaba mal pecar de vez en cuando si la recompensa merecía la pena y antes de que se lo pensase demasiado le dije que ahora le tocaba a él chuparme. Empezó a negar con la cabeza y antes de que me dejara con un calentón de mil demonios ataqué. Le dije que si no lo hacía, le contaba a sus padres y a los míos lo que habíamos hecho. Su cara se convirtió en un poema. Entonces asintió poco convencido pero temeroso de que lo hiciera.

Le dije que se echara en el suelo, boca arriba. Una vez tumbado y sin siquiera haberse subido el pantalón, me senté encima de su cara mirando hacia su pies y le puse el chocho en la boca. Como no hacía nada, empecé a restregarme y le dije que sacara la lengua. Lo hizo, pero sin la alegría que yo quería, así que me incliné hacia delante y volví a chuparle la polla.

Cuando empezó a moverse buscando más contacto con mi lengua me retiré. Le dije que si no me chupaba el también y me metía la lengua yo no seguía. Mano de santo, nunca mejor dicho, empezó a devorarme y era yo la que con mis movimientos decidía donde me chupaba, recuerdo que hasta me metió la punta de la lengua en el ojete sin saber dónde lo hacía.

Me corrí y le empapé la cara. Se tragaba todo lo que yo expulsaba para no ahogarse y cuando supe que estaba a punto de correrse me concentré en mi nuevo orgasmo. En cuanto se corrió le dije que me chupara con más ganas y me corrí de nuevo. Le dije que siguiera chupándome un poco más con suavidad, mientras yo hacia lo mismo en su polla.

Cuando nos levantamos empezó a gimotear diciendo que ahora si que era grande el pecado y pensé que era un gilipollas, demasiado mayor para tanta tontería. Empecé a andar mientras le decía que lo podía remediar, solo tenía que ir al cura y confesarse. Me dio la risa solo de pensar cómo lo explicaría y como reaccionaría del cura, protector de las almas de sus padres y los míos.


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