Jacqueline Bisset.

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Un buen día descubrió que ya no dominaba enteramente nada, que no le satisfacían  las cosas que lo hubieran hecho siempre y que sólo amaba a una tal J. B.

Se volcó con ella como sólo los desesperados pueden hacerlo, hasta el punto de hacerse adicto al sabor de su boca. Aquella escocesa lo enloquecía. Sus rubios destellos eran ya lo único que llevara paz a su alma.

Cuando certificaron el coma etílico, el galeno, añadió; ante aquella evidente prueba de satisfacción: "muerte feliz".


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