La leyenda del lago

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Los acontecimientos que se relatan en mi diario se remontan a las postrimerías del siglo XI. Es la historia de un joven soldado que, habiendo servido fielmente a las órdenes de Guillem Ramon I, Conde de Cerdanya i Berga, uno de los pocos nobles de la Marca Hispánica que acudieron a la llamada del Papa Urbano II para luchar contra el turco, se detuvo, al volver de Tierra Santa, en esta aldea de las tierras altas.

Un día, Onofre, que así se llamaba el joven, contó a los lugareños que la noche anterior, dando un paseo por la orilla del lago, vio aparecer de sus aguas a una joven bellísima y de larga melena oscura que, en medio de una especie de nube, se le acercó y le dijo, sin siquiera mover sus labios, algo que no paró de repetir mientras que, asustado, corría de vuelta a la posada: venga mi muerte, venga mi muerte.

Cuando refirió aquel suceso en la taberna del pueblo, tras la estupefacción inicial de los allí presentes, todos declinaron hacer comentario alguno y, por sus miradas, unas avergonzadas y otras recelosas, Onofre entendió que sabían qué había tras aquellas tres palabras. Así pues, ante lo que el joven juzgó como la aplicación de la ley del silencio, decidió averiguar por su cuenta lo ocurrido a la muchacha de su aparición y resarcir, en la medida de lo posible, la afrenta que pudieran haber cometido contra ella.

A la noche siguiente, Onofre volvió al lago y, de nuevo, recibió la visita de aquella presencia misteriosa que parecía estar esperándole. La joven, Fátima era su nombre, le refirió que un año atrás, cuando contaba con dieciséis años, fue ultrajada y asesinada por seis de sus vecinos. Aun siendo cristiana, corría sangre árabe por sus venas, fruto de un mestizaje que, muchos años atrás, tuvo lugar cuando aquellos pagos eran de dominio musulmán, y fue esa sangre y la lujuria de aquellos hombres lo que hizo que acabaran con su virtud y su vida. Ahora sólo reclamaba justicia por lo que habían hecho, primero con ella y luego con los miembros de su familia que intentaron vengar su muerte.

Tras el juramento de Onofre de que haría justicia, aunque con ello le fuera la vida, la joven, en señal de gratitud, le hizo entrega de un anillo de oro y piedras preciosas que había heredado de su madre y esta de la suya.

Pero esa aparición tuvo también otros espectadores, aquéllos que, sabiéndose culpables, habían seguido al soldado hasta el lago y que, apostados tras unas rocas, asistieron boquiabiertos a aquella revelación y no dudaron en cercenarle la garganta para acallar cualquier intento de denuncia al nuevo Conde de Cerdanya, Guillem Jordà, quien, se decía, impartía una justicia inmisericorde para con los asesinos, no sin antes robarle el anillo que le había obsequiado la joven aparecida.

Se cuenta que al poco de la desaparición del soldado, seis vecinos fueron hallados muertos, de madrugada, en la plaza del pueblo, por lo que parecía una profunda herida de espada en el vientre y que junto a ellos se encontró un bellísimo anillo de oro y piedras preciosas manchado de sangre.

Aun hoy, no puedo olvidar ni quiero que se olviden aquellos tristes acontecimientos que he relatado en mi diario. Los hechos, considerados verídicos por unos y legendarios por otros, han ido pasando oralmente de generación en generación, y siguen atrayendo a curiosos, que se acercan al lago con la esperanza de ver a unos fantasmas surgir de sus aguas.

Pero solo yo he conocido la historia de primera mano. Soy el guardián del lago, como me gusta apodarme. Al abandonar este mundo en el campo de batalla, vagué como alma en pena en busca de mi fiel servidor, a quien amé en vida como a un hijo, hasta hallarlo en estas aguas donde su espíritu habita junto a otra alma pura. Fue entonces cuando decidimos dar a conocer su historia y honrar así la memoria de dos jóvenes inocentes cuya vida les fue cruelmente arrebatada a tan temprana edad.

Esos jóvenes no son otros que mi querido Onofre y Fátima. Desde entonces buscamos infructuosamente a un ser limpio y justo a quien pasarle el testigo haciéndole entrega de este anillo de oro y piedras preciosas y dándole a conocer mi diario, como recuerdo de unos actos de fanatismo que dieron lugar a la historia que ha perdurado como leyenda popular hasta el día de hoy.

Por cierto, no me he presentado adecuadamente. Mi nombre es Guillem y un día fui el Conde de Cerdaña y Berga, que murió en el campo de batalla, en 1095, luchando contra el ejército turco en la primera cruzada. ¿Qué me llevó hasta este lugar? Sin duda fue el espíritu de mi fiel Onofre que me atrajo para hacerme partícipe y propagador de esta historia.

Los dos derramamos nuestra sangre defendiendo honor e ideales y nuestros nombres han quedado unidos por los lazos de una antigua y sagrada amistad que no perecerá jamás y cuyo recuerdo permanecerá intacto mientras haya quien mantenga viva la “leyenda del lago”.

          Pero hasta que no surja una generación que practique la justicia y la tolerancia, el anillo seguirá en poder de su legítima propietaria, en el fondo del lago.

          Os preguntaréis cómo pude escribir un diario cuando ya me encontraba entre los muertos. Esto forma parte de la leyenda.

 


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