Al fin...

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No sé por dónde empezar, lo haré cuando conocí a mi primer ligue.

Los domingos iba a bailar al círculo de excursionistas, que a pesar del nombre nunca hacían excursiones, era una asociación familiar y aquel, su lugar de encuentro. Los domingos contrataban a un trio de artistas compuesto por una mujer, su marido y un hombre mayor, que amenizaban con canciones populares que todos bailábamos con intereses y deseos bien distintos. Yo iba a ligar y me llevaba a casa el sabroso manoseo de los salidos de turno. Con Jacinto fue distinto, antes de terminar de bailar ya me tenía cogida de tal forma que con su mano libre me acariciaba el pezón poniéndolo en actitud rebelde y crecido. Nos marchamos antes de terminar y me acompañó a casa, durante todo el trayecto nos fuimos parando para darnos besos largos. Éstos cada vez me gustaban más y las estaciones se hacían más lentas y recreativas. La gente, pocas porque era atardecido, nos miraba con curiosidad, pero a nosotros nos daba igual, nos sentíamos en otra galaxia. Él era un muchacho jovial y nos reíamos por todo, besos y risas durante todo el trayecto. Nos despedimos como si nos conociéramos de toda la vida, tuve que ponerle freno al final y me subí a casa con las bragas húmedas.

El siguiente domingo me preparé para estar a la altura, manoseo, besos y freno. Me esperaba con su cara risueña, ojos picarones y muestras de clara efervescencia. Bailando duramos un suspiro, tan pronto sentí su paquete en la entrepierna me puse a cien. Se arrimaba tan bien y movía sus deditos con tanta delicadeza sobre mi pezón que, a pesar de mis pretensiones iniciales, me manifesté dispuesta a dar una vuelta y la dimos. Ésta tuvo un sentido distinto a la anterior, buscamos un lugar tranquilo y los besos se hicieron eternos. Sus manos me recorrieron por todos lados y yo era incapaz de decir basta. Puestos, yo también busqué lo que llamaba más mi interés y lo encontré. Esperaba algo enorme, se hablaba tanto del tamaño que lo suyo me resultó corto. Me desfloró con algún quejido, mucha aprensión y alguna que otra promesa suya. Al domingo siguiente ya no vino al círculo y allí me sobraban todos. No volví más.

Algún tiempo después, comencé a dar clases de mecanografía y a la salida compartía recorrido con un muchacho serio con el que mantenía distancia, nos faltaba una mínima confianza. La conseguimos poco a poco, el tiempo ayuda mucho y los dos éramos perseverantes en ir a clase. Un día me espero al salir y me dijo de hacernos mutua compañía, era lo propio. Una semana después ya teníamos ganada la confianza y algo más. Quedamos en vernos un fin de semana y probamos cosas nuevas, hasta entonces solo hubo roces y claras muestras de deseo. Fuimos al cine y allí nos manifestamos dispuestos, caricias a escondidas, besos a hurtadillas y calentura ascendente. Me acompañó a casa y en el portal a oscuras nos desfogamos, tampoco tenía lo esperado, pero estuvo bien, gemí complacida y me bastó. Esto lo repetimos muchas veces hasta que dejó las clases, luego supe que encontró un empleo en la banca.

A este siguieron otros, en todos ellos esperaba encontrar el tan comentado miembro de susto y nada, eran normalitos y con todos ellos me fui adaptando y consiguiendo mis gemidos placenteros.

En estas, llegó Paco, un hombretón con cara de niño y talante bonachón, tardamos en intimar porque él era más de beber con los amigos y salía conmigo para que le contara chismes. Al final conseguí subir a su piso, ponerle en situación y que acabara bajándose el pantalón. Lo suyo me costó sopesarlo con tranquilidad, la tenía tan grande como un salchichón de Vich. Le di cobertura como pude y sentí que me llenaba a los límites posibles, pero duró poco. De pronto, su salchichón se transformó en morcilla grande que se calló por su propio peso.

Durante días estuve sin querer verlo, me atormentaba el simple recuerdo.

Era tan bonachón que no pude evitar volver a encontrarme en su piso y tener otros escarceos, pero aquello se le desmoronaba tan pronto soltaba el fogonazo y éste le venía con inusitada rapidez.

Al final cogió confianza y el fogonazo no me sorprendía a las primeras de cambio, entonces comencé a disfrutar su salchichón, aquello entraba y salía despertándome sensaciones increíbles. Cuanto más lo hacíamos más aguantaba y yo me volvía loca con todo aquello adentro y afuera. Era estar en plenitud y sentir el vacío, una y otra vez, me volvía loca perdida. Paco se aficionó a mí y cada día me invitaba a subir a casa y yo corría desmelenada. Adoraba su salchichón y en confianza lo lamía y hacia mío hasta ponerlo en estado de cohete espacial. Me costaba asumirlo, pero luego cada centímetro lo valoraba con precisión y lo quería todo dentro de mí. Subía y bajaba dejando constancia de su poderío y así no había forma de dejar de gritar con un entusiasmo que me delataba ante los vecinos. Al cruzarme con ellos todos me miraban con risitas maliciosas. Intenté ser más discreta pero cuando aquello alcanzaba su punto álgido se me olvidaba todo. La cuestión es, que también Paco empezó a gritar y parecíamos un dúo de ópera. Al pasar dejaron de mirarme con malicia, ya era envidia y puede que, intranquilidad. No sabían hasta donde podíamos llegar y se pensaban lo peor. Desde ese momento acepté mi destino, estaba llamada a disfrutar yo solita de aquel sabroso, natural y sorprendente miembro y me casé con él a través de Paco que aceptó asumiéndome adicta a su aquello.

Carlos me cambio el chip, nos conocimos y yo estaba cumplida, perseveró y un día me llevo al huerto, la tenía normalita, pero lo hacía con un entusiasmo que me llevó una y otra vez a una dimensión espacial y sicológica impensable. Cuando terminamos me dormí sin más y al despertar acurrucada en sus brazos me costó alzar el vuelo. Volver a casa y ver a Paco me produjo una extraña sensación de incomprensión, dejó de gustarme su salchichón de Vich. Soñaba con el vaivén del chorizo de Carlos, sus comentarios perversos y caricias interminables que me encendían hasta mojarlo todo. Y terminé con los gritos salvajes, con Carlos gemía de placer todo el tiempo. Durante horas recorríamos los caminos del sentir con un deseo nuevo que se renovaba en otros. Tenía picardía y una inventiva sin freno, me hizo cuanto quiso y si no, era yo quien se lo pedía sin pudor alguno. Me fui a vivir con Carlos y con él estoy. Ahora ya no es tan apasionado, pero me toca y me mojo toda. Conoce todos mis rinconcitos singulares y me los impulsa con caricias hasta llevarme donde quiere, después a gemir de gusto y dejarme ir. En ocasiones, me gustaría que tuviera el salchichón de Paco, pero no admito cambio alguno. Estas son cosas serias y no quiero llamar al diablo. Añadir tan sólo que el otro vi a Paco con una sudamericana y me sentí bien, la expresión de sus caras era de felicidad.


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