GUSTOS RAROS

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Mis amigas siempre me dicen que tengo unos gustos sexuales muy extraños. No siempre fue así, más que nada porque desconocía muchas facetas del sexo hasta que conocí a Sancho, mi actual pareja. El me enseño todo lo que hoy disfrutamos juntos.

Yo nunca sentí placer cuando me penetraban vaginalmente. Eso me producía preocupación y complejo frente a mis amigas cuando hablaban de lo maravilloso que es correrte al mismo tiempo que tu pareja, sintiendo la fricción en la piel interna de la vagina hasta estallar en un maravilloso orgasmo. A mí la verdad que me follaran me dejaba bastante indiferente, salvo cuando el chico se bajaba al pilón y me comía el clítoris. Entonces sí que llegaba a correrme hasta dos y tres veces en algunas ocasiones.

Sancho me entendió desde la primera vez que nos metimos en una cama. Me empezó a tocar por todo el cuerpo, como si se tratara de un reconocimiento, buscando mis partes más sensibles para excitarme.

Hasta entonces nadie me había acariciado el culo. Bueno algún cachete sí, pero la entrada y metiendo la punta del dedo no. Fue un calambre que me recorrió el cuerpo y se alojó directamente en el clítoris. Consciente de mi reacción, fue introduciendo el dedo cada vez más hasta que lo tuve entero metido. Empezó a sacarlo y meterlo al tiempo que me comía la boca. No tardé nada en correrme.  Acababa de descubrir una vía totalmente virgen hasta entonces para que me follaran.

Poco a poco me fui acostumbrando a que me penetrara con la polla por detrás y siempre conseguía que me corriera. Afortunadamente, su polla es bastante larga pero no demasiado gruesa, lo que facilita mucho la inserción. En ocasiones me ha metido un consolador más grueso y no me he sentido cómoda. Su polla es mi medida ideal.

Una tarde me estaba follando el culo al estilo perrito cuando se le ocurrió darme un azote y me gustó. Le dije que volviera a hacerlo con más fuerza y repitió en el otro glúteo. Con cada golpe sentía su pene vibrar dentro de mi recto, como si retumbara. Al final, con el culo enrojecido, sensible y dolorido, me corrí como nunca lo había hecho antes e hice que Sancho no pudiera evitar correrse también. Acabábamos de descubrir una experiencia sexual nueva.

Esa misma tarde le dije que quería experimentar los cachetes en los pechos. Para mi sorpresa, sentirlos desplazarse a los lados y rebotar con cada cachete que me daba, empezó a excitarme. Sobre todo, cuando los cachetes iban directos a los pezones y era como si me los pinchara. Al final me corrí sintiendo sus tobas en los doloridos pezones, mientras sus dedos me pellizcaban el clítoris. Sancho se empeñó en meterme la polla por delante antes de que le chupara, algo que empezó a gustarme hacerle a Sancho. El sabor de mi coño añadió un aliciente extra y chupé con ansia hasta sentir el sabor de ambos fluidos mezclados en la boca, como si se tratara del postre después de una comida.

En los días siguientes experimentamos distintas maneras de estimular mis pechos sin tener que utilizar las manos y que estas estuvieran libres para acceder a otros puntos de mi anatomía, sobre todo cuando me follaba desde atrás. Finalmente dimos con la clave que buscábamos. Unas simples pinzas de tender la ropa. Eran el arma ideal para presionarme los pezones y según me las coloque hacen más o menos presión. A veces, en el momento de correrme me da un cachete y me las arranca. El dolor me lleva a las más altas cotas del placer.

Mirando porno en internet siempre a la búsqueda de opciones que me llamaran la atención, vi una escena entre dos mujeres en la que una le palmeaba el coño a la otra y parecía volverla loca de placer, aunque ya sabemos cómo se rueda el cine porno. Me remangué el vestido, me quité las bragas y me senté en la banqueta de la cocina, mientras observaba la escena en la pantalla del ordenador.

Poco a poco le fui cogiendo el tranquillo abriéndome de piernas lo suficiente, donde golpear y la intensidad. Un rato después ya era casi una experta y me había corrido dos veces tan solo con palmearme el coño a la altura del clítoris. Cada golpe era un estímulo mejor que el anterior a medida que me iba excitando.

Cuando Sancho llegó a casa ese día me encontró más risueña de lo normal. Le recibí con un morreo y un magreo de polla que solo podía significar una cosa, que estaba deseando que me follara. Le puse al tanto de mi descubrimiento, le informé que ya había tenido dos orgasmos esa misma mañana y le dije que estaba deseando que me palmeara el coño.

Sin más preámbulos me tumbó sobre un brazo del sofá del salón con las piernas abiertas hacia afuera. Me subió el camisón sabiendo que nunca llevo bragas en casa y con el chocho a su disposición empezó a pegarme. Solo tuve que hacerle un par de indicaciones para mejorar el sistema. Era mucho mejor que cuando me lo había hecho yo.

Me metió la polla para empapársela de mis fluidos y mojarme el clítoris pasándole el capullo. Se colocó de rodillas en el sofá, me la metió en la boca y empezó a darme palmadas en el coño. Los golpes eran cada vez agresivos y mi excitación también. Cada golpe era un pinchazo de placer.

En cuanto sentí que el orgasmo me iba a venir, le agarré de las pelotas y empecé a tirar de ellas para que me penetrara la boca hasta chocar con la garganta, evitando que me dieran arcadas y nos estropeara el momento.

Justo cuando empecé a retorcerme de placer buscando mi orgasmo, Sancho se corrió en mi garganta y exploté. Cuando empecé a succionarle la polla me pellizcó el clítoris retorciéndole al mismo tiempo, lo que hizo que sin recuperarme del primero me viniera un segundo orgasmo.

Aquella noche follamos de nuevo entusiasmados con la nueva técnica aprendida. Me tumbé en la mesa del comedor boca arriba y me la metió en el culo con mis piernas totalmente abiertas. Tenía las pinzas de la ropa de punta sobre los pezones, lo que facilitaba mucho poder apretarlos o retorcerlos, simplemente haciéndolo con la pinza y de colofón me palmeaba el coño con golpes ininterrumpidos.

Sentí haber tenido dos orgasmos por la mañana y dos más poco antes. Por mi hubiera seguido corriéndome toda la noche, pero el cuerpo tiene un límite para todo y el sexo no es ajeno a esta circunstancia y Sancho es humano. Tres corridas en menos de dos horas acababan con cualquier hombre.

Al día siguiente estaba tan sensible, bueno escocida para ser sinceros, qué con solo pasarme el dedo por el culo, sexo o pechos, sentía dolor y a continuación ganas de sexo. Conseguí reprimirme durante todo el día y cuando llegó Sancho repetimos lo mismo del día anterior. A los dos minutos de empezar, ya no me escoció nada. Hasta el día siguiente, claro.


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