Autopista (1/2)

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—Y tú, ¿ya tuviste un orgasmo a 130 km/h?

Lo estaba provocando. Era claro que no.

Estábamos en el camino de regreso, avanzando en una autopista del sur de Francia, después de un día de visita turística.

Lo conocía desde hacía varios años, era uno de estos famosos “amigo de amigos”. Siempre me había gustado, pero nos veíamos de forma esporádica, dejándome con la frustración de conocerlo más y más aún. Por casualidad, nos habíamos vuelto a encontrar un mes antes, en un voluntariado social. Desde aquel entonces, ocupaba la mayoría de mis pensamientos. Había alimentado mis fantasías durante mucho tiempo y, por fin, se habían vuelto realidad en su carpa, en la mía, en el monte, en el río, en los baños del camping y en las callecitas oscuras de la ciudad medieval al lado de la cual nos alojábamos con el grupo de voluntarios. Cachábamos como desesperados, fuerte y violentamente, la mayoría del tiempo parados y sin tomar el tiempo de quitarnos la ropa. Lo mordía, me arañaba, nos agarrábamos con tanta fuerza que se habían marcado moretones en nuestras cinturas y nalgas.

Él tenía una afición desenfrenada por el sexo, como la mía. Entonces, cuando me propuso visitarlo, una semana después del voluntariado, no dudé un minuto en cruzar la mitad del territorio francés para encontrarlo.

Habíamos pasado dos días sin bajar de su cama. Me hacía pensar en este juego al cual jugaba de niña, cuando te imaginas que el piso es lava y que tienes que saltar de mueble en mueble para desplazarte en la sala, desesperando a tus padres. Después de esta estadía en lo que él llamaba poéticamente “el Continente de las Sábanas”, continuamente metido en mi boca o en mi concha, me había propuesto salir para hacer un día de visita y disfrutar del sol. Sonaba como un sacrificio asumido, animado por la amable intención de hacerme conocer su región un poco más allá de las paredes anaranjadas de su cuarto y de la piel suave de su ingle. Había manejado hacia el puerto más cercano para pasear con el mar como telón de fondo.

El día había pasado rápido, nos habíamos divertido y ahora que estábamos en su carro, nos costaba contener las ganas que nos teníamos. En parte era mi culpa: apenas sentados, había puesto mi mano en su pierna. Ni habíamos hecho un kilómetro, y ya estaba amasando su verga a través de su jean. Era de buen tamaño y la encontraba deliciosamente presa de la tela, torturada por una erección contenida y, lo esperaba, pronto inaguantable.

Había pasado mi otra mano en el interior de mi sostén y acariciaba la curva cálida de mi teta. Me dio un vistazo y sonrió, volviendo a fijar su atención en la pista.

No era guapo. Tenía una nariz prominente, cejas gruesas y era moreno, un poco más alto que yo y bastante flaco, como si sus músculos delgados estuvieran constantemente tensos y atormentados por sus nervios.

La noche empezaba a caer en un largo atardecer de septiembre y no había mucho tráfico en la autopista.

—¿Tienes ganas? —me preguntó.

Dejé su entrepierna para pasar mi mano debajo de mi falda. Mi calzón negro estaba húmedo. Abrí las piernas y pasé mi mano debajo de la tela delgada. Hacía tiempo que había dejado de lado la depilación integral. Me gustaba que mi sexo esté apenas escondido y protegido por unos pelitos cortos y color castaño que procuraba cuidar regularmente. Formaban un vellito ligero y delgado, sedoso y discreto en el cual deslicé mis dedos hasta el interior de mis labios que se hallaban entreabiertos, para recoger un poco de la brillante excitación que los cubría.

—No sé, ¿a ti qué te parece? —le contesté, presentando mis dedos mojados a la altura de sus labios.

Los lamió, fingiendo una profunda reflexión.

—Creo que necesito una muestra más representativa, así nomás no puedo darte una evaluación realista.

Este inicio de juego me estaba calentando.

Era un cínico, arrecho y malcriado, amante de la poesía y profesor de matemáticas. La gente lo consideraba pedante, creído y desprovisto de cualquier forma de empatía. Yo lo consideraba como la persona que más me excitaba en el mundo, a quién conseguía arrancar gritos de goce y ruegos desesperados de frustración, como iba a ocurrir pocos minutos después.

Apoyé mis pies en el tablero del carro y volví a pasar mi mano debajo de mi falda, pero esta vez mis caricias eran más insistentes. Recorrían los labios mojados de mi sexo y mi clítoris, con un movimiento pausado y regular. Me excitaba mucho tocarme estando a su lado. Él todavía no podía mirar lo que estaba haciendo, pero era claro que se lo imaginaba sin ninguna dificultad. Solo veía que había levantado mi blusa y que había sacado mi seno del sostén para jugar sin pudor con mi pezón erguido y sensible. La forma de su verga ya se dibujaba nítidamente a través de su jean. Estaba completamente arrecho.

Me metí lentamente dos dedos y dejé escapar un suspiro que no se perdió.

—Ya, está bien, se puede probar de nuevo —dijo, impaciente.

Volví a presentar mis dedos delante de sus labios rollizos que los esperaban entreabiertos. Los chupó con voracidad, su lengua recibía las ligeras idas y venidas de mis dedos. Una de sus manos soltó el volante para desabrochar la bragueta de su pantalón que comprimía su verga. Escondida en su bóxer, estaba totalmente vertical y dura, apoyada contra su pubis, apuntando hacia su ombligo.

La visión era encantadora: él mirando la pista, imperturbable, dejando mis dedos cacharle lentamente la boca, con sus manos pegadas al volante y su erección dantesca.

Una gotita que se había escapado de su punta y dejaba una mancha de arrechura en la tela gris de su bóxer. Me daba morbo. Mi otra mano soltó mi pezón ligero y deliciosamente adolorido, y la bajé para tocarme. La excitación era difícilmente aguantable, sentí que mi clítoris se había hinchado. Mi sexo sufría un vacío insoportable. Es una sensación que me vuelve loca. Cuando desgraciadamente me pasa en un sitio inapropiado, como una reunión de trabajo o un lugar público – por las películas que me hago en la cabeza, imaginando escenas obscenas con desconocidos –, tengo que hacer todos los esfuerzos posibles para pensar en otra cosa. Pero cuando sé que me puedo satisfacer, sentir que necesito estar penetrada se convierte en un placer. Y ahora, justamente, lo estaba disfrutando, jugando con dos dedos en la entrada de mi vagina.

—¿Así te parece suficiente? —le pregunté mientras retiraba mis dedos de su boca y le acariciaba los labios.

Me contestó sonriendo, sin que su mirada dejara el horizonte.

—Creo que sí, tienes ganas... También creo que sabes aún más rico cuando te vienes.

No le respondí nada, él sabía que estaba esperando que me pidiera masturbarme a su lado.


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