¿Me invitas?

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Somos dos terribles, no sé quién es el peor. Cuando tenemos sexo, es una sinfonía internacional de la arrechura. Tenemos hazañas particularmente notables cuyos recuerdos siguen alimentando mis fantasías, años después.

Hasta ahora, no creo que hayamos conseguido vernos sin terminar tirando. Excepto esta vez en la cual había decidido que no nos tocaríamos cuando te susurraba cosas obscenas mientras nos masturbábamos. Había sido tan rico ver cómo reaccionabas a lo que te decía…  Sentirte subir lentamente hacia el orgasmo, frente a nuestras copas de “vino entre amigos”. Habíamos llegado al colmo de nuestro talento cuando habías lamido el semen que había brotado en tu mano, y que yo te había preguntado: “¿Me invitas?”. Seguido, el beso más morboso de mi vida, mezclando lenguas con leche.

Cariño, no creo que mucha gente conozca este delicioso lado oscuro del esposo respetable que eres.         

Te dejo imaginar mi felicidad cuando me escribiste para decirme que habías regresado a vivir a la ciudad después de este largo y aburrido año.

También te dejo imaginar las ganas que te tengo, y cuánto de obsesivas se volvieron cuando me enteré qué, por una increíble casualidad, te habías instalado unas cuadras de mi nuevo departamento.

Hasta calculé que tu verga está a menos de 450m de mi concha. ¡Es una barbaridad!    

Por tu culpa, me masturbo dos o tres veces al día, en el baño, en la sala o en cualquier sitio donde tenga asegurados diez minutos a solas.

Voy a contarte en lo que pienso cuando me meto dedos y me aprieto el clítoris para venirme con las piernas abiertas, de rodillas en el piso de la cocina, goteando sobre la cerámica que acabo de trapear.

Podríamos cachar parados en esta misma cocina. Como la vez en la cual estaba preparando huevos para el desayuno, cuando vivíamos juntos, ¿te acuerdas? Obviamente que te acuerdas.  Te habías arrodillado detrás de mí, pegadito a mis nalgas, y me habías abierto las piernas. Como solo llevaba un camisón ligero, no te había costado mucho esconder tu cabeza debajo de la tela y sacar tu lengua para lamerme. Cuando la había sentido dejar mi sexo para llegar a mi culo, había abandonado rápidamente la sartén, pidiéndote que me la metas. Con vigor, y para nuestra gran satisfacción, habías cumplido la tarea, recordándome echarles sal a los huevos revueltos, mientras tu verga me penetraba con fuerza y que me agarrabas las tetas. Habíamos terminado cachando parados en el balconcito, a la vista del edificio del frente y de los carros que pasaban abajo, en la avenida. Me encantaba sentir cómo tus caderas chocaban contra mi culo y cómo tu sexo llenaba completamente el mío, cálido y acogedor.

Apenas pienso en eso que ya siento que me mojo.

 

También nos podríamos comer mutuamente. ¿Qué te parece? Esa también te gusta, lo sé. Es de nuestras favoritas, ¿verdad?

Contempla el escenario:

Por un azar maravilloso, este fin de semana, nuestras parejas se fueron con los hijos a visitar a los abuelos. Me invitas para tomar nuestro tradicional vino entre amigos. Tomamos, fumamos cigarros y nos calentamos un buen rato en el sofá de la sala, pero sin tocarnos, solo contándonos nuestras últimas travesuras. Terminamos besándonos, yo sentada a horcajadas encima tuyo. Siento tu erección contra mi culo y me apuro en desabrochar tu cinturón para tocarte. Tu verga vuelve a encontrar la mano que tanto te ha pajeado y suspiramos los dos. Me encanta sentir esta piel suave y fina, cubriendo ahora la masa dura, tensa y palpitante de tu pinga. Rápidamente nos quitamos la ropa y aunque sé que a ti te gusta estar totalmente desnudos para cachar, me paras en el momento de quitarme mi tanga de seda negra. “Quédatela, se ve bonito”, me dices. Parada frente a ti, permaneces sentado en el sofá, yo te obedezco. Me la reajusto, subiéndola un poco más para que entre bien entre mis nalgas y que presione un poco mi ano. No puedes resistir las ganas de lamerme cuando ves la forma de los labios de mi vagina pegarse a la tela, dibujando esa raja que tanto te excita. Animal voraz de siempre, tu lengua empieza a recorrer toda la superficie de mi sexo todavía escondido. Lames la seda húmeda con gula, disfrutando el sabor de mi arrechura. Siento que tu lengua, presa de la tela, insiste en la entrada de mi concha. Te agarro los hombros con fuerza, “También te quiero lamer”, te digo.

Te paras y me llevas al cuarto. Caemos en la cama besándonos. No resistimos a las ganas de agarrarnos y, mientras mi mano empieza las idas y venidas firmes en tu verga, la tuya se abre camino entre mis piernas, apartando mi tanga empapada, y me amasas todo el sexo. Siento con delicia tus dedos pasar entre mis labios mojados. Te vuelve loco encontrarme así. Te pido echarte y me instalo en cuatro a tu costado, con el culo hacia ti para que esté a disposición de tus manos, y que sigas disfrutando de mi ropa interior. Empiezo a corrértela y sobarla en mis labios mojados. Te la lamo todita, de las bolas a la punta, y vuelvo a masturbarte haciéndote entrar y salir de mi boca con una mano mientras la otra amasa suavemente tus bolas brillantes de saliva. La tienes más parada que nunca. Estás jugando con mi tanga, jalándola para que pase entre mis labios, comprimiendo y excitando mi clítoris hinchado. Me retuerzo, gimiendo. Te fascina el espectáculo de este pedazo de seda del cual te volviste el dueño, y que me podría hacer venir con pocos esfuerzos. Pero tu morbo es más fuerte y pasas tu cabeza entre mis piernas para lamerme. Me comes literalmente, con una boca insaciable que se abre para tener el bocado más grande posible y con una lengua atrevida que entra en mi concha.

Gemimos los dos cuando te hundes hasta el fondo de mi boca. Me la llenas y juego a envolver mi lengua alrededor de tu verga, mientras siento la tuya penetrarme. Mantuviste este don para cacharme con la lengua y, con unos movimientos de caderas lentos, empiezas a moverla en mi boca. Qué rico sentir cómo te deslizas en mi lengua y sentir la tuya dentro de mí. Uno de tus dedos empieza a presionar mi ano con circulitos húmedos, mientras me regalas anchos lenguazos sobre mi sexo. En mi boca, siento los deliciosos espasmos de tu verga, estás a punto de venirte. Te suelto, y levanto la cabeza para que aguantes unos segundos. Suspiras de frustración. Mi saliva chorrea en mi barbilla, estoy muy cerca también. Tu dedo entra en mi culo. Me arqueo con un gemido ronco cuando otro lo alcanza. Retomo tu verga en la boca y te masturbo al mismo tiempo. Se escuchan nuestros gemidos ahogados. Estoy al borde del orgasmo, vamos a venirnos juntos. Te aspiro la verga, hago que mi boca esté muy apretada. Me estoy sobando en toda tu cara, tus dedos me cachan el culo. Me vengo con tu pinga clavada en la boca. Al instante, me la llenas de leche.

Me caigo de costado. Te acercas, acariciando lascivamente mi cintura.

Y, entre una sonrisa y una mirada morbosa, acercando tus labios a los míos, me preguntas: “¿Me invitas?”


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