La luz interior

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Era el filo de la medianoche cuando un sudor frío me despertó, había estado trabajando hasta tarde, y esa noche al llegar a casa solo me apetecía darme una ducha caliente y meterme en la cama. Abro los ojos y miro el despertador. Eran las 23:55 y como digo, un sudor frío hizo que me desvelase, me incorpore lentamente en la cama para evitar despertar a mi mujer, y una serie de mareos comenzaron a invadir mi mente. Me levanté como pude y abrí la ventana para que entrase algo de aire fresco a la habitación, pues la sensación de falta de aire era constante. En silencio, llego hasta la cocina para tomar un vaso de agua y tratar de conciliar nuevamente el sueño. Volví a la habitación, me senté en el borde de la cama y un dolor punzante en algún lugar de mi abdomen que no supe localizar exactamente, hizo que me tumbase en la cama hecho un ovillo, me arropé como pude y al cabo de unos segundos interminables, consigo volver a dormirme.

Abrí nuevamente los ojos, y en la habitación reinaba un silencio sepulcral. No había ruido de ningún tipo, no se escuchaba nada ni dentro, ni fuera en la calle. También había más oscuridad de la habitual, y por algún motivo, no era capaz de percibir las siluetas nocturnas del mobiliario de la habitación. Extrañado me dirigí a la ventana, y al mirar por ella no pude ver nada, y eso es lo que había exactamente, nada, nada salvo una negrura intensa. Acerqué la cara al cristal de la ventana y forcé la vista para intentar ver algo, pero por más que lo intentaba allí fuera no había nada que ver. Retrocedí un paso y fue en ese instante cuando noté un tenue resplandor a mi espalda. Me giré hacia él con curiosidad, pues en la habitación no teníamos nada que emitiese ningún tipo de luz por la noche. Un leve resplandor de color gris oscuro emergía desde mi lado de la cama, me acerqué a él lentamente y pude verme a mí mismo hecho un ovillo en la cama. Me quedé contemplando aquel cuerpo… mi cuerpo, sin entender qué estaba pasando. Había oído hablar de los viajes astrales, momentos en los que el espíritu de la persona sale de su cuerpo y se proyecta en otro lugar. ¿Sería eso? Me acerqué varios pasos más hacia mi cuerpo, fue entonces cuando lo vi, tenía ambas manos en el pecho con los puños cerrados, la mirada fija y la boca ligeramente abierta, mi pecho no se movía y comprendí que no era un viaje astral, sino que había muerto. Recordé las sensaciones que tuve momentos antes y tras ver mi cuerpo, fue cuando entendí que eran los síntomas de un infarto. Había sufrido un infarto y había fallecido. Me senté al lado de mi propio cuerpo y quise llorar, pero imagino que por una simple cuestión física no pude hacerlo. No podía llorar, pero seguía teniendo emociones y sentimientos, y sentía tristeza y amargura. ¿Y ahora qué? Me pregunté ¿Por qué a mí, por qué ahora? En aquella infinita oscuridad, iluminada débilmente por el resplandor apagado de mi cuerpo, me sentía sólo, perdido y asustado. Allí no había nadie conmigo, nada ni nadie que me guiase hacia donde ir o qué hacer. Así que simplemente bajé la mirada, y me quedé mirando al vacío. Fue entonces cuando noté otro resplandor del que no me había percatado debido a que estaba sumido en mi autocompasión, en esta ocasión su brillo era más cálido e intenso. Provenía de mi espalda, giré la cabeza para tratar de localizar el punto exacto del que emanaba la luz, me levante, bordee la cama y pude localizarlo, era del cuerpo de mi mujer, me acerque a ella lentamente y sentí que algo se rompía en mil pedazos en mi interior. Cerré los ojos y agaché la cabeza, abatido. Me siento a su lado y trato de cogerla de la mano, pero como era de esperar, el acto es en vano. No podré volver sentir su cuerpo nunca más, no olería más su perfume ni podría acariciar de nuevo su pelo, no podría decirle nunca más que la quería. Debí habérselo dicho más a menudo. La amaba con locura y la idea de no volver a tenerla nunca más entre mis brazos, hacía que mi pecho ardiese en pena. Me quedé ahí sentado junto a ella observándola mientras dormía, estaba… radiante. La mujer con lo que había compartido prácticamente toda mi vida se esfumaba entre mis manos sin tacto, ¿Qué pasará cuando se despierte mañana? Permanecí segundos, o tal fueron minutos, en silencio ¿Qué más da?, el tiempo ya no tiene importancia para mí, es curioso, mientras estaba vivo, hacía todo lo posible por intentar conseguir tiempo, que luego empleaba en cosas banales y sin sentido, donde lo único que conseguía con ello era malgastarlo de igual modo. El tiempo es el mayor tesoro que alguien puede tener, desearía haber tenido algo más de tiempo para haberlo empleado en ella, y en ellos, mis hijos… Salí de la habitación, recorrí unos metros por el pasillo hasta llegar a la puerta del cuarto de mis pequeños, abrí la puerta, y una luz cegadora igual de brillante que la del Sol, me golpeó de lleno. Me obligó a cerrar los ojos durante unos segundos y cuando al fin mi vista se acostumbró al destello, supe enseguida que aquella luz mágica provenía de ellos. Los vi ahí a ambos durmiendo plácidamente, ajenos por completo a lo que me había ocurrido hacía escasos segundos. Sentí un hormigueo en el pecho y una sensación de paz y tranquilidad me inundó mientras me iba acercando a ellos. Ahí estaban, sus auras eran intensas y brillantes, a mis ojos, era de día en aquella habitación. Supongo, que según te haces mayor, la fuerza de esa luz interior va perdiendo intensidad poco a poco, hasta convertirse en poco más que en una débil lumbre. Cogí aire… o al menos hice el gesto, y me senté al lado de mi hijo mayor. Ya es casi un hombre, solíamos pasar el tiempo jugando con los videojuegos, debí… debí haberle dicho muchas cosas que no le dije y ahora… ya no puedo. Está a punto de empezar el instituto y yo… yo no estaré ahí cuando me necesite. Echaré de menos abrazarlo, su sonrisa tímida y revolverle el pelo para hacerlo rabiar… es casi un hombre, pero para mí, siempre será un niño… mi niño. Y como siempre el pequeño de la casa no deja de dar vueltas en la cama, es mi viva imagen, salvo por esos increíbles ojos grises que tiene, echaré de menos las cosquillas que me hacía en los pies aunque no me gustasen, sus abrazos de amor incondicional, su risa ruidosa y su inocencia. Pensar que todos vivimos esa etapa y que la vida y el tiempo, nos moldean hasta prácticamente olvidar todo aquello, no es justo. Y no es justo tener que abandonarlos así y sumirme en esta fría oscuridad. Cierro los ojos mientras reflexiono unos segundos y un ardor cálido se aviva en mi pecho, no quiero dejarlos ahí, pero siento que algo me llama y me atrae hacia algún otro lugar que desconozco. Avanzo unos pasos hasta la puerta la cual no puedo cruzar sin verlos una última vez, hubiese muerto mil veces por cada uno de ellos. 

- Adiós mis pequeños, espero que nos podamos abrazar de nuevo dentro de muchísimos años.

Y como si me escuchase, el pequeño abre los ojos, me mira y sonríe y tras unas palabras que no logro entender, se da media vuelta y sigue durmiendo. 

Estarán bien, pienso, son buenos chicos y su madre es una leona, cuidará bien de ellos. Tras este pensamiento salgo de la habitación y vuelvo al negro infinito de la casa y permanezco ahí de pie esperando una señal de algo… o de alguien.

Estoy listo, ya puedo irme, digo al vacío.

Tras unos instantes sin recibir respuesta, empiezo a pensar cada vez más que no hay nada después de la vida, solo soledad, frío y recuerdos perpetuos. Es entonces cuando noto como si alguien tirase de mí. Un ligero hormigueo irrumpe en mi pecho. Tras breves instantes noto un nuevo tirón, y de la que fuese mi habitación diviso un destello parpadeante que antes no existía. Me acerco hasta la puerta de la misma y entonces lo veo. Hay un equipo de médicos y enfermeros tratado de reanimarme, veo a mi mujer llorando con las manos tapándose la boca, su llanto ha despertado también a los pequeños que contemplan la escena con miedo en los ojos, uno de los enfermeros se los lleva de nuevo a su habitación para que no contemplen como su padre abandona este mundo. Una descarga del desfibrilador y siento un nuevo tirón. Tras la descarga, aprecio un nuevo parpadeo del resplandor de la luz de mi cuerpo. ¿Somos nosotros quienes elegimos esto? ¿Depende de nosotros quedarnos aquí o volver a la vida? Tras este pensamiento algo llama mi atención en el techo de la habitación. Al fin… la famosa luz de la que todos hablan hace acto de presencia. Ese túnel de color blanco puro se abre ante mí y me atrae como un canto de sirena. Una nueva descarga del desfibrilador me saca de la atracción del túnel, pero no puedo evitar sentirme atraído nuevamente hacia el cuándo creo oír un leve susurro pronunciando mi nombre, alzo la vista, y un calor intenso y alegre danza en mi pecho como una llama y no puedo evitar sonreír mientras emito un suspiro ahogado por la emoción.

Estáis ahí, susurro.

Cierro los ojos y me rindo al oleaje de emociones y sensación que me impactan tras la nueva descarga del desfibrilador, y me rindo al resultado final sea cual sea, cuando de repente todo se vuelve blanco. 

Despierto en la cama de un hospital con una sensación extraña en el cuerpo. Noto como el aire llena de nuevo mis pulmones y siento al tacto el roce de la camilla. Estoy mareado, pero… vivo. Desvío la vista hacia la izquierda y observo unos segundos a mi mujer, está acurrucada durmiendo en una silla de la habitación junto a mi cama. Aunque tiene mal aspecto, está increíblemente guapa. Con un gran esfuerzo consigo susurrar su nombre.

Ella abre los ojos y se abalanza sobre mí, me abraza y me besa en la boca. Avisa a los enfermeros y varias personas entran en la habitación, incluidos mis hijos que no pueden evitar saltar a la camilla donde me encuentro, tras unos instantes de lágrimas y alegría descontrolada, mi familia se echa a un lado y dejan a los médicos hacer su trabajo. Las constantes vitales son estables y todos los indicadores son correctos. Los médicos informan a mi mujer que todo está en orden, que he tenido mucha suerte de estar de nuevo con ellos y que necesito descansar. Me despido de mi familia con un sinfín de besos, abrazos y lágrimas que consiguen escapar a la fuerza. Los primeros en salir son mis pequeños, mi mujer, se queda unos segundos más en la habitación conmigo, me besa y me dice que me ama, le digo que yo también, que he vuelto de la muerte por ellos. Cuando al fin sale de la habitación, el silencio, que sólo es roto por el intermitente sonido del monitor de signos vitales, envuelve la habitación. Giro mi cabeza hacia la derecha y observo a través de la ventana, el día es perfectamente hermoso y el sonido del canto de los pájaros es melodioso. Hay un cielo azul intenso y limpio, lo observo, y no puedo evitar sentir paz y sonreír.

 

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