CAMPAÑA PUBLICITARIA 1

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Habíamos quedado a la una del mediodía en las oficinas de un cliente para comentar algunos detalles sobre el lanzamiento de la campaña publicitaria de una nueva crema corporal. La idea era presentar los bocetos y después comentarlo durante la comida. Eran solo las primeras ideas sobre el producto y preferían hacerlo de manera informal.

Llegamos mi jefe Luis y yo puntuales la cita. Nos recibió la secretaria y nos dijo que Amália, su jefa, solo nos iba a poder dedicar unos minutos porque le había surgido un contratiempo ineludible.

Nos miramos y vi la cara de cabreo que se le puso a Luís al oírlo. A mi me daba lo mismo, incluso me alegré porque no sabía muy bien qué coño hacía yo allí, la gestión de la cuenta del cliente la llevaba él personalmente y yo solo era un creativo.

Entramos al despacho de Amália, saludó a Luis con dos besos en la mejilla y a mí me tendió la mano. Le comentó que se había presentado inesperadamente un cliente americano en Madrid y ya la estaba esperando en el aeropuerto para recogerle.

Dirigiéndose a mí, me dijo que me presentara al día siguiente en su casa con los bocetos que habíamos preparado para ver si la idea pensada para la campaña era acertada o no. Antes de que Luis pudiera decir nada, le dijo que era sábado y no era necesario que fuera él, con el creativo se apañaba. O sea, conmigo. Lo primero que pensé es que ya me habían jodido el sábado.

Me tendió una tarjeta particular con su nombre y domicilio y me dijo que le diera mi número de móvil a su secretaria para que me mandara el código de acceso a la urbanización. Al llegar con solo dárselo al vigilante jurado de la entrada, me dejaría pasar.

A pesar del cabreo de mi jefe, nos fuimos comer juntos y me puso al tanto de quien era Amália. Había heredado la empresa que crearon sus padres y al fallecer estos, se había hecho cargo de la dirección general. Llevaba toda su vida trabando codo a codo con su padre y ya tenía un cargo ejecutivo cuando fallecieron en un accidente de tráfico.

Manejaba el negocio con mano de hierro, exigente con proveedores y empleados y generosa con quienes aportaban nuevas ideas. Andaba alrededor de los cincuenta años, aunque parecía más joven gracias al gimnasio y la cirugía. Quienes la conocían a nivel particular decían que era una persona desprendida, divertida y generosa con sus amigos.

Me presenté en su casa el sábado a las doce. Llegué a la entrada de una exclusiva urbanización de lujo muy conocida en Madrid y paré delante de la barrera de acceso. El vigilante me preguntó el código numérico que llevaba escrito a mano en la tarjeta y me preguntó si mi nombre era Ricardo Martín. Asentí y me indicó por donde tenía que ir para llegar a la casa donde me esperaban.

Había viviendas de lujo por todas partes, con vallas demasiado altas para poder ver lo que había dentro, aunque se adivinaba. Al llegar a la valla gris que me había dicho el vigilante jurado, la puerta se abrió. La mansión estaba bastante retirada de la verja de entrada y hacía allí me dirigí.

Al llegar había dos personas esperándome. Un hombre vestido de mayordomo que me pidió que dejara el coche en marcha y que él se ocuparía de llevarlo al garaje y una chica con uniforme de servició, una bata malva demasiado corta y escotada, calzada con sandalias de tacón de aguja y una cofia en la cabeza.

Me dijo que la siguiera, la señora me estaba esperando en la piscina. Obedecí con la mirada fija en sus largas piernas y el culo hasta que llegamos a una especie de chill-out cubierto, con tres sofás de piel blanca alrededor de una mesa de cristal cuadrada, con bebidas y varias cafeteras.

Amália estaba sentada hablando por teléfono y ambos esperamos retirados hasta que colgó. Se levantó de donde estaba sentada mientras se ponía una camisa por encima. Solo llevaba puesta la braga de un biquini, sin la parte de arriba. Poco le tapó la camisa, era blanca de lino y transparente. Me tendió la mano y me invitó a sentarme.

Lo primero que hizo fue disculparse por el trato que nos había dispensado el día anterior en su despacho. No quería que mi jefe se inmiscuyera en el proyecto salvo para pasarle la factura cuando el trabajo estuviera concluido. Es demasiado antiguo para la idea que tengo en mente y no quiero un baboso en el proyecto, me dijo.

Se trataba de un nuevo producto estrella que llevaban tiempo diseñando y probando, una crema reductora para mujeres que ya no volverían a ser jóvenes y querían seguir aparentándolo. Lo que vosotros llamáis milf, me dijo guiñándome un ojo.

Quería que el spot recreara alguna vivencia personal suya en cualquiera de las playas que había visitado alrededor del mundo y para ello había seleccionado varios vídeos personales con ella de protagonista. Era su primera creación importante hasta la fecha y quería personalizarla, aunque lógicamente la modelo no sería ella.

Vamos dentro y los visionamos, quiero conocer tu opinión y espero que les prestes tanta atención como a mis pechos, no has dejado de mirármelos desde que has llegado – dijo.

Me quedé cortado, aunque enseguida reaccioné y mostré mi sonrisa seductora, no pensaba arrugarme por una mujer quince años mayor que yo y que no había dejado de mirarme lascivamente desde que me había sentado.

Empezó a andar moviendo exageradamente el culo con las sandalias de tacón y se volvió un par de veces a observar si la miraba. Aproveché esos momentos para fijar la mirada precisamente en su culo, con descaro. Ella sonrío con coquetería.

Nada más poner el primer video le pregunté si iba a poder disponer de las grabaciones para trabajar en el estudio. Me dijo que no había problema siempre que las tratara con discreción, no quería ir apareciendo en pelotas por todas partes. Obviamente la modelo tendrá que ir tapada o desnuda siempre que no se la viera nada que no conviniera mostrar.

Visionamos cinco videos, en dos estaba totalmente desnuda y en el tercero un hombre la acariciaba los pechos mientras le basaba el cuello. Me pidió que me fijara en el conjunto y no solo en la escena. Al final le dije que podíamos trabajar con detalles de los tres videos. Me gustaba la idea de rodar a bordo de un barco, el fondo podía ser perfectamente una playa que me dijo que estaba en Bali y recrear los delfines que aparecían en otro video. Deseché los videos donde aparecía desnuda.

Cuando acabamos volvimos a la piscina y me dijo que me pusiera cómodo. Lo más cómodo que me podía poner era quitarme la americana y la corbata y remangarme la camisa. Con una sonrisa cogió el teléfono y comentó algo al servicio. Al momento apareció la chica de la bata malva con varios bañadores en la mano. Amália se encargó de escoger uno y le dijo que podía traer una botella de champagne y unas almejas al natural para acompañarla.

Pregunté dónde estaba el servicio para cambiarme y me dijo que no fuera tímido. Acababa de verla en pelotas en las grabaciones y no procedía tanto remilgo. Con el fin de tomarme el pelo se ofreció a darse la vuelta o mirar a hacia otro lado. No pensaba arrugarme con aquella mujer y estaba dispuesto a lo que quisiera ante la oportunidad laboral que me ofrecía. Me saqué los pantalones y los calzoncillos a menos de un metro de su cara y me puse el bañador haciendo que la cinturilla me desplazara los huevos y la polla hacia arriba.

Tienes estilo y cuerpo – me dijo. Mientras me quitaba la corbata y la camisa y me senté a su lado.

Comentó que se alegraba de haber acertado con los videos seleccionados, porque adelantaba mucho el proyecto y reducía costes. Defendiendo mi trabajo y la minuta que pensábamos cobrarle, le dije que no tanto porque solo valían la ideas y los emplazamientos. Después había que rodar y producir con la ayuda de los informáticos.

Me miró fijamente y dijo que era sábado y que se había acabado el trabajo. En ese momento apareció la chica con una bandeja cubierta de almejas sobre hielo y una botella dentro de un cubo de hielo. Descorchó la botella, sirvió dos copas, volvió a dejarla en el cubo y se marchó.

Exprimió limón sobre las almejas, cogió una con su propia mano y me la puso en la boca. Ya no había vuelta atrás, me estaba provocando y no me disgustaba la idea.

Abrí la boca y dejé que me metiera la almeja en la boca. La agarré del pelo y tiré echándole el cuello hacia atrás, primero le pasé la lengua y luego le restregué la almeja. Ascendí hasta la boca y la besé poniendo el molusco en sus labios. Abrió la boca y jugamos con las lenguas hasta que ella decidió tragársela.


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