Sociedad

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Son solo los mismos callejones oscuros de luces oblicuas, sin nada de nitidez en la forma en la que iluminan. Corremos sin sentido aparente, rastreando fugaces sentimientos llamados sueños, obligándonos a herirnos mutuamente. Consumamos el sueño ya casi despiertos; el trabajo es mera obligación moral, no accionar de ese modo nos hace diferentes, inferiores, carentes de emociones.

Día a día recorremos los mismos callejones, somos insulsas almas pululando a merced de un sistema social decadente. Estudiamos, ¿y qué sentido tiene? Si después de todo, quienes logran ejercer sus carreras son belicistas en el arte de la crítica. Los buenos y honrados trabajan la tierra y el prado. Es irónico si lo pensamos, pero incluso Favaloro murió de un disparo al corazón.

Es algo así como una tragicomedia; nos esforzamos por levantarnos temprano, sabiendo que viajaremos apretados, con olores nauseabundos que descomponen nuestro olfato. Al llegar al trabajo, nos gritan y azotan con océanos de críticas, ¿Quién puede estar preparado para eso?

Algún día despertaremos, veremos la sociedad industrializada y sus nefastas imperfecciones. Aspiramos a vivir muchos años, como sí importara realmente el hecho de ser inmortales; ¿de qué sirve serlo? ¿Acaso estamos de acuerdo con ver morir a nuestros nietos? Somos pobres de decisión, ricos en el arte de ignorar lo que se forma frente nuestros ojos.

Ahora la noticia más exquisita se basa en risas, diarios repletos de mentiras, mientras la gente muere de hambre y los sueños, se hacen ceniza. En trizas acabaremos, solo esperemos, después de todo, la sociedad es la perdición de todos.  


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