LA MUJER SILENCIOSA

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Mercedes Domenech era una atractiva mujer algo baja de estatura; de cuarenta años; viuda y de profesión enfermera en un hospital de la ciudad, la cual como todos los fines de semana se iba a pasar la mañana en la playa de El Masnou que es un pueblo marítimo del litoral de la provincia de Barcelona.

Cuando la vio Ramiro que era un veraneante de aquel lugar y hacía años que la conocía, pero que vivía solo en una mansión de sus padres por lo que anhelaba intimar con ella, se le acercó con la mejor de sus sonrisas para entablar una buena conversación con dicha dama.

- Buenos días, Mercedes - la saludó él.

- Ay, hola...

- ¿Llegas ahora?

- Sí.

- El mar hoy está muy bien. Te quería decir que ayer escuché un disco estupendo de la orquesta Andrè Rieu. Si quieres te lo puedo dejar.

- ¿Ah si? Mira que bien.

- Bueno. ¿Pero te gusta esta clase de música de todos los tiempos? Porque si no es así olvida mi propuesta - le dijo Ramiro contrariado al percatarse  del laconismo de aquella enfermera que no le daba pie para un fluido diálogo.

- Sí, claro que me gusta.

- Bien. ¿Sabes? He leído en el periódico que el mundo sanitario necesita una profunda reforma. ¿Lo has leído?

- Pues no. No lo he leído - resupso Mercedes escuetamente.

- Ya. Supongo que tú estarás de acuerdo con esta noticia ¿no? - añadió Ramiro pensando que tocándole un tema de vital importancia para ella, ésta se soltaría y le daría su punto de vista sobre aquel asunto, como muchas otras personas hacen.

- Por supuesto que sí - expresó Mercedes mientras se untaba el cuerpo con crema protectora contra el sol con cierta indiferencia.

Como hacía un cálido y radiante sol Ramiro se alejó de aquella fémina bastante decepcionado y fue a zambullirse en el agua. Nadó un rato y cuando salió se dirigió al grupo de amigos que estaban sentados en una hamaca no muy lejos de la orilla del mar.

-¿Qué tal Mercedes? Sí que la has dejado pronto - le dijo Antonio, que era su mejor confidente.

- ¿Y qué queríais que hiciera? Hace un montón de años que la conozco; incluso a sus padres. He intentado conversar con ella varias veces y nunca dice lo que piensa o siente. No sé que clase de mujer es. A lo mejor es que es una mujer anodina que va por la vida como una sombra, menos para su trabajo.

- Esto es que no le interesas, hombre. ¿No te das cuenta? - le quiso aclarar Antonio.

- De acuerdo. No le intereso - admitió él-. Pero al menos cuando se le habla podría ella también seguir una conversación normal. Al fin y al cabo yo no soy ningún desconocido para ella - se quejó Ramiro.

- Se dice que Mercedes es una buena mujer. Que suele hacer favores incondicionales a las personas de su ámbito social que se los solicita - intervino Jaime, que era otro de la cuadrilla, algo barrigudo y medio calvo.

- No, si yo no niego que sea una buena mujer. Pero si siempre es así, por muy santa que sea no deja de ser un aburrimiento. Es como hablar a la pared.

- Bah, bah... Ahora iré yo a hablar con ella, y ya verás como conmigo es diferente.

Jaime que también hacía tiempo que conocía a Mercedes, se levantó de la hamaca y se fue a tomar asiento al lado de la enfermera. Ramiro vio que su amigo le hablaba y podía escuchar ramalazos de su discurso. Con toda sguridad le contaba anécdotas de su vida de solterón; y Mercedes asentía con la cabeza con una sonrisa condescendiente a la vez que parecía que decía alguna palabra aislada.

Al cabo de un rato Jaime volvió con sus amigos, y Ramiro muerto de curiosidad le preguntó:

- ¿Qué?

- Ay, chico. Que poco conoces a las mujeres. Mercedes es más inteligente de lo que te imaginas - le dijo con suficiencia Jaime con una risita.

- ¿Sí? ¿Por qué?

- Ella tiene una vida interior más profunda de lo que tú puedas llegar a imaginar; es muy sensible. Sólo tienes que  saberla tratar.

- ¿Es que  te ha dicho algo especial, significativo? - inquirió Ramiro ansioso.

- Pues no... No me ha dicho nada interesante. Pero yo la he calado enseguida. Su silencio es muy revelador. Mientras yo le hablaba, ella me miraba fijamente a los ojos como dándome a entender que sabía leer mis pensamientos y que me comprendía perfectamente. El día que a ella se le ocurra decir abiertamente lo que piensa, nos dará a todos una sopresa.

- ¡Venga ya, Jaime! Esto te lo imaginas tú, porque eres un romántico - le espetó Ramiro desdeñoso-. Es como te gustaría que ella fuese. Yo desconfío de estas mujeres calladas, muchas de las cuales son unas mosquitas muertas, y cuando menos te lo esperas éstas te clavan el aguijón.

Jaime se sintió molesto por el escéptico comentario de su amigo, que de pronto le había hecho tocar de pies en el suelo.

- ¡¿Que me lo imagino?! Pues mi intuición nunca me ha fallado. Y si tú dices esto de Mercedes, es porque estás picado con ella porque no te ha hecho el menor caso - le amonestó Jaime a su amigo con el ceño fruncido.

- ¡Calma, muchachos! Vamos a salir de dudas. Yo soy más realista que vosotros dos y voy a charlar un poco con esta mujer. Lo haré con tacto, y de algo me enteraré - anunció Antonio levantándose de su asiento y acercándose a la misteriosa dama.

Los otros dos amigos permanecieron a la expectativa sin dirigirse la palabra y con la vista perdida en lontananza hacia el horizonte del mar. Al cabo de un largo rato de espera regresó Antonio y sin mediar palabra y se lanzó de cabeza al mar. Poco después salió del agua, se secó con la toalla, y se sentó sonriendo junto a sus amigos.

- ¿Y bien...? - quisieron saber los otros acerca del encuentro de Antonio con Mercedes.

- Ay, ay... Pero que tontos soís los dos. Mirad. Esta mujer es muy práctica. La gente de Sanidad es así. Y como pragmática que es, a ella le gusta la política.

- ¿Te lo ha dicho ella? - preguntaron los otros dos.

- Pues no. No me lo ha dicho. Pero parece ser que un hermano  de Mercedes está metido política, y seguro que él la habrá convencido para que la mujer piense como él.

-¡Pero esto lo supones! - le dijo Ramiro.

- Claro. Porque ella no me ha dicho nada.

Entonces Jaime, que era tan realista, pensó que al igual que con todas aquellas elocubraciones en torno a Mercedes, se elaboraba una ilusión sentimental entre dos amantes, que muchas veces estaba fuera de la realidad, y que por eso mismo posteriormente venía el desencanto.

                                                                FRANCESC MIRALLES

 


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