El latido del hombre muerto

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Nota: El reto de la última convocatoria de este año del blog El Tintero de Oro consiste en escribir un relato de terror gótico en el que deberá aparecer algún personaje, objeto o localización de cualquiera de los relatos de Poe. Yo he utilizado como base el relato «El corazón delator», enfocándolo desde el punto de vista del anciano asesinado por su joven asistente. Espero que os guste mi visión. 

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Oscuridad. Silencio y oscuridad. Nada oye, nada ve… Nada siente. ¿Estará soñando quizás? Lo último que recuerda el anciano es haberse despertado de un sobresalto para sentarse en la cama, la espalda apoyada contra la cabecera, a la búsqueda del motivo de su desvelo. Se hallaba solo en el dormitorio. Los postigos seguían cerrados, según acostumbraba por temor a los ladrones, y aún así algo hacía que los pelillos se le pusieran enhiestos. Algo oculto en la oscuridad. Una… presencia junto a la puerta de entrada. Tal era el miedo padecido que por espacio de una hora quedó despierto con la vista clavada en aquella dirección.

A cada minuto que pasaba más rápido latía su corazón. Pu-pum, pu-pum, hacía, drenándole gota a gota la vitalidad y la cordura. Pupum-pupum, pupum-pupum. Un dolor repentino en su atormentado pecho le avisó de estar al borde de un ataque pero... ¿Qué podía hacer? El terror atenazaba sus miembros, anclándolo a la cama, y la garganta seca y cerrada le negaba el auxilio del grito. Solo cuando el viejo órgano se paró tras un súbito temblor el ansiado chillido pudo escapar por entre sus agrietados labios, señal para que aquello que aguardaba junto a la puerta saltara sobre él, las manos hacia delante, dispuesto a extirparle el último hálito de vida. Ahora lo recuerda.

Nada oye, nada ve, nada siente… ¿Había sucedido en realidad o no era más que un mal sueño? Convencido de ser víctima de una pesadilla el anciano lucha con todas sus fuerzas para vencer la oscuridad, algo que al fin parece conseguir cuando a sus oídos llega el chirrido de una sierra, como si estuvieran cortando leña, y el goteo de un líquido sobre una superficie cerámica. ¿Tiene sentido aquello? También empieza a ver: al fondo las ventanas cerradas con postigos y sobre su cabeza el dosel de la cama. Junto a ella la mesita de noche con una lámpara sorda abierta al máximo y ante el cono de luz su joven asistente arrodillado en el suelo... Un momento. ¿Por qué se halla él en su dormitorio en hora tan intempestiva? ¿Qué está haciendo, por el amor de Dios? Es el joven quien está usando una sierra de carpintero para cortar. Trabaja sobre algo duro, en vista de la fuerza empleada, que finalmente logra separar con un bufido de satisfacción. Cuál no es la sorpresa del anciano cuando un brazo cercenado queda visible a la luz de la lámpara; un miembro que reconoce al instante pues aún viste la manga de su camisón de dormir. ¡Realmente ha sido asesinado por aquel demente! ¿Entonces qué es ahora? ¿Un fantasma? ¿El recuerdo incorpóreo de aquello que fuera en vida?

Desearía enloquecer. Correr por la habitación entre gritos descarnados... Atacar a quien veía como a un buen asistente y mejor compañero. En vez de eso permanece en una esquina del cuarto viendo cómo continúa el ultraje de sus restos mortales pues al brazo derecho le sigue la amputación del izquierdo, para rematar tan macabra tarea con las piernas. La cabeza, envuelta en trapos, fue lo primero que se violentó.

El asesino ha acompañado su incansable trabajo con confidencias hechas en voz alta. «¿Acaso un loco hubiera actuado con semejante sangre fría?» –se defiende ante un invisible tribunal; ante la figura de alguna eminencia psiquiátrica presente solo para su afiebrada mente–. ¿Un enajenado hubiera utilizado un barreño para no manchar el suelo de sangre?». El anciano es incapaz de imaginar la causa de tal violencia. No era un hombre desmesuradamente rico y siempre trató a su asistente con exquisita cortesía. Con afectuosidad, diría. El joven, sin duda, ha perdido la razón, por mucho que defienda lo contrario.

Los seis grotescos bultos en que ha quedado dividido el cuerpo del anciano descansan al fin bajo los maderos del suelo. El cuarto se halla en perfecto orden no bien asoman los primeros cabellos de la diosa Aurora, momento en que alguien anuncia su llegada con la aldaba de la puerta. Toc, toc, toc. Con total tranquilidad el joven baja las escaleras para volver al dormitorio seguido de tres hombres, oficiales de policía según se presentan, quienes investigan un supuesto grito oído en mitad de la noche.

Desde el rincón el anciano es testigo de cómo su asesino explica a los oficiales que fue él quien gritó a causa de un mal sueño. Apunta de paso que su viejo compañero se halla de viaje, aclaraciones todas ellas que ofrece sentado en el mismo sitio donde yace el cuerpo humillado. Tamaña desfachatez es imposible soportar. El ente siente la necesidad de vengar su muerte y así, usando los dones de su nueva naturaleza, consigue arrancar un latido a su frío corazón, pu-pum, tan débil como el de un gorrión. Pero a este le sigue otro, y otro más, y cuanto más golpea bajo las tablas más lívido se pone el joven, pu-pum, pu-pum, pu-pum, quien salta de su asiento como si lo hubieran pinchado con un alfiler. Entonces intenta acallar los latidos solo por él escuchados con toda suerte de argucias. Habla alocadamente, se encara a gritos con los oficiales, gesticula con viveza,… hasta que la presión le vence y aúlla:

–¡Malditos! No disimuléis más. Yo lo maté, lo confieso. ¡Ahí está, bajo esas tablas! ¡Escuchad latido de su monstruoso corazón!

El anciano, consumada su venganza, se deja arropar por los brazos amorosos del Más Allá.

 

B.A.: 2022


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