El policía corrupto

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Vilaplana entró en el servicio de caballeros, acercándose sigilosamente al lavabo. Al servirse el jabón del dispensador, le pareció escuchar un susurro que provenía de uno de los cubículos de los retretes.

Agudizó el oído, y se detuvo para prestar atención. Antes de abrir el grifo para asearse las manos, escucho.

?¡¡¡Cómo quieres que te diga que no me llame al trabajo…!!!

El oficial Vilaplana conoció la voz. Sin duda alguna, era Hernández.

Lo primero que se le pasó por la cabeza es que mantenía una conversación con su esposa por teléfono. La relación de pareja que mantenía ambos, no estaba pasando por los mejores momentos, y el motivo lo conocían, de manera indiscreta, la mayoría de compañeros desde el nacimiento de su cría pequeña.

Impulsado por la curiosidad, o quizás por el morbo se aproximó al receptáculo que tenía la puerta atrancada, y prestó una mayor atención. Inmediatamente, comprobé que no se trataba de un asunto doméstico.

?Si tengo tiempo, luego me pesaré por el Bar de la Esquina a pagarte tu parte… ?afirmó.

Esa misma tarde, Vilaplana se adelantó a la hora de finalizar la jornada, para ver si podía averiguar que era lo que estaba ocurriendo.

Al entrar al bar, pidió una caña de cerveza al camarero y se instaló en una de las mesas del fondo, a la espera de que llegará.

En unos minutos, Hernández apareció serio por la puerta, sentándose en un taburete al comienzo de la barra. El camarero, que estaba secando unos vasos con un paño, al otro extremo, al verlos dejo lo que tenía entre manos y se dirigió a su posición. Pero antes de aproximarse, se volteó para recoger de debajo de una botella de whisky un manoseado sobre de papel, y los deposito en la barra ante de Hernández.

Debido al barullo de los clientes, al estar alejado no podía escuchar la conversación que mantuvieron. Tan solo pudo intuir lo que delataban la comunicación no verbal y los gestos de expresión; el fastidio que se reflejaba en el rostro, que le causaba el encuentro al oficial de policía.

Enseguida, Hernández recogió el  sobre y tras sacar un fajo de billetes, separó uno de ellos de color verde, y lo dejo sobre la barra. Antes que el camarero reaccionará, el policía lanzo una mirada de desprecio, y sin dirigirle palabra alguna se volteó para marchar apresuradamente a la calle.


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