El confesionario

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Marcela era una joven del pueblo de «Miraflores», ella solo tenía ojitos para los capullos del lugar, que eran unos cuantos que se juntaban en la tasca para hablar de sus cosas, lo que les había sucedido en el trabajo, de temas trascendentales como el fútbol y a veces sus cabezas pensantes se aventuraban en asuntos políticos, que despachaban rápido con soluciones obvias, que si hubiesen sido víctimas de escuchas ilegales, se habrían solucionado los problemas del país, a veces se juntaba con ellos el párroco, un joven sin experiencia, pero muy campechano, con él que se podía hablar de todo, salvo de sexo tema tabú para él.

Marcela estaba de buen ver unos 27 años, curvas de escándalo, cintura de avispa, que casi se podía abarcar con dos manos, era la que movía el cotarro en el bar, su tema central el sexo, calentaba a los clientes como nadie, que consumían copa tras copa, sin enterarse, hasta que a algunos venían a recogerles ya un poco ebrios de su casa.

Sus calientes conversaciones cesaban de inmediato cuando aparecía el sacerdote, recomponiéndose al instante y cambiando de tema con una facilidad pasmosa, cual tertuliana de la TV.

Raro era el día que no acababa su turno acostándose con algún cliente en su casa o en la de él o ellos si tocaba orgia qué solía ser una vez al mes.

Marcela era muy creyente, de misa los domingos, previa confesión que según afirmaba la liberaba de los remordimientos y quedaba libre de pecado.

Julián qué así se llamaba el joven párroco temblaba cada vez que ella se asomaba por la pequeña celosía que les separaba y le contaba con pelos y señales sus andaduras sexuales con los lugareños y alguno de pueblos limítrofes, donde ya era famosilla por sus ricos cócteles y chupitos y más por sus orgias desenfrenadas.

El cura escuchaba atento, mientras con una mano se masturbaba sin piedad, era sin duda su rato más placentero. Luego pasaba a la sacristía, se cambiaba de sotana, pues parecía le había cagado una paloma y la ponía con la ropa sucia para limpiar y acto seguido iniciaba la misa a veces un poco empalmado aún.  

Cuando daba las ostias a los feligreses, siempre aprovechaba a tocar suavemente los jugosos labios de Marcela, no podía evitar ese placer pecaminoso.

Un día la dijo que tenía que realizar exorcismo con ella para expulsarla el demonio que sin duda llevaba dentro, para lo cual quedaron en la sacristía al día siguiente, mantuvo el hermoso diván en su sitio bajo la ventana y puso todos los Santos que allí estaban «cara a la pared.»

Llevó la chica al interior, cerró todas las puertas y dejó un poco abierta la contraventana de encima del diván, la pidió que se quitase toda la ropa, pues todo debía realizarse con máxima naturalidad, a lo que la chica accedió y viendo el culo de Julián arrodillado ya la dieron ganas de cogerlo, «que bueno está el chaval», pensó, no sé si la curaría su mal pero sin duda la práctica a realizar era nueva para ella y excitante.

Comenzó el exorcismo, en principio la puso en la postura del misionero para observarla y pasar sus enormes manos, que previamente se había limpiado con agua bendita, por cada rincón de su cuerpo para borrar cualquier vestigio de demonio, sus manos tenían dedos enormes, cuando cogía el cáliz en su mano le ocultaba por completo, su dedo índice era tan largo y grueso como la polla más vivaracha.

La colocó reposando su cuerpo y manos en el diván y sus rodillas encima de dos cojines blancos, la abrió bien las piernas y se situó también de rodillas trás ella.

La explicó la segunda parte, la tenía que tocar todo su cuerpo por la parte de atrás e introducir su dedo en los orificios de donde decía salir su mal.

La fué tocando desde su cuello, hombros, espalda, cintura sin dejar un centímetro de su cuerpo, descubriendo Marcela puntos de placer que hasta ahora no habían aflorado, estando en todo momento al borde del éxtasis que contenía dada la solemnidad del momento.

Pasó a meterla suavemente su dedo en la vagina primero y el mismo dedo de la otra mano en el culo, buscando ansiosamente el dichoso demonio.

—Ya lo tengo, ya lo tengo, —exclamó el párroco.

—Dele caza padre, dele caza —respondió Marcela y así continuó durante unos minutos de búsqueda entre los líquidos que emitía la pecadora.

El cura estaba más caliente que un mono, sacó un momento sus dedos y la dijo...

—Voy a descansar un momento y cogiendo su tranca la pasó bajo la sotana y la situó frente al chocho de Marcela, hizo un frotamiento con sus dedos, como para prender fuego, haciendo ruido con sus nudillos.

—¿Qué haces?,  —le preguntó Marcela.

—Nada, caliento los dedos para quemar el bicho que llevas dentro, —aclaró.

Cogió su polla, que calculo sería como su dedo más gordo y se la introdujo suavemente, ella ya tuvo una corrida, el dedo ahora era mucho más placentero, había expandido tanto su agujero del placer que ya no notaba ni la molesta uña y Julián la metía una y otra vez para que no quedase dentro ni una sombra de pecado.  

—Ya lo tengo, creo que ya sale, —exclamó y vaya si salió se sacó el «dedo-polla» y expulsó su semen puro en el trasero y espalda de Marcela, muerta ya de placer.  

—Me encanta el agua bendita calentita que cayó sobre mí cuerpo, falta el otro agujero señor cura, no vaya a ser que se haya colado por ahí el tedioso demonio, —le inquirío.

—Ahhh claro, se me olvidó, —balbuceo el párroco, la limpió él «agua bendita» que chorreaba y fue a echar una meadilla al baño, volvió a punto y posó de nuevo su «dedo-polla» sobre su trasero, que ya empezó a crecer, «si le hubiese embutido en un guante, sin duda lo habría destrozado», pensó.

—Te voy a meter el dedo de la otra mano y suavemente se lo introdujo hasta el fondo.

—Que manos tienes Julián, ¡son la gloria!, no hay demonio que se te resista, estas palabras le motivaron aún más, viendo que la pecadora aún era recuperable, lo metió y sacó repetidamente, ante las corridas contenidas de Marcela, hasta que remató, dejando todo su semen dentro del culo de Marcela.

—Creo que ahora sí le has atizado bien, pues he notado fuego dentro de mí, seguro ahí estaba el infierno de mi cuerpo,  –exclamó.

La limpió de nuevo y la dejó impoluta, Marcela se vistió saliendo muy contenta de la sacristía y feliz de sentirse salvada, pero no dejaba de pensar «sí así daba gustazo y curaba con sus dedos, no imagino el placer pecaminoso que podía donar con su polla.»

Se despidieron y Marcela después de la experiencia le prometió no volver a pecar, como os podéis imaginar no se volvió a presentar en el confesionario.


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