Historias del manicomio, tres.

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Como constante en mi vida fuera no mirar hacia atrás, no me quedó más remedio que olvidar a la Doctora Albert, so pena de verla de nuevo, pero dentro del manicomio. Lo que me fue más difícil no anhelar fueron, no ella en sí, sino sus turgencias. Había olvidado su alma pero no su cuerpo. Y es que la Doctora, dentro de la bata parecía una cosa distinta a la imagen que ofertara fuera. Era la  típica tía buena de discoteca pero parapetada en una bata blanca y unas gafas de pasta. De todos los locos yo era el único que tenía constancia. Y como quería seguir siéndolo, no decía ni "mu" sobre el asunto.

En su despacho, tras unas asépticas cortinas, había una camilla. Había que ser raudo, pero, con la puerta cerrada y la diligencia que me permitían unas pastillas que me allegaba, culminábamos la operación orgásmica en cosa de doce o trece minutos. Que era el tiempo establecido para cada entrevista. Entrevista que no se daba, por lo que tenía que improvisar siempre su contenido, pues era corriente hablar de ello- medicaciones, dosis, etc- con los demás internos.

Tal circunstancia me sanó más que otra cosa. Pero, ahora, ahí tenía- enfrente- la realidad circundante. Una realidad que se empeñaba en recordarme que los alimentos, el vestido, el alojamiento, no venían de otro lado que de turbios negocios o del trabajo. Y, también, que lo de las "tías buenas" era un asunto secundario. Como de turbios negocios siempre había estado al margen, me propuse emplearme, nuevamente, de secretario- administrativo- que tal era mi oficio- si encontraba alguna vacante por ahí adecuada para un loco. Cosa que ocultaba en cada entrevista aduciendo que había estado haciendo por ahí, en plan hippie, un largo viaje.


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