Historias de manicomio, cuatro.

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La ciudad- lo primero que aprecié a la salida de la clínica mental-, fue que estaba patas arriba, metida en obras, como no la recordara uno en vida. Durante aquel par de años- entre pitos y flautas- que uno había estado dentro, había entrado una fiebre constructiva o constructora sin parangón, cuya prueba saltaba a la vista, por lo que había que estar ojo avizor para no caer dentro de algún socavón. Con la destreza propia de la edad- tenía  por entonces treinta y cinco años- iba sorteando todos aquellos obstáculos hasta que di con la dirección que en un papel me había dado ella.

Una especie de organización que se encargaba de prestar auxilio a recién salidos de cárceles y frenopáticos, e ubicada discretamente en un edificio gris de la calle del León, sin más anuncios ni alharacas que la lámina que hacía referencia  junto al botón del portero automático.

Desde aquella plataforma me entregué a la edificante misión de ir por ahí chequeando la posibilidad de reintegrarme al escalafón del no siempre suficientemente ponderado gremio de los secretarios- administrativos. A cuyo fin me pertreché del Segundamano- que había en aquel piso tutelado- auscultando la realidad económica de un país que había cambiado tanto, y tan sólo en el transcurso de un par de años. 

Como se contará en entregas posteriores.


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